Cultura

Se narra para mostrar el poder transformador que tiene la ficción sobre la realidad

  • Entrevista con Roberto Wong, ganador del Premio John Dos Passos a primera novela
  • Una novela en donde todo empieza con dos mapas superpuestos, uno del Distrito Federal y otro de París

Una mañana un hombre entra a la afamada Farmacia París en el centro de la Ciudad de México. El joven que lo atiende no se imagina que el hombre sacará de entre su ropa una pistola y le exigirá el dinero de la caja. El joven libra la muerte por milímetros, pues el asaltante es abatido por la policía, pero este hecho lo sumirá en profundas cavilaciones sobre su vida, sus sueños y sus fantasías. Un joven con intenciones de dedicarse a la literatura que a sus 33 años trabaja en un lugar que detesta, lejos de alcanzar sus deseos más íntimos, más profundos: viajar a París, dedicarse a la literatura

Sueños y realidad se confunden así, comportándose como un espejo que termina por deformar la realidad. Un espejo en el que Arturo, el protagonista de la novela París D.F., se va perdiendo, va descendiendo hasta terminar convirtiendo su vida en un infierno tenebroso en donde todo es confusión: amor y odio se traspapelan, deseo y huida se confunden, los enemigos son confundidos y entran a la vida de Arturo para jugar el papel que determinará su caída final.

París D.F. es la primer novela del joven escritor mexicano Roberto Wong (Tampico, 1982), quien se hizo acreedor con ella al primer Premio John Doss Passos a primera novela convocada por la editorial Galaxia Gutenberg y la agencia literaria Dos Passos. Una novela en donde todo empieza con dos mapas superpuestos. Uno del D.F. Y otro de París, con los que Arturo busca ubicar los 10.5 kilómetros de la superficie de París sobre la capital mexicana, buscando deambular y conocer ese espacio deseado, ajeno a la crueldad en la que vive, un lugar en donde lo maravilloso pueda suceder.

A partir del asalto toda la vida de Arturo se trastoca, la sensación de que la bala pudo haber sido para él es demasiado perturbadora y busca, a través de los mapas, salir de su vida anodina y  frustrante, construyendo así una novela poderosa e inquietante.

Su autor, Roberto Wong, ha vivido en Londres y en el D.F. y colabora con reseñas y artículos en distintas revistas de México, además de mantener un blog con reseñas de libros.

“La novela nace a partir de la idea de dos mapas sobrepuestos. Viajé a París en 2011 persiguiendo a una chica que me había dejado un departamento lleno de recuerdos: Cuando llegué ahí, recorrimos sus calles buscando los rastros de Hemingway en la ciudad de la luz. Había terminado de leer París era una fiesta y los lugares y personajes de la generación perdida estaban frescos en mi memoria. Cuando regresé a México, anoté en una libreta: “¿Qué pasa si sobrepones un mapa de París sobre la Ciudad de México?”. No tenía mucho más salvo esa imagen. A partir de esa idea inicial volqué un montón de obsesiones y afectos, lecturas y guiños a otros autores pero también una preocupación cercana: ¿Cómo podemos sobreponernos al absurdo cotidiano? El resultado de eso fue el libro que leíste”, nos cuenta el autor vía correo electrónico.

Javier Moro Hernández (JMH): París D.F. es una novela que podría definir como la caída de Arturo, un viaje a su infierno personal, en la que juega un papel muy importante la confusión, el desdoble de los personajes, el juego de espejos: Arturo-Luis, París-D.F. Nadia-Noemí. Este juego de espejos permite que el lector entienda la complejidad del ser humano: somos uno pero también somos muchos. Complejidad que nos deja perplejos en ocasiones, perplejos y confundidos ante la realidad y me parece que eso es un poco lo que le pasa a Arturo. No está completo y se está deformando, me parece.

Roberto Wong (RW): Para Arturo la realidad y la ficción también funcionan como espejos. La confusión es parte de sus trayectos: ¿Qué es lo real y qué es lo imaginado? Como autor, quise envolver al lector en ese proceso, por eso algunas preguntas quedan sin respuesta. Decía Carlyle que no se ha estudiado con suficiente atención cómo unas cosas colaboran con otras: la manera en que Arturo trata de ordenar la realidad a partir de un cúmulo de señales es sólo un indicio más del desbaratamiento que sufre la realidad a su alrededor. En términos llanos, lo que vive no le satisface y la ficción es el único resquicio que le queda. Se convierte, así, en una especie de Quijote, para quien París es lo único a lo que aferrarse. En este sentido, la ciudad de la luz no es otra cosa que el ideal de la poesía o, podríamos decir también, de la belleza, inexistente en sus escritos y experiencias.

JMH: La obsesión me parece que es otro de los temas, de las características que podríamos decir definen a Arturo: obsesión por ese futuro que no llega, por ese París que no logra conocer, obsesión que no puede abandonar y que de muchas formas lo deforman, lo transforman.

