Opinión

Las influencias de Darwin. Lyell y Malthus: una larga, larga batalla / Disenso

Darwin nació en un mundo que se asumía con seis mil años de edad. Hoy aceptamos -con excepción de algunos sureños estadounidenses- que nada más la agricultura rebasa en longevidad a ese cálculo, obra del arzobispo James Ussher, quien logró tal “proeza” analizando el número de generaciones y su duración de vida según el árbol genealógico que conduce, según la Biblia, a Jesucristo (algo así como calcular densidad demográfica de la tierra media a través de las batallas en El Señor de los Anillos, supongo). Bueno, según don Ussher la tierra se creó el 22 de octubre del 4004 a.C. como a eso de las 7:00 pm. Esta impresionante “precisión” apantalló tanto que Los anales del mundo se impuso entre los contemporáneos del siglo XVII y para cuando nació don Charles todo mundo lo aceptaba.

Pues bien, cuando Darwin se subió al Beagle llevaba con él una copia del primer volumen de Principios de geología del señor Charles Lyell, quien apoyó y desarrolló la teoría de James Hutton que se oponía a la prevaleciente en la época, llamada “catastrofismo”, que se había tratado de adaptar, con una varianza como de 600 millones de años, a los cálculos de Ussher. Pues bien, estos geólogos calcularon que la tierra obedece a principios más armónicos de lo que podía creerse, y que por tanto requería un cúmulo mucho mayor de años para moldear continentes, montañas y precipicios -en contra del catastrofismo, que pensaba que todos los cambios se daban en momentos críticos y en pequeños lapsos-. Pronto, la observación de las capas que guardaban fósiles hizo evidente que la acumulación de sedimentos daba una pista: en conjunto con el orden de estas capas y la lentitud del depósito, requería de un periodo mucho mayor a lo que ninguna mente había imaginado hasta entonces.

Por otro lado Thomas Malthus publicó hacia finales del XVIII el Ensayo sobre el principio de la población, en donde reflexionaba que las poblaciones tienden a crecer más rápidamente que los suministros alimentarios que requerían: las primeras crecen geométricamente, las segundas aritméticamente. En palabras sencillas: siempre habrá más bocas hambrientas que comida disponible. Aunque hasta hoy se discute si la lectura de Darwin fue directa o indirecta, parece claro que tanto a él como al jovenzuelo Alfred Russel Wallace dicha teoría les despertó la idea de la competencia. Entonces: si hay recursos limitados los miembros de una especie tendrán que competir con otras y entre ellos por dichos recursos, lo que genera que haya ganadores y perdedores.

La teoría de Darwin, que tomó unos treinta años en fundamentarse, tenía ahora tres elementos que la hacían tomar sentido: que había necesidad de competir por los recursos y, por tanto, algunos iban a resultar beneficiados de éstos y otros no; que esta competencia sería un motor que genera cambios sutilísimos, apenas visibles en una vida humana -Darwin no tenía las herramientas teóricas ni tecnológicas suficientes para saber que en ciertas especies, como en algunas bacterias, de hecho podemos observar los cambios generacionales en tiempo real-; y que esta batalla se acompaña de un orden subyacente que puede autorregularse.

En otra ironía histórica, Darwin se vio tan comprometido con la influyente teoría de Lyell que probablemente cometió una de sus más grandes torpezas: recuperar el gradualismo para su propia teoría, error que incluso su mayor defensor -quien no por nada fue conocido como el “pitbull de Darwin”-, Thomas Huxley, le criticó. Probablemente la obsesión del buen Charles por tener una teoría completamente armónica le habría llevado a ese desliz.

Ironías aparte, la idea comenzaba a tomar una forma tan sólida y definida, en que se entremezclaban las teorías ya mencionadas que hasta el día de hoy podemos resumir la Evolución por Selección Natural utilizando estos principios, y agregándole uno más: la herencia. Una broma extraña del destino es que Mendel habría dado un montón de certezas que Darwin tuvo que intuir sin las pruebas que el austriaco pudo ofrecerle, porque estaba enclaustrado en un monasterio.

Sin embargo Darwin había visto ya, en la crianza de palomas, por ejemplo, que ciertos rasgos pueden heredarse y que éstos pueden ser escogidos por los criadores. Todos los animales se parecen a sus padres y algunos rasgos pueden irse remarcando según una selección. El rompecabezas tenía sus piezas preparadas y se pueden resumir así: 1. Los padres heredan rasgos a sus hijos. 2. Los hijos son diferentes entre sí. 3. Los recursos limitados hará que algunos de estos “ganen” la batalla y tengan más hijos. 4 (en realidad, 1): esos hijos se parecerán a sus padres.

Este orden, que es pasmosamente simple en un marco de millones de años para que las diferencias sutiles se vayan marcando más y más, y donde estas diferencias se eligen por la lucha de recursos, dará una increíble variedad de especies. Toda la variedad de vida a nuestro alrededor, con todas sus increíbles formas y colores, requieren de estos sencillos principios para funcionar. La idea estaba planteada. La humanidad asistía a una respuesta esperada por milenios. Una respuesta elegante y sencilla, que increíblemente, algunos no escuchan todavía.

 

Facebook.com/alexvazquezzuniga

 

The Author

Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

No Comment

¡Participa!