Opinión

Otro apunte sobre la pobreza / Disenso

En mi columna de la semana pasada aquí, en su diario La Jornada Aguascalientes , hablé sobre lo que a mi parecer debería suponer la prioridad mayor en la agenda política: combatir la pobreza. Hoy quiero aprovechar para perfilar algunas ideas que se comentaron a raíz del texto.

Hay que decir que la pobreza no se puede combatir individualmente. Es decir, si bien no podemos maljuzgar a nadie que en diciembre regale ropa usada o nueva o trabaje entusiastamente en un programa de asistencia, el problema, pondero, debe estar completamente en manos del estado. Los esfuerzos individuales no bastan para una sociedad funcional, como la justicia: así como no bastaría con educarnos a no violar las leyes para que pudiéramos posteriormente existir sin ellas, los esfuerzos personales no garantizan el combate eficiente al problema. Por cierto, también creo que el combate al calentamiento global o la extinción de especies tampoco se logra con esfuerzos individuales, por más que ciertos veggies o proanimales entusiastas lo vean como una cruzada de conciencias, la batalla está en la legislación, no en su fuerza de voluntad o en la evangelización, pero esa es harina de otro costal.

Para los iniciados en temas políticos, la añeja discusión sobre el Estado mínimo y el Estado máximo es harto conocida, no es que pretenda zanjarla ni mucho menos, pero creo que un enfoque sobre la distribución de la riqueza en que se considerara homólogo a un crimen que el Estado no distribuya los bienes esenciales para la supervivencia comenzaría por poner en una mejor situación el debate.

En Facebook, Miguel Ahumada Cristi, un filósofo chileno, aportó: “Como decía Kant: la moral no dice que debemos preservar la vida, sino cuidar las cosas que nos hacen dignos de ella: reconocer la tortura como un delito infame, reconocer en la miseria y la pobreza económica una vergüenza humana.” En mi opinión, el Estado mínimo debería preocuparse por seguridad, educación y salud, y eso por supuesto se vuelve el máximo de su competencia, un Estado mínimo que parece máximo, un Estado máximo reducido al mínimo. Acaso un Estado sensato, más allá de los adjetivos de tamaño.

Por supuesto que esta visión implica otro debate, sobre todo ante la extraña idea, sostenida no por pocos, de que muchos pobres lo son por voluntad. Hasta hace un tiempo escuchar esta opinión me sacaba de mis casillas, rebatí con vehemencia y a veces con cólera esta postura. Más allá de que me sigue pareciendo obscena, hoy trato de responder de manera más amable con una analogía: cuando liberaron a Florence Cassez escuché a alguien aclarar por qué era un logro para la justicia mexicana: “más allá del peligro latente de liberar a una criminal, debemos celebrar por una cuestión de economía: siempre será más riesgoso que haya inocentes presos que culpables libres”. De la misma manera, el riesgo de que el Estado, es decir, nosotros, nuestros impuestos, subsidiemos a algunos parias, es menos costoso humanamente a que dejemos morir a alguien de hambre o por la privación de servicios básicos, aunque esto nos cueste que algunos vivales se sirvan de ello.

Debemos erradicar la idea clasista de que la riqueza es una cuestión de esfuerzo, debemos de dejar esas ideas aspiracionales, la pobreza es responsabilidad de un ejercicio político errado. La herencia en sí misma bastaría para terminar con esta falacia: en un mundo donde unos nacen con más riqueza que otros, desde su primer respiro, no puede ser el esfuerzo el que define. Por supuesto que las clases media y alta podrán verse afectadas en su ego. Que no se malentienda: ser rico tampoco es una cuestión de buena suerte, como ser pobre no es una cuestión de mala suerte, sino de mala política.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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