Opinión

Somos buenos / Disenso

No entiendo “bondad” y “maldad” como términos sustanciales depositados en una metafísica, menos aún en referencia a ningún mito religioso. Pero no tengo duda alguna de que somos buenos. Es decir, que la mayoría, la abrumadora mayoría de los seres humanos, lo somos. Para el punto no me interesa si la gente es de hecho, buena, o actúa sólo como si lo fuera, o si eligió serlo o lo es de manera natural. Digamos que entiendo por gente buena aquella cuyos actos mayoritariamente no van en detrimento del otro e incluso, de manera inversa, éstos le procuran mejores condiciones de vida a los demás.

La justificación detrás del argumento es harto sencilla: somos muy vulnerables a la “maldad” -entiéndase el opuesto del concepto de “bondad”- y aún así la padecemos más bien poco -en términos puramente porcentuales-: que alguien rayara nuestro auto, rompiera las ventanas de nuestra casa, que un vendedor de galletas en la carretera les agregara algún veneno para matar masivamente, que, mientras comes en la calle, una camioneta pase disparando sin discriminación alguna son todos casos donde queda clara esa vulnerabilidad. Y aunque tenemos excepciones éstos no son la regla.

Hace poco pregunté por un lugar para cenar en otro estado, a la primera persona a quien pedí referencia no sólo me dijo dónde podía encontrar comida, más: indicó cuál lugar era más rico y barato. En la carretera la gente concede cambio de luces y avisa cuándo es posible rebasar. Y es que la mayoría somos buenos.

El lector juicioso -y tal vez desconfiado- ya estará pensando: “¡por supuesto!, somos ‘buenos’ porque somos unos interesados, finalmente nos conviene”, como dice el biólogo y filósofo Michael Ghiselin “scratch an ‘altruist’ and watch a ‘hypocrite’ bleed”. ¡Exactamente! Colaboramos porque somos egoístas: la estrategia de la colaboración ha demostrado ser extremadamente efectiva en otras especies, de hecho, una estrategia basada en traiciones terminaría desapareciendo del mapa evolutivo. Desde El contrato social de Rousseau hasta la teoría del juego de Robert Axelrod -quien organizó un concurso de programas informáticos ya en 1979 y cuyo ganador Tit-for-tat, un programa del matemático de origen ruso Anatol Rapoport, se basaba en la idea de la cooperación- los estudios filosóficos y científicos nos han demostrado en los últimos años que una estrategia evolutivamente estable tenderá siempre al altruismo recíproco.

No me comprometería a pensar que somos “buenos” por “buenas razones” -para empezar algo como “lo bueno” no existe en sí mismo”-. Tal vez seamos, la mayoría, sencillamente buenos porque es la forma más conveniente de vivir: ahorramos calorías al no dañar a los demás y con ello mandamos el mensaje al otro de que esperamos lo mismo. Tal vez seamos buenos sencillamente porque somos interesados y egoístas. Eso no cambia nada. La inmensa mayoría de las personas no van por el mundo matando a otros humanos, ni robándoles, ni aprovechándose de ellos. La inmensa mayoría sabe que es mejor, como suele decirse, “llevarse la fiesta en paz”. Creo que deberíamos recordarlo en momentos donde parece estar en riesgo la estabilidad social.

Vale también decir que unos cuantos traicioneros -como se le llamó en la teoría de los juegos al contrario del cooperador- pueden propagarse rápidamente y hacer estragos en la estrategia, sin embargo, tarde o temprano la balanza se cargará a los cooperadores, pues -es de sentido común-, los traicioneros terminan pereciendo entre sus propias manos. Mi postura no pretende ser optimista o ingenua. Las cosas no andan bien y sin embargo, no nos confundamos, esos estragos se los debemos en realidad a muy pocos. La mayoría somos buenos y, por simple justicia y compromiso con la verdad, es algo que deberíamos recordarnos.


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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