Esfera Pública

Esfera Pública: La educación en México

Profesores, otra causa perdida

Francisco Aguirre

Para Conchita, Paola, Carlos Ortiz y Gaytán

En alguna ocasión Carlos Monsiváis definió las “causas perdidas” como aquellas cosas de las que nunca se esperan ventajas. Como aquellas cosas que tienen certeza del valor inmanente de las exigencias de justicia y de las batallas para alcanzarlas. Vivió y transpiró esta idea de forma notable, acudía a cualquier llamado de ayuda, donde fuera.

Inspirados en esta idea, hace tiempo un grupo de jóvenes se determinó en definir un listado de éstas. El debate para identificarlas fue más intenso de lo que se cree, o que alguien diga ¿cuál injusticia en este país está sobre otra?, ¿con cuál empezar? Y es que, en la multicausalidad es muy fácil perderse, circularse y trotar por lugares comunes, sin embargo el esfuerzo rindió en una lista: Garantías de un ingreso mínimo ciudadano. Necesitamos empleo seguro y seguro contra el desempleo; reivindicar los derechos del siglo XXI para los mexicanos del siglo XXI: derechos civiles, sexuales y reproductivos; pugnar por cero tolerancias en materia de impunidad, comenzando arriba en los gobiernos; demandar un Estado de la sociedad que respete diversidad y promueva desarrollo; en impuestos: más para los menos, menos para los más. Fin a los privilegios; buscar reconstruir el tejido social y promover un desarrollo sustentable que aproveche nuestros recursos ambientales; la edad del conocimiento, ve ciudadanos, escucha habitantes, siente personas y realiza hombres;  aseguramiento de garantías, así como el alimento a los hijos, la educación pública de calidad para la sociedad.

Entre todas esas causas perdidas se podrían discutir múltiples formas de diagnosticar, diseñar y hasta implementar las soluciones. En la última, nos estacionamos un poco ¿qué significa educación pública de calidad?, ¿quién o qué define calidad?, ¿calidad de quién, de los estudiantes, de los profesores, de las instituciones, de la administración educativa?

Si vemos algunos números encontraremos pistas: 74% de los docentes tiene licenciatura, 11.3% maestría y sólo el 2.6% doctorado, la cantidad restante se divide entre preparatoria y educación básica. Aunado a esto, el 30.4% que se dedica a dar clases en educación superior tiene maestría y 15% doctorado. El 81.3% trabaja en escuelas públicas, 62% son mujeres, con un promedio de edad de 40 años entre ambos géneros y trabajan en promedio 31 horas a la semana, 17 horas menos que un profesionista promedio.

Y es que si nos centráramos en el enfoque en el magisterio, el sindicalizado y el otro, profesores independientes por asignatura, profesionistas que por ánimo personal utilizan las clases como crecimiento y actividad de tiempo complementario, los incentivos comienzan a decrecer, son mínimos, para sacrificar horas clase y horas trabajo para hacer que estudiantes con una capacidad de aburrimiento cada vez mayor y de sorpresa menor se desarrollen. Y es que no todo pasa por el precio de una hora de clase devengada para los profesores, ni por esa tasas de retorno sobre el tiempo invertido. Los incentivos emocionales han dejado de existir, se ha dejado de insistir en que mientras más estudies la probabilidad de incrementar tu calidad de vida aumenta, no la determina, pero sí llega a posibilitarla. Cuando menos saber y establecer que el orden y la estructura mental te ayudará como estudiante a convertir tu entorno en otro. Lo mismo para los profesores, mientras no se entienda de la trascendencia de la preparación de la clase y del esfuerzo máximo necesario por y para convencer a los estudiantes por uno o por otro tema y su forma de realización en su vida, cualquier esfuerzo administrativo y/o de infraestructura siempre quedará corto. Sólo así por empezar la discusión.

La otra arista, la más común en el análisis, la politización del magisterio pasa a segundo plano, el corporativismo sindical de las décadas anteriores está caduco, sin ser ingenuo, tampoco existe pretensión para su erradicación, pero sí en extremo su modificación. La nueva ley de transparencia convirtió a los sindicatos en entes fiscalizables, pero sólo del recurso proveniente del erario público, no de las “cuotas” que aporta cada trabajador. Sin embargo, quedará pendiente la rendición de cuentas a plenitud, ojalá fuera esto retroactivo. Ahí, lo perdido es literal.

