Opinión

“El huevo o la gallina” y otros dilemas que ya no tienen sentido / Disenso

El famoso dilema del huevo y la gallina goza de una salud extraña: hace tiempo (al menos siglo y medio) que debió quedar totalmente desterrado del imperio del sentido común: por lo que hoy sabemos, este problema es un disparate total, una pregunta, para empezar, terriblemente mal planteada (nada, pues, que una tarde de Wikipedia o Larousse Ilustrado no resuelva): “¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?” Sabemos que millones de años antes, ya no que las gallinas, sino que las aves, existieron reptiles, y antes anfibios, y antes insectos y peces, y que todos ponen huevos. También sabemos que, de hecho, el huevo es una célula y que el inicio de la vida fue la célula. Sabemos entonces que miles de millones de años antes que la primera gallina había huevos. Primero fue el huevo: problema resuelto.

De acuerdo, de acuerdo -pero que no se me culpe a mí-: cuando preguntamos por el huevo o la gallina, preguntamos por el huevo de gallina. Pregunta mal planteada, repito. ¿Qué fue primero, el huevo de gallina o la gallina? Seguramente tras pensarlo un poco nos demos cuenta de que, basados en el método empírico, no hay mejor forma de comprobar de qué es un huevo, que observando aquello que salió de ese huevo. Podríamos apostar que aquél es un huevo de pato, pero si de él saliera una lagartija tendríamos que cambiar de parecer. Lo que hace que un huevo sea un huevo de algo no es tanto el algo que lo puso como el algo que sale de ahí (basta recordar aquella vieja noticia del 2007 en que se aseguraba que investigadores japoneses habían logrado que salmones pusieran huevos de trucha): así, abrimos de entrada la posibilidad que, perfectamente, una no-gallina hubiese puesto un huevo de gallina. Sabemos que los animales cambian con el tiempo, que especies desaparecen y otras nuevas surgen. Así, es perfectamente posible imaginar que un tipo de ave muy parecido a las gallinas actuales, que fue cambiando poco a poco para asemejarse cada vez más a éstas, un buen día se pareció tanto que apenas por algunos rasgos podríamos considerarla “no-gallina”, pero puso un huevo con apenas un ligero cambio que permitió que el polluelo resultante fuese el de “la primera gallina”. Otra vez: una “no-gallina” puso un huevo cuyo producto era ligeramente distinto a ella -como los hijos que en algo no se parecen a sus padres, lo que en la vieja escuela de biología se llamaban mutaciones-, pero lo suficientemente distinto como para ser considerado una “gallina”. Primero fue el huevo: problema resuelto.

Si el lector es avispado habrá notado los problemas que surgen del razonamiento anterior: ¿qué hace que una gallina sea gallina? y ¿con quién se reprodujo es gallina para garantizar que su descendencia siguiera siendo como ella? -El problema de los monstruos viables permitió, después de todo, descartar a las mutaciones como el principal motor evolutivo- La respuesta es menos complicada pero más sorprendente de lo que a primera vista pudiera considerarse. Imaginemos que tenemos un renacuajo en una pecera y lo grabamos hasta convertirse en una rana; ponemos la cinta grabada en un editor de vídeo y observamos cuadro por cuadro la asombrosa transformación ¿estaríamos en capacidad de distinguir el último de los fotogramas en que nuestra peculiar mascota fue larva y el primero en que fue adulto? Por supuesto que no: evidentemente, ese juicio es imposible debido a la lenta y gradual transformación. Darwin, inspirado por el gradualismo del geólogo Charles Lyell, llegó a esta misma conclusión y se dio cuenta que las especies no aparecen de pronto, que requieren de un largo espacio de tiempo y que sus transformaciones son graduales y lentas. El dilema es falso ya que, de inicio, nunca existió una primera gallina ni un primer huevo de gallina.

Traigo esta reflexión a cuento porque pondero que una de las principales razones -la primera es la religiosidad- por las que la Teoría de la Evolución aún no es plenamente aceptada radica, en gran medida, en que a partir de la ignorancia de sus principios se han generado ya sea contra-argumentos o cuestionamientos que sencillamente no tienen ningún sentido, y que siguen dando paso al dualismo que propuse abandonar en esta columna de su periódico La Jornada la semana pasada. Repasemos rápidamente algunos de estos “contra-argumentos”.

“Si la evolución es verdadera, ¿por qué los perros siguen teniendo perros y los gatos, gatos?”

