Opinión

Guido 114 / H+D

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Yo no quería morirme sin abrazarlo

Estela de Carlotto

Laura fue detenida-desaparecida en Noviembre de 1977 en La Plata, Argentina, tenía 23 años de edad, embarazada de dos meses y medio. Se sabe que al mes del secuestro su compañero Walmir Óscar Montoya de 26 años fue asesinado, a ella la dejaron vivir hasta tener a su bebé en el hospital militar central en Buenos Aires, nacido el 26 de Junio del 78. Después de dar a luz, al instante su hijo fue arrebatado. Regresó sola al centro clandestino de detención y tortura La Cacha. Dos meses después, junto con otro compañero, fue asesinada en una ruta. El cuerpo inusualmente el mismo día de su asesinato le fue entregado a su madre, Estela de Carlotto.

Ignacio Hurban, de Olavarría, a 300 kilómetros de Buenos Aires, tiene 36 años, es pianista, compositor, maestro y arreglista. Hace unos meses atrás que venía con “unos ruidos en la cabeza, unas maripositas que dan vueltas fuera del campo visual.Hay cosas que no las sabés pero las sabés, y empezás a preguntarte cuando aparece un indicio”. Su padre falleció hace apenas pocos meses. El 26 de Junio de 2014, en su cumpleaños treinta y seis, Ignacio recibe una llamada telefónica. Contesta. Es de la Asociación Abuelas de la Plaza de Mayo dedicada incansablemente desde hace treinta y cinco años a buscar a sus nietos desaparecidos y apropiados por militares en la última dictadura cívico-militar Argentina y nacidos entre 1976 y 1983. Le informan que es hijo de desaparecidos, que su examen de ADN solicitado por él voluntariamente en el área de “Presentación Espontánea” ha dado positivo en el banco de datos de la Asociación.

Estela de Carlotto, de Buenos Aires, tiene 83 años, era maestra de escuela primaria y ama de casa, con cuatro hijos, de los cuales tres militaban políticamente en 1977; Claudia en la Juventud Universitaria Peronista, Guido en el centro de estudiantes del secundario y Laura, estudiante de historia en el Peronismo. Su esposo, Guido Carlotto, es secuestrado y torturado por las fuerzas armadas, será liberado por medio de un cuantioso pago económico. Un día su hija Laura no regresará a casa. La dictadura le entregará su cuerpo pero no a su nieto. Desde ahí su búsqueda será incansable y se volverá un ícono de los derechos humanos y la restitución de la identidad para los hijos de desaparecidos, la mayoría nacidos en cautiverio. Fundará y presidirá la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, donde las madres de los desaparecidos, con un pañuelo blanco que cubría sus cabezas, daban vueltas frente a la Casa Rosada, sede del poder ejecutivo argentino. Perseguidas, intimidadas, amenazadas las Abuelas buscaban a sus nietos, indagando, investigando, recordando, descubriendo las atrocidades de un estado genocida y feroz de la junta militar encabezada por Rafael Videla. Se volverá una activista en busca de un estimado de unos 500 niños apropiados ilegalmente y que han crecido bajo una identidad falsa.

Hortensia Ardura, de Santa Cruz, tiene 90 años, trabajó toda su vida de maestra, tuvo dos hijos, Walmis Óscar y Jorge; el segundo le dio dos nietas, el primero fue detenido-desaparecido, era militante de montoneros, le dio un nieto junto con su nuera Laura, también detenida-desaparecida, no sabe de él, supone que tendrá 36 años y que se parecerá a su hijo.

Estela de Carlotto recibe una llamada días después del día en que su nieto desaparecido cumpliría 36 años. Es la Jueza María Servini, le informa que han localizado al nieto 114. Es Guido. Su nieto. Horas después la otra abuela paterna, Hortensia, recibe una llamada. Han encontrado a su nieto. Es Guido. Ahora Ignacio Hurban sabe que es Guido Montoya Carlotto, su madre se llamó Laura, su padre Walmis, tiene dos abuelas, Hortensia y Estela.

El 26 de junio de 2011, Estela publicó en el diario argentino Página/12 una carta A mi querido nieto Guido: “Hoy cumples 33 años. La edad de Cristo como decían, ‘decimos’, las viejas. Con esta inspiración pienso en los Herodes que ‘te mataron’ en el momento de nacer al borrar tu nombre, tu historia, tus padres. Laura, tu madre, estará llorando en este día tu crucifixión y desde una estrella esperará tu resurrección a la verdadera vida, con tu real identidad, recuperando tu libertad, rompiendo las rejas que te oprimen. Querido nieto, qué no daría para que te materialices en las mismas calles en las que te busco desde siempre. Qué no daría por darte este amor que me ahoga por tantos años de guardártelo. Espero ese día con la certeza de mis convicciones sabiendo que además de mi felicidad por el encuentro tus padres, Laura y Chiquito y tu abuelo Guido desde el cielo, nos apretarán en el abrazo que no nos separará jamás”.

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