RW: Cuando a Arturo se le presenta lo monstruoso cotidiano después del asalto a la farmacia, la obsesión que comentas detona con toda su fuerza. Podría definir esa obsesión en los términos anteriores: acercarse al ideal de belleza que Arturo deposita en París y que no es otra cosa que la poesía misma. Para mí, este hecho es una metáfora de mi propia obsesión por querer convertirme en escritor. He comentado en el pasado que París D.F. es una conjunción de afectos y obsesiones, mismas que a mí también me han deformado.

JMH: Lo que vemos también es un viaje al interior del alma de Arturo: Atormentado, nostálgico por lo que no ha vivido, no logra entrar en la realidad que le toca vivir. ¿Cómo construyes un personaje que en muchos sentidos se está desintegrando?

RW: Creo que la forma de la novela aporta a ese proceso, es decir, la fragmentación de los narradores. Cuando la idea de los mapas se presentó, la lógica dictó que la novela fuera un viaje, una serie de itinerarios a lo largo de una ciudad imaginada. Arturo, por lo tanto, es un personaje que intenta asir lo inaprensible. El resto es una simple consecuencia.

JMH: Al tiempo que Arturo se está desintegrando como persona la realidad-ciudad también se desmorona. No sabemos si es Arturo quien dispara, no sabemos quién muere en el departamento, no sabemos si es Luis el que se aparece en su departamento ¿El caos de Arturo ha transformado a la realidad o al contrario, es la realidad la que ha trastocado a Arturo?

RW: Dice Alberto Chimal en alguna entrevista que las preguntas duran más que las respuestas. Bajo esa premisa es que todos esos puntos quedan en el aire y es el lector el que debe concluir qué sucede, si es que hay algo que se deba concluir en la novela. Dicho esto, para mí era importante narrar el poder transformador que tiene la ficción sobre la realidad. Esto es un homenaje a la lectura y a tantos escritores que me hicieron formarme como uno.

JMH: Quería preguntarte ¿Cómo fue el proceso de escritura de la novela?

RW: La imagen de un mapa de París sobrepuesto sobre el de la Ciudad de México fue lo primero que apareció en mi cabeza, pero tardé más de seis meses en comenzar a escribir sobre ella. La idea creció y derivó, de manera lógica, en un viaje, un itinerario. Comencé a plantearme los lugares que Arturo visitaría en París y a buscarlos en el D.F. Aparecieron distintos lugares que dieron pie a las situaciones a las que el personaje se enfrentaría y los arcos dramáticos que atravesaría, como Sullivan, que en París corresponde a Trocadero. En estos itinerario entremezclé mis afectos, no sólo literarios, sino personales, una serie de nostalgias y anhelos que orbitaban entre los polos del amor perdido y el deseo de convertirme en escritor.

JMH: ¿Cómo lograr controlar todo ese caos aparente para seguir construyendo ese universo tan particular?

RW: Dice Huidobro que el poeta es un pequeño dios. Podríamos limitar su interpretación a la capacidad creadora del poeta, pero pienso que también nos remonta a Unamuno y su novela Niebla, donde el autor decide el destino de su personaje. Creo, en todo caso, que como escritores también estamos sujetos al azar y a los accidentes. Mentiría si dijera que todo lo que está circunscrito en el universo de París D.F. fue objeto de una meticulosa planeación: a momentos la ciudad parecía cobrar vida y empujarme hacia espacios y situaciones que yo no tenía contempladas. El control, en realidad, reside en el lector: es él el único capaz de acceder a la totalidad del iceberg.

JMH: Roberto, quería preguntarte ¿Cómo sientes París D.F. en relación con tu obra anterior?

RW: Mi obra anterior consta de un puñado de cuentos inéditos de los que me siento avergonzado. Para serte honesto, no me siento demasiado orgulloso de la novela: a la distancia veo sus costuras y sus fallos y lo que resta es seguir escribiendo con la esperanza de estar a la altura de los grandes libros que nos antecedieron. Parafraseando a Cortázar, hay que seguir escribiendo con la misma obstinación con la que la sangre circula en su circuito ciego.

JMH: Por último, Roberto, me imagino que el proceso creativo que conllevó París D.F. significó un esfuerzo intenso ¿Cómo lidiaste con este proceso una vez terminada la novela?

RW: Sí fue un proceso extenuante, pero una vez que decidí cerrar la novela, es decir, no corregirla más, fue un alivio. La historia de París D.F. se mezcla con mi historia personal, pero no es mi historia y se ha convertido, ahora, en una pequeña parte de sus lectores. Espero que alguien recorra sus itinerarios de la misma forma que Arturo lo hizo, que no es otra cosa que querer lograr que la literatura vaya a la vida como la vida penetra también en la literatura. Dice Piglia que “todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas, son mundos paralelos, vidas posibles”. De esa vida posible me he desprendido ya, y depende de otros apropiársela o no.

 


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Javier Moro Hernández

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