Opinión

El próximo [email protected] / Disenso

Hablo mucho de Facebook. Tal vez demasiado. Pero es que realmente me parece un fenómeno insoslayable y que da muchas luces sobre lo que somos actualmente. Facebook saca lo mejor y lo peor de nosotros. Todos los que tenemos cuenta sabemos lo que está pasando ahí. Tal vez muchos de los que no la tienen también. Al menos en las clases media y alta mucho de lo que puebla las charlas del día a día guarda relación con la dinámica de la fascinante y perversa red social. Tal vez hablo mucho de Facebook porque no entiendo Twitter: seguramente tengo limitaciones epistémicas que me impiden seguir un discurso con 140 caracteres.

Saramago decía que en un mundo sin el concepto de dios no habría ateos, porque se necesita de la idea de dios y de oponerse directamente a ella, como es evidente. Más: el ateísmo es cristiano, porque en este momento de la historia está en oposición a las tradiciones de El libro. Algo así veo en Facebook: hasta no tenerlo es una postura para con él.

Hace unos días caminé por las inmediaciones de una fábrica: los empleados estaban en su hora de comida y conté, en fila, a más de diez hombres en cuclillas, celular en mano, revisando su red. Alguno se dirigía a su compañero más cercano: hablaba sobre lo que alguien comentó, uno más, sobre el tema de moda. Porque lo que está de moda está en Facebook y viceversa. Y todos en Facebook tenemos una opinión. Y esa opinión se retroalimenta ad nauseam. Por lo pronto… porque todo es una sucesión vertiginosa de temas: no importa si es una caída, un vestido, una frase catchy o una tragedia, en Facebook todo tiene fecha de caducidad, todo espera por el próximo meme, todo se sucederá por el próximo mame.

La orgánica agenda del feisbuc es que no hay agendas: los temas se superponen con el mismo furor. Y en lo que medio-se-entiende algo nadie entiende nada. Me preocupa que refleje fielmente lo que es nuestra sociedad posmoderna. No me atrevo a asegurarlo, pero me temo que las relaciones en la vida real se parezcan al face únicamente bajo la premisa de que éste debe (supongo) parecerse a lo que somos en la vida real. Tal vez soy un amargado, pero cuando paso por los bares del centro y los veo atiborrados pienso en la famosa e infame red social: gente hablando de temas de moda, que se superponen, que se transformarán la próxima semana. Un tema probablemente abordado desde la superficialidad, porque tampoco es que los antros con su música y su volumen alienante representen el intercambio concienzudo de puntos de vista. Y aquí casi creo escuchar: “no esperarás que uno vaya a un antro o a un bar a charlar, ¿cierto?” Mi error: tal vez es cierto que ese no es el lugar propicio. ¿Pero entonces cuál es?

Tal vez, sólo tal vez, el signo de nuestra época sea ese devenir de información, esa discusión de café o de bar llevada hasta su versión más extrema en el Facebook. La contingencia del contenido. El oscuro mecanismo por el cual desde el más profundo e indignante de los acontecimientos puede competir con la anécdota aparentemente más estúpida, el chiste fácil o el enfado que caducará en horas. Las personas más interesante que conozco son casi monotemáticas: pocos temas de suma importancia para ellos, pocos tópicos torales se discuten de una y otra forma, se ensayan con nuevas respuestas, se perfeccionan, se desdoblan, se desarman y arman para encontrar cada vez algo un poco más cercano a la sensatez. Nada de esto lo permite el caralibro. Y me aterra pensar si Facebook se parece a la vida o la vida se parece cada vez más a Facebook. De todas maneras yo me bajo en la próxima estación.

 

Facebook.com/alexvazquezzuniga

 


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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