La Purísima Grilla

Esfera Pública: ¿Educar para qué?

Educar ¿para qué?

Por Jesús Medina Olivares

Sólo en la educación puede nacer la verdadera sociedad humana y ningún hombre vive al margen de ella. Por consiguiente, la opción se da entre una educación para la domesticación alienada y una educación para la libertad.

Paulo Freire

Nuestra cultura contemporánea se halla inmersa en una disyuntiva respecto a los fines de la educación. Se plantea, por una parte, un nueva revaloración de sus propios fundamentos, en la que valores como libertad, justicia y la visión de construir un proyecto de humanidad se les ha asignado una importancia menor, en tanto; la eficiencia, competitividad, lo individual y la comodidad son promovidos como finalidades educativas.

Es importante destacar que la educación, en sus distintas modalidades (formal e informal), como resultado o producto de la sociedad en que se desarrolla, genera su propio modelo y sistema de educación, a partir del pensamiento y la ideología social predominante.

La modernidad imponía como fines educativos impulsar la libertad humana y formar hombres libres, en términos de una narrativa de progreso y emancipación.

Se partía de la convicción de que esa libertad sólo se vería coartada por la fuerza, por la vida social, la cultura y el poder, por eso, la tarea de la sociedad y de los procesos educativos debería ser la liberación de las cadenas ideológicas, políticas o económicas. En otras palabras. Educar para la libertad.

La concepción del hombre como creador, productor social, como ser histórico como un ser que trae cosas a la existencia y a través de ella impone un sentido, es más que abandonado en la posmodernidad. En su lugar, prevalece el auge de la técnica, la tecnología y el utilitarismo en el que el saber tiene una forma de mercancía.

Para la sociedad contemporánea el placer, el bienestar, lo individual y la inmediatez se reivindican como valores máximos. La razón es utilitaria e instrumentalista. Se interesa únicamente por los resultados y la eficiencia.

En coincidencia con Miguel de la Torre, el problema de la sociedad contemporánea, es que “No piensa al hombre haciendo historia, construyendo un futuro, realizando un ideal colectivo y trascendente”. Piensa al hombre desde lo concreto, su existencia aquí y ahora.

Para ella, de acuerdo a Narro Robles, los marcadores del éxito son la acumulación de dinero y de bienes materiales.

El efecto que ese cambio de perspectiva ha tenido en México, se puede apreciar en un estudio publicado en la revista Nexos, “Sueños y aspiraciones de los mexicanos”, la cual refleja la manera de pensar de la sociedad mexicana sobre el presente y el futuro.

Los datos revelan la profunda fractura entre los mexicanos y el país; en la concepción que tiene el mexicano de sí mismo por encima de un ideal colectivo como nación. Se hace énfasis en el individualismo exacerbado, acompañado de una profunda confianza en su capacidad como individuo de tener injerencia de su futuro personal y su desinterés en asuntos que involucren más allá de su esfera personal y familiar. Pareciera irse consolidando la percepción de no confiar en nadie que no sea su familia.

Lo anterior, aunado a los escándalos de corrupción y el pacto de impunidad que impera, prácticamente, en todos los ámbitos del país representan un elocuente testimonio de la decadencia de valores inspirados en los grandes relatos y los principios humanistas de que el saber es indisociable a la formación del espíritu.

En la sociedad contemporánea, con la idea de la aldea global y sin contrapesos, donde predominan la individualidad, la competencia y el libre mercado como sus principales fundamentos para aumentar el bienestar individual han encontrado su propio agotamiento en la medida que no ha sido capaces de dar respuestas favorables a la problemática, que en teoría debería resolver, por el contrario, se han profundizado.

Hoy los problemas más importantes no requieren de una solución exclusivamente técnica o científica. Son situaciones que reclaman una reorientación ética de los principios que la regulan.

Los fenómenos de las últimas décadas dan cuenta de ello; Los alarmantes niveles de pobreza, la persistente y pronunciada desigualdad en contrastante con la excesiva concentración de la riqueza en pocas manos, el deterioro ambiental y la ausencia de valores que caracteriza a la “ego-sociedad” de nuestros días, han colocado a la sociedad en la incertidumbre y la contingencia.

En este contexto, es imperativo darle un sentido y orientación distinta a nuestro destino. Para ello, es imprescindible que nuestro sistema educativo, incorpore criterios de carácter moral, como prioritarios, basados en valores que formen ciudadanos responsables y que, en la búsqueda del conocimiento, contribuya a la solución de los problemas sociales, así como a la construcción de una sociedad más justa y equitativa.

Se debe dar impulso a la ética social con principios que fortalezcan la libertad, el respeto a las personas y la cohesión social.

No se trata de imponer valores absolutos o normas de conducta. Sino en facilitar el desarrollo y la formación de capacidades idóneas para orientar su juicio y acción de modo racional y libre.

