Opinión

Los fraccionamientos: ¿una señal del progreso? / Sin Maniqueísmos

Al regresar a casa una noche, abrí la puerta y encontré el piso de la sala inundado y un chorro de agua escurriendo del fregadero. Una de las llaves se había roto por la mera presión del agua. No hubo manera inmediata de parar el flujo ya que la plomería por debajo se había instalado sin una llave de control.

Recién llegado a Aguascalientes, e ignorando cómo se corta el agua en una casita mexicana, fui a la vuelta a buscar ayuda de los vigilantes en mi pequeño fraccionamiento. Pero el vigilante en guardia estuvo renuente de venir, no por abandonar la entrada, sino porque no había terminado el churro que fumaba. Mentando madres, recordé el lema del coto donde vivo: “Hábitat Inteligente”. Ajá, claro.

Desde 2000, México ha experimentado una explosión de fraccionamientos a escala nacional. Algunos ofrecen una cómoda experiencia primermundista a parejas profesionales. Otros ofrecen un hogar pequeño pero bonito a la clase trabajadora, siempre y cuando tengan salarios fijos con que pueden obtener una hipoteca. En otras palabras, los primeros proveen un sello de estatus de clase media, y los segundos funcionan como el primer eslabón en una escalera que conduce, se puede suponer, al mismo estatus.

Sin embargo, la pobre calidad con la que muchas casas se han construido y equipado en los últimos quince años abre un abismo cualitativo entre el estilo de vida anunciado por los cotos y la experiencia real de vivir en ellos. En vez de ayudar a convertir a México en un país desarrollado, los fraccionamientos están perpetuando las viejas decepciones y dejando a México como un país de clase media a medias.

Siguiendo la tradición periodística británica de “naming and shaming” (nombrando y avergonzado), ofrezco aquí unos ejemplos del problema, encontrados en Aguascalientes. Quizás la misma tendencia se encuentra en muchas ciudades, sobre todo las que -tal y como la capital hidrocálida- han experimentado las más altas tasas de crecimiento urbano: Querétaro, Monterrey, Cancún, etcétera.

Empiezo con mi residencia, Privanza La Rioja, inaugurada en 2008. Resulta que la llave súper-barata-hecha-en-China que se rompió, no es el único ejemplo de una patética política de ahorrar costos por parte de la constructora. El tubito de papel de baño se caía de la pared cada vez que agarraba una hoja (lo quité). La cámara de seguridad dio una imagen tan indistinta que no se podía distinguir entre un amigo que tocara el timbre y un oso polar (la desconecté). Pero el verdadero maleficio de las casas en mi coto son los boilers, que calientan emitiendo un trueno tan furioso como si fueran ballenas azules con indigestión. Si tu vecina opta por una ducha nocturna puedes abandonar cualquier esperanza de dormir.

Aun así me considero dichoso en comparación de un amigo que vive en el Coto Montecarlo del Fraccionamiento Rancho Santa Mónica, de muy reciente construcción. Al intentar hacer más bonita la fachada de su casa, la constructora había pegado azulejos alrededor de las ventanas superiores. Uno de estos de repente cayó en su coche, y tuvo que reemplazar el cofre. Adentro, el piso de madera de las recámaras se está hundiendo, y todos los accesorios de los baños lucen viejos (los tornillos incluso oxidados) por ser de pésima calidad.

Como en algunas viviendas del coto la constructora olvidó colocar el cableado adecuado, varios de los habitantes no cuentan con servicio telefónico. Hay un problema parecido en La Punta Campestre, que cuenta con un portón electrónico. Una vecina encontró que el cable del timbre no llega a su casa, y cualquier invitado tiene que hablarle por teléfono para que pueda pasar.

En otros cotos, sí hay cable pero también hay exclusividad. En la Rinconada de Santa Mónica, la constructora hizo un convenio con Axtel, el cual le dio a esta telefónica derecho exclusivo a instalar capacidad telefónica y de datos, cerrando la posibilidad para que los habitantes pudieran contratar tales servicios de otras empresas. Si Axtel ofreciera un buen paquete, quizás no habría problema. Pero no: me cuentan que se trata de un pésimo ancho de banda de menos de 2 mbps, que sólo sirve para contestar correos electrónicos y escuchar música con constantes interrupciones.

Hablando de interrupciones, entre todos los lamentos de los habitantes de fraccionamientos, el más fuerte seguramente trata del servicio de agua. A menudo la presión es muy baja, o simplemente el agua no fluye. A veces la tubería no tiene la resistencia para el alto grado de salinidad que tiene el agua en nuestra ciudad, por lo cual se obstruye por el sarro. Los problemas son muy comunes, parece que un elemento primordial de la planeación urbana se quedó en el olvido. Sin duda, los recientes gobiernos municipales tienen una porción de la culpa.

Pero sólo una porción. Los que viven en Campestre Q, para citar un ejemplo entre muchos, experimentan frecuentes interrupciones de agua. La constructora pudo haber minimizado el problema por instalar en cada casa un tinaco, pero no, ¡los tinacos cuestan! De nuevo el modus operandi parece ser: (1) construir bonito pero barato, (2) escoger un nombre chido (o europeo) para el coto, y (3) dejar a los habitantes darse cuenta de los problemas estructurales hasta después de que hayan firmado sus contratos.

Si a los de clase media tratan así, uno bien puede imaginar cómo son los fraccionamientos en el este de nuestra ciudad. Recién visité una amiga que vive en Balcones de Oriente, donde hace pocos años compró una casita recién construida. El yeso ya está cayendo del alféizar. A veces no hay agua. La plomería del baño es tan chafa que un mal olor está siempre presente (tendencia que también se nota en algunos cotos de clase media). Las paredes son tan delgadas, que se puede escuchar muy bien a los vecinos, gritando, tosiendo, viendo la tele. ¿Haciendo el amor? Puedes apostarlo.

¿Son estos ejemplos de veras típicos del país entero? ¿O es que no son tan generalizados? Quizás algunos gobiernos municipales tienen mejores políticas de inspección y control de calidad que otros. Me pregunto dónde quedaría la Ciudad de la Gente Buena (y de la Constructora Mala) en un ranking nacional.

@APaxman

www.andrewpaxman.com


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Andrew Paxman

Andrew Paxman

Historiador, CIDE Región Centro

1 Comment

  1. Miguel
    12/08/2016 at 11:44 — Responder

    Es lo mismo en todo el país, en mi coto de 70 casas, 60 tienen problemas muy serios de goteras, hay problemas serios de fugas en el desagüe, los mismos albañiles contaban que la constructora metía tubería rota. El municipio debería de supervisar a los fraccionadores, es evidente que es un negocio muy jugoso, no sé, por cada casa han de ganar el 500% sin duda

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