Opinión

Más allá de la facha / Disenso

El reciente destape del payaso Lagrimita y el futbolista Cuauhtémoc Blanco como candidatos a una presidencia municipal son una excelente oportunidad para pensar en la relación que el electorado lleva con sus candidatos, y particularmente con las propuestas de éstos.

En las redes sociales no se ha hecho esperar, como es costumbre, la explosión de chistes, memes, comentarios jocosos y demás que ponen el tema como uno de los más importantes esta semana. En estos espacios, particularmente en Facebook, es común ver chistes fáciles que tienen como fin la búsqueda del like instantáneo y que pocas veces proliferan en una discusión seria o en intercambio de opiniones con argumentos. Me preocupa que las descalificaciones a estas candidaturas (que se tratan por igual aunque pertenecen a una semántica distinta, pues una es ciudadana e independiente y la otra tiene como plataforma un partido político) se han concentrado única y exclusivamente en los personajes mismos, que la descalificación sea ad hominem y no una oportunidad para reflexionar sobre los personajes que habitan nuestra clase política, sobre las plataformas ideológicas y sobre las candidaturas ciudadanas o independientes.

Creo que la crítica debería centrarse, siempre, independientemente del personaje en cuestión o del partido al que pertenezca, en sus objetivos políticos, en la congruencia interna de sus objetivos y la relación que esto guarde con la comunidad a la que se piensa representar.

Descalificar como candidato a alguien por su profesión debería más bien decantar en cuestionarnos entonces si vale la pena tener candidaturas independientes, o de personas que no hayan emanado de un partido político, o que no tengan experiencia en la administración pública; si una vez analizado este punto suponemos que alguien puede ser un buen candidato aunque no tenga en sus credenciales la del servicio público, entonces da igual si es un payaso o un futbolista.

La peculiar situación nos recuerda también la importancia de las plataformas políticas: muchas veces hemos visto que ciertos candidatos tienen “arrastre” ciudadano porque “son guapos”, y que abiertamente los votantes hablan de esta cualidad como si les confiriera una mejor capacidad para gobernar: Lagrimita y el El temo deberían encender los focos sobre lo que se necesita para pretender ejercer el poder desde la política: ideas, planes, estructura, capacidad de liderazgo. Todo ello debe servir para que nos cuestionemos por estos atributos en todos los candidatos, nos parezcan de entrada serios o no.

También es interesante pensar en el pluralismo: si estamos de acuerdo en que todo ciudadano puede aspirar a gobernar, pertenezca a un partido político o no, acorde a los requisitos y candados que el Instituto Nacional Electoral indique, entonces debemos ser conscientes de qué puerta se abre: siempre y cuando las condiciones se den, un payaso o un futbolista tienen legítimo derecho a aspirar ser votados.

Se rumoró, por mucho tiempo -casi como un mito-, que Mario Moreno Cantinflas habría ganado muchas elecciones, pues la gente, espontáneamente lo pensaba como un candidato ideal. Yo no sé en qué hubiera devenido su ocasional triunfo de darse las condiciones legales para ello, por su fama como líder sindical y su carácter en lo privado, puede que no nos hubiese ido nada bien.

Como ciudadanos nos expresamos con desazón de muchas situaciones (a veces con razón): exigimos, demandamos cosas, sin pensar en las consecuencias completas de ello. Este momento es interesante: los dos peculiares personajes nos deberían permitir hacer una valoración, ser un termómetro, de la situación que guarda nuestra clase política y nuestra relación con ella. Pero sea lo que sea que concluyamos, será mejor si es basado, más allá de la facha, en el juicio racional y los argumentos, no en la aceptación por el carisma o en la descalificación gratuita.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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