El propósito de enseñar valores, como señalaba Aristóteles, no es sólo que los conozcan, sino formar hombres virtuosos.

En última instancia, como refiere Peter “el concepto de hombre educado debe constituir un aspecto prioritario del logro de la educación”.

Un hombre educado, es alguien que no solo se dedica a una actividad particular, sino que además es capaz de realizarla por lo que es ella misma, a diferencia de cultivarla por algo a lo que podría llevar o lograr.

Ser educado constituye algo más que diestro. Se debe poseer conocimientos y algún esquema conceptual que eleve esos conocimientos por encima del nivel de una serie de datos inconexos.

La persona educada debe tener alguna comprensión del porqué de las cosas y algún desarrollo profundo del conocimiento y de la conciencia.

Una persona especializada no necesariamente es una persona educada. Además de la especialización tiene que ver su conexión con otras cosas que le permitan captar una estructura coherente de la vida.

En este contexto, el valor y el sentido que se le debe asignar a la educación debe ser antropogénico, es decir, un proceso en que los seres humanos se construyan a sí mismos, en lo colectivo como en lo individual.

La educación hace posible un modo de ser humano y es siempre un proceso de construcción colectiva.

 

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El desastre educativo

Por Enrique F. Pasillas

 

La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos y religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

Declaración Universal de los Derechos Humanos

 

Los hombres han nacido los unos para los otros, edúcalos o padécelos.” Marco Aurelio (Roma, 121-Vindobona, 180). Acá, a pesar del gasto millonario que realiza la Secretaría de Educación Pública, los estudiantes mexicanos tienen el más bajo nivel educativo entre los 34 miembros de la OCDE: son “incapaces de resolver problemas elementales” y los profesores destinan apenas 69% del tiempo al trabajo en aulas, confirman los propios estudios de dicha organización. Sin embargo, la SEP no escatima recursos millonarios para atender sus compromisos con la OCDE, y tras 20 años de seguir las normas del llamado “Club de París” y de erogar considerables sumas del erario público, el nivel escolar de los mexicanos es el peor de entre 34 países miembros. Así, por ejemplo, mientras un tercio de los alumnos de los países miembros obtiene algún grado de educación superior, en los mexicanos esa cifra está por debajo del 20%. Y eso sin hablar de la calidad.

Para decirlo sin paliativos: el actual sistema educativo mexicano nos condena al subdesarrollo porque ni la educación pública ni la privada han sido nunca una prioridad nacional. Han sido si acaso, una moneda de cambio política y económica. Por eso se solapan una y otra vez, los excesos, la insolencia y la corrupción de las dirigencias sindicales, los funcionarios públicos y los mercaderes de la educación desde los felices y tricolores tiempos “jongitudianos” que incubaron y explican todo lo que vino después.

Mientras tanto, se posponen las decisiones que deben dar seriedad, profundidad, calidad e innovación al sistema educativo mexicano. Porque la mala calidad educativa sucede al mismo tiempo que los niveles de inversión pública en educación rozan algunos promedios internacionales. Los maestros reprueban y nuestros hijos también. Lo hacen en un modelo educativo que agoniza y se muere; que instruyó a las personas para el siglo XX, mal instruyó para la economía del conocimiento, y será totalmente inoperante para el mundo que emerge, hoy llamado de la “competitividad”, a tono con las reformas neoliberales que prometían prosperidad y han traído desigualdad, polarización y fragmentación social y económica, así como la anomia social.

Así que un nuevo modelo tendría que basarse no en sistemas verticales de enseñanza, sino laterales y participativos. En dejar atrás la memorización y buscar la reflexión y la investigación. En dejar de lado el exacerbado individualismo mexicano, como bien nos apunta Jesús Medina Olivares en su artículo, para generar una cultura de trabajo en equipo, en redes cooperativas de enseñanza, de innovación y de colaboración. Tendríamos que incentivar modelos escolares de excelencia para los mejores, cerrar y prohibir las escuelas y universidades “patito” (públicas y privadas) que no son nada más que un gran negocio para sus propietarios y burócratas autorizadores y un fraude a la confianza y al esfuerzo de los mexicanos.

Tendríamos que abrir nuestra educación al mundo y promover el tránsito libre de conocimiento y la información, así como reformar el sistema nacional de educación superior, de investigación y desarrollo tecnológico. Es así como tendríamos que hacer mucho y tendríamos que hacerlo pronto. Pero hasta hoy, no ha habido voluntad, valor, o patriotismo para emprenderlo.

Y claro que todos los actores educativos deben ser evaluados, no solo los profesores y alumnos: gobernantes, políticos, altos funcionarios y burócratas educativos, empresarios y empresas educativas, medios, organizaciones sociales y padres y madres de familia. Esto es especialmente válido y necesario para el caso de Aguascalientes.

@efpasillas

 


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La Jornada Aguascalientes

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