En realidad esta afirmación es parcialmente verdadera. La clave de la evolución está en que las copias (la descendencia) no se producen de manera perfecta, con lo cual siempre hay características nuevas. A partir de esto podemos decir que las especies no son algo fijo, una cosa dada y terminada, la mayor parte del tiempo (con excepción de la llamada selección estabilizante) las especies están transformándose lenta y gradualmente. Es imposible, por tanto, ver perros teniendo gatos, sin embargo, aunque también sería erróneo utilizar esa forma: sabemos que los lobos originaron perros. No es un lobo el que engendró a un perro, sino que lentamente las características de uno van difuminándose hacia las del otro.

“Si la evolución es verdadera: ¿por qué no vemos superhumanos?”

En realidad, el mínimo ejercicio racional nos permitirá entender que esta pregunta debe responderse en los mismos términos que la anterior. Vale decir que sí estamos cambiando y que, a comparación de otras especies humanas que existieron somos “superhumanos”. Al menos en el sentido que nuestra inteligencia (y probablemente nuestra agresividad) permitieron su extinción: somos los supervivientes de esa lucha que en algún momento -se calcula- tuvo hasta a cinco especies humanas distintas compitiendo.

¿Por qué no nos han salido alas?

Sí, créanme, he escuchado esta pregunta-: porque la evolución no nos lleva por cualquier camino posible y no todas las innovaciones son viables. Es racional pensar que, aunque viviéramos millones de años nunca nos “saldrían” alas. Los cocodrilos, por ejemplo, llevan unos cuantos millones años (nosotros no más de 150,000) y ni asomo de esos apéndices.

“Si Darwin tenía razón ¿por qué los changos no se han transformado en humanos?”

Ésta es, sin duda, una de mis preguntas sin sentido favoritas, porque permite dimensionar en toda su majestuosidad la ignorancia que prima en los detractores del conocido hecho que es la evolución. Para empezar: los humanos no descendemos de ninguno de los 150 géneros de primates: somos uno de ellos. Esto quiere decir que tenemos un antepasado en común con ellos: (por orden de cercanía) uno de donde se originaron humanos y chimpancés, otro de donde se originaron ese antepasado y el que (humanos y chimpancés) tuvimos en común con los gorilas, y así sucesivamente. Por decirlo en términos comunes y abusando de la caricatura: no somos “hijos” de los demás primates, somos “primos”. Tuvimos un “abuelo” común.

“Si la evolución es verdadera: ¿por qué no se ha encontrado el «eslabón perdido»?”

Siguiendo el orden de la respuesta anterior habría que decir que, en honor a la verdad, no sólo tenemos un eslabón perdido, sino al menos una docena de ellos. La fantasía de encontrar un esqueleto que sea la representación de “el último” no-humano y el del primer humano es tan absurda como los fotogramas del renacuajo y la rana: la evolución no acontece de esa forma. Sin embargo, tenemos un gran registro fósil entre formas intermedias del primer antepasado en común de los primates (o uno muy cercano a ese primer antepasado): el Plesiadapis (entre unos 55 a 58 millones de años) y sus formas modernas. Lo mismo podemos decir del rastro humano.

“Si la evolución es verdadera: ¿por qué sigue siendo sólo una teoría?”

En nuestra condición post-google quince minutos le bastarían a cualquier persona para responder esta “inquietante” pregunta: en la ciencia -hasta Doña Wiki lo sabe- “a un conjunto de descripciones de conocimiento se le llama teoría solamente cuando tiene una base empírica firme, esto es, cuando: 1) Es consistente con la teoría preexistente en la medida en que ésta haya sido verificada experimentalmente, aunque frecuentemente mostrará que la teoría preexistente es falsa en un sentido estricto. 2) Es sostenida por muchas líneas de evidencia en vez de una sola fundación, asegurando de esta manera que probablemente, si no totalmente correcta, por lo menos es una buena aproximación. 3) Ha sobrevivido, en el mundo real, a muchas pruebas críticas que la podrían haber falsificado. 4) Hace predicciones que pueden algún día ser utilizadas para falsearla. 5) Es la mejor explicación conocida, en el sentido de la Navaja de Occam, de entre la infinita variedad de explicaciones alternativas para los mismos datos.” Vale anotar que ninguna “teoría” conocida que pretenda competir con la evolución puede llenar estos requisitos.

La teoría de la Evolución por Selección Natural es probablemente la mejor idea que ha tenido jamás la mente humana. Nos ha permitido, de tajo, responder a las más grandes preguntas que inquietaron al humano por milenios. Es justo que al menos nos demos tiempo de conocerla antes de criticarla. Y es capital, pondero, para poder dar un pleno paso al urgente monismo.

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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