La actual forma de incentivar a las nuevas generaciones para ser profesores debería ser entendida a plenitud como causa perdida, como el centro del mejoramiento del nivel educativo, una causa por la que las batallas siempre serán necesarias y por la que, pese a que sean una “minoría” de 1.6 millones de profesores en el país, siempre dará gusto conocer al profesor que, aunque se sienta perdido, encuentra la luz en un salón de clase sólo por humanidad.

Educación para la formación de ciudadanos

Fernando Aguilera Lespron

 

Suponía el filósofo Aristóteles que para ser buenos ciudadanos sólo había que proponérselo. Explícitamente implica el saberse sujeto a derechos fundamentales y asumir deberes y obligaciones que vinculen al individuo con los bienes públicos.

Me atrevo a decir que tenemos una democracia sin ciudadanos o ciudadanos cuyos deberes se limitan al pago obligado de impuestos y ocasionalmente a cumplir con el derecho de ejercer el voto; sentirse ciudadano implica reconocer y practicar los valores de la civilidad y contribuir a establecer un interés común más allá de los particulares.

Por ello es necesario que los programas escolares integren en sus programas académicos la formación cívica y ética y también definan qué valores básicos deben priorizar como un modelo de cultura del buen ciudadano. En México carecemos de un método para enseñar una ética con perfil ciudadano.

La disciplina, el esfuerzo y la constancia son valores casi desaparecidos en el ámbito escolar, y, en ese sentido, la familia y la escuela son fundamentales no sólo para la adquisición de conocimientos, sino también en valores éticos y morales para el comportamiento tanto en la familia como en la sociedad misma.

La política debería ser un estímulo para la construcción de la ciudadanía, pero más bien actúa contra ella, porque la política se ha alejado de los ciudadanos y ha degenerado en la partidocracia, de tal manera que el reto de cómo educar debería inculcar los mínimos de una ética pública y formar parte de la conciencia moral de la persona que vive en una democracia con los beneficios que otorga un Estado de Derecho.

Los programas de estudio necesitan perseguir cuatro objetivos fundamentales: la instrucción civil, que abarque los derechos fundamentales y la Constitución, así como el conocimiento de las instituciones públicas; enseñar a convivir, donde entran todos los valores relacionados con la convivencia cotidiana, el respeto al otro, la tolerancia, el reconocimiento y la solidaridad; enseñar a participar, que trata de enseñar a comprometerse con el bien común, la participación debe ser inculcada desde que se es pequeño; enseñar a ser responsable, la sociedad ha producido individuos que no sienten la obligación de dar cuenta de sus actos ante nadie, que no se sienten deudores de los beneficios que gozan pero sí jueces ante lo que injustamente les afecta en su persona.

Sobre la responsabilidad compartida entre la familia y la escuela, ambas necesitan hacer un esfuerzo común; así como la política, la administración pública y los medios de comunicación el esfuerzo colectivo por formar ciudadanos que convivan y se comprometan con los demás, que importan mucho en lo público para evitar la contaminación, el vandalismo, la discriminación e impulsar valores básicos como el respeto y la tolerancia.

La idea de educación tiene que responder a una serie de circunstancias críticas en el ámbito social y contribuir elementos para que las personas puedan ser autónomas, con capacidad de juicio y de crítica.

La educación no sólo es formadora, sino fundamentalmente es transformadora de las relaciones sociales y políticas. Por ello, la construcción de ciudadanía implica la reconstrucción del tejido social mediante el fortalecimiento y democratización de la sociedad civil, de la participación social y política; y la recuperación de la confianza en las instituciones y en los procesos de elección de los gobernantes.

La escuela es fundamental para la construcción de ciudadanía, es decir, la formación de niñas, niños y jóvenes conscientes de sus derechos, con valores y alto sentido de responsabilidad ciudadana, para tomar decisiones y convivir de manera solidaria, respetuosa, tolerante y justa. La escuela es el medio para la afirmación de la identidad nacional, el desarrollo de sentimientos patrios y el respeto al Estado de Derecho.

 

@aguileralespron

 


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La Jornada Aguascalientes

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