Opinión

El diseño más hermoso del mundo / H+D

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Yo tenía un botón sin ojal, un gusano de seda,

medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,

una hispano olivetti con caries, un tren con retraso,

un carné del Atleti, una cara de culo de vaso,

un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,

una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,

una bici diabética, un cúmulo, un cirro, una strato,

un camello del rey Baltasar, una gata sin gato.

Joaquín Sabina

(Fragmento de “La canción más hermosa del mundo”, Dímelo en la calle, 2002, CD)

Desperté y la cabeza me daba vueltas, hace tiempo que no sé si me encuentro dentro o fuera, supongo que no es una ventaja ni una desventaja, encontrarme dentro suponía perderme el mundo que estaba fuera y estar fuera me supone perderme el mundo que está dentro, por lo cual creo que últimamente vivo en estado sólido contrario al estado gaseoso del amor amarillo. Más bien siento náuseas. La náusea -como Antoine Roquentin, aquel personaje de Jean Paul Sartre-.

Para colectar un poco de sentido decidí tirar un cable a tierra en lo que me gusta hacer, o al menos intento hacer o simplemente hago, al despertar con la persiana cerrada y pasado ya más del medio día, con una ligera resaca a cuestas y después de algunas soledades, decidí sentarme a diseñar.

Mi restirador siempre está despejado, siempre está limpio, casi en un estado virginal esperando que lo acose y le llene de vida con hojas blancas, prismacolor, plumones, que las escuadras y el escalímetro lo toquen y puedan seducirse mutuamente mientras yo me siento en el banco de madera natural a observar casi voyeristamente aquella imagen placentera en donde todos los instrumentos para diseñar se encuentran preparados. A ese festín sólo falto yo, me invitan a unirme y crear algo, cualquier cosa, cualquier tontería que pueda sacarme de este estado letárgico, al no haber encargo del cliente, el diseño se vuelve aún más placentero y misterioso, se diseña por el hedonismo de perderse en la textura de las hojas y los lápices que me sobresaltan con sus colores.

Ahí, de frente a la hoja, ocurre un momento que me hace regresar a la náusea y a la vez alejarme de ella, es como si no distinguiera entre diseñar o crear o jugar o a la vez todo se mezclara, caigo terriblemente en cuenta de la importancia que tiene esa hoja en blanco que me paraliza casi en automático, el lápiz no puede posarse en ella, está hechizada, está maldita. El blanco llena mis pupilas y las dilata como un ácido lisérgico, la hoja me observa detenida y fijamente, me reta, se impone en el restirador y llena el espacio, todos los demás instrumentos se alejan solapadamente del escenario creativo y me dejan ahí sólo con ella, ahí toma protagonismo y me absorbe con sus dudas.

¿Qué podrá emerger de esta hoja?, el poema que me vuelva a la mujer perdida. La carta final para una despedida eterna. Un garabato que me divierta y me haga reír. Aquella silla que sueño con tal perfección de tan delicadas líneas y materiales que es imposible de dibujar. El plano de una llave que abra puertas infinitas. Una lámpara delgada y fina de luz tenue que ilumine a los lectores mientras toman whisky en el Palace de Madrid, la tumbona de madera de ébano para una playa en Varadero, o bien, podría diseñar en esa hoja la bufanda roja que quisiera usar al regresar algún día a Buenos Aires en invierno. Desespero.

¿Qué puedo plasmar?, ¿qué puedo crear?, ¿qué puedo diseñar?, las opciones son tantas que la ruleta rusa de mi cabeza dispara una idea que estallara salpicando imágenes paganas, no quedará más camino que ejecutarla, llevarla a cabo, dibujarla, escribirla, diagramarla, iluminarla y darle vida, pero ¿será azarosa la elección o surgirá de mi más profundo subconsciente?, ¿será algo que quiero vomitar y sacar, lo que plasmare será lo que me provoca la náusea?.

Trato de respirar, el fuerte banco de madera en el que estoy sentado casi al borde me parece un rascacielos, un paso en falso y caeré al vacío vertiginosamente, habré perdido la idea en las alturas y volveré a atravesar todos los síntomas, me aferro al lápiz y la punta afiladísima casi para hacer daño se acerca a la textura granulada de la hoja blanca, el momento es épico, mi mano tiembla pero trata de disimularlo agarrando firmemente el lápiz de su parte inferior algo desgastada, la hoja se encuentra a la expectativa, están a punto de encontrarse y el momento cumbre sucede; se tocan. Las líneas empiezan a aparecer una tras otra, casi en un ritual de posesión, el lápiz anda por mí y yo lo acompaño entre senderos que no conozco, el lápiz corre rápido y desprolijo, pareciera no importarle aquello que hace, no sé si se está burlando de mí o si en realidad sabe bien a dónde me lleva, sin gloria pero sin pena.

Después del frenesí la hoja se encuentra exhausta, el lápiz desgastado ha dejado mucho grafito en el camino y se ha mutilado la punta fina y brillante, ahora después del encuentro es chata y deforme, la hoja no tiene ya lugar para fecundar otra idea, está cubierta y poseída, algunas arrugas han asomado, ambos descansan uno sobre otro, como un par de amantes, yo desde mi banco y ya con la mano desmayada miro la escena y me cautiva, la náusea se ha ido por un instante, y en ese instante contemplo en esa hoja el diseño más hermoso del mundo.

 

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