Opinión

De Darwin a Dawkins: el altruismo como lucha por la supervivencia / Disenso

En Romper el hechizo, el filósofo norteamericano Daniel Dennett (otro apasionado darwinista) habla el caso de las hormigas, diciendo que la selección natural ha “moldeado” su “diseño” a lo largo de los siglos, haciendo, de los tipos individuales de hormigas, especialistas que coordinen automáticamente sus esfuerzos de manera que resulte una colonia vigorosa y normalmente armónica. No hubo hormigas individuales heroicas que lo resolvieron todo y que luego lo implementaron. No tuvieron que hacerlo, pues la selección natural se encargó del proceso de ensayo y error en lugar de ellas, y no sólo no hay ahora, sino que nunca hubo, ninguna hormiga individual -o un consejo de hormigas- que interpretara el rol de un gobernador. Por el contrario, son precisamente las elecciones racionales de los seres humanos individuales (sus ideas, sus memes) las que hacen que aparezca una corporación: los agentes racionales individuales, preocupados por sus propios intereses y haciendo sus propios análisis individuales de costos y beneficios, toman las decisiones que dan forma, directa o indirectamente, a las características de la polis.

Dennett apoyaba una idea añeja para el punto de vista biológico, que los hombres constituíamos una excepción animal, debido a que vivíamos en grupo, pero nuestro comportamiento parecía estar sujeto a particularidades subjetivas con las que se construyen reglas generales, a diferencia de los demás animales que parecen seguir reglas generales, producto de sus capacidades evolutivas pertenecientes, obviamente, a cada individuo. Como lo analizamos en las pasadas entregas, Richard Dawkins propuso una teoría que reconcilió estas dos características aparentemente contradictorias: la evolución en realidad no se centraba en los individuos, como aparentemente lo hacía en el caso del hombre (vale decir que el buen Darwin trató de manera específica el tema del hombre en un libro aparte de su famoso Origen de las especies…), ni en la especie, como aparentemente lo hacía en el caso de otros animales, sino en los genes, y que la tarea evolutiva de todo individuo, y por lo tanto de toda especie, se reducía a la reproducción de estos genes, lo cual nos pone a todas las especies en el mismo campo semántico.

Darwin se preguntó por qué los hombres somos capaces de trabajar por los demás, de cooperar, incluso de ir a la guerra o hacer sacrificios por la polis. ¿No parecía esto contradictorio para una lucha por la supervivencia? ¿No era contra-intuitivo el altruismo? Los siguientes 150 años de investigación nos dijeron que no. Y más: los demás animales también son altruistas. Porque desde “el punto de vista del gen” no importa si el altruismo surge del sujeto o la especie; es más, ni siquiera el altruismo es per se importante, a menos que sirva para la perpetuación del gen. Si los animales viven en grupos, sus genes deben obtener de la asociación un beneficio mayor de lo que invierten en ella. Una manada de hienas puede atrapar presas mucho más grandes que la que puede abatir una hiena que actúa sola, de manera que compensa a cada individuo egoísta cazar en conjunto, aun cuando ello implique compartir el alimento. Probablemente, por razones similares, algunas arañas cooperan en construir una gran tela común. Los pingüinos Emperador conservan el calor agrupándose. Cada uno de ellos gana al presentar a los elementos una superficie de su cuerpo más reducida que si estuviese solo. Un pez que nada oblicuamente tras otro pez, puede obtener una ventaja hidrodinámica de la turbulencia producida por el pez que le precede. Ésta podría ser una de las razones por las cuales los peces forman cardúmenes. Un truco afín relacionado con la turbulencia del aire es conocido por los ciclistas que compiten en carreras y puede ser la causa de la formación en V de las aves en vuelo. Tal vez se entable una competencia para evitar la posición desventajosa de ser cabeza de la bandada. Posiblemente los pájaros se turnen como líderes mal dispuestos a actuar como tales: una forma de altruismo recíproco que a los ojos de Dawkins representa sólo una forma de adaptación a favor de la proliferación de los genes: con su teoría de El gen egoísta, abrió una insospechada brecha para los evolucionistas neo-darwinianos: ahora el altruismo, que a la luz de Darwin nunca pudo explicarse por contraponerse con la idea de la supervivencia del más fuerte, era perfectamente compatible no sólo como excepción, sino como norma dentro del reino animal. Incluida, por supuesto, la especie humana. Finalmente nuestros genes nos predisponen a un comportamiento altruista, ya que debido a la particular fragilidad del cuerpo humano, no habrá mejor opción que afrontar nuestra existencia, para la correcta supervivencia de nuestros genes, que encaminar nuestras acciones, en la medida de lo posible, y siempre y cuando sea benéfico para nuestros genes, al fortalecimiento de los demás miembros de la especie.

Hemos hecho este breve recorrido histórico justamente para llegar a este punto: hoy podemos entender que “la bondad” y “la maldad” no son conceptos sólo entendibles desde una religión o metafísica. Hoy la biología y otras ciencias estudian el fenómeno y nos dan pistas de nuestro comportamiento desde las demás especies animales: es capital voltear a verlas no para imitar sus comportamientos, sino para entender los nuestros y tener la capacidad de ponerlos a discusión y revisión. Abandonando el dualismo y abrazando el naturalismo tendremos un camino menos sinuoso para dar cuenta de nosotros mismos. Agradezco a usted, lector, su paciencia y compañía en esta serie.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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