Opinión

¿Individuos o especie?: la pesadilla de Darwin / Disenso

Cuando Darwin llegó a la idea de la Evolución por Selección Natural no eran pocas las cosas que le angustiaban y presentaban acertijos complicadísimos para tener una teoría armónica –algo que le inquietaba mucho- a todas las formas de vida. Dadas también las condiciones científicas de la época –recordemos que aunque Mendel tenía ya bien formulada su teoría de la herencia, Darwin nunca la leyó-, era difícil que encontrara sosiego: el buen Charles murió con dudas terribles sobre su propia teoría, intuía que la vida debía seguir un mismo camino, una especie de algoritmo común subyacente, pero había casos específicos que lo atormentaban y tardaron algunas décadas en ser resueltos.

Dijimos ya la semana pasada que la concepción de la supervivencia del más “fuerte” es, a poco que se vea de cerca, completamente errada: la fuerza, en muchos casos, no sirve de mucho y se manifiesta claramente en la relación que los propios humanos tenemos con otras especies, muchas de ellas más fuertes que nosotros, de las que vivimos y a las que matamos y otras, bichos pequeñísimos como las cucarachas o ciertos insectos que viven de nosotros o nos matan.

Darwin había pensado, casi de manera poética, en una continua batalla, cruel y descarnada, que los individuos luchan no sólo contra otras especies sino con sus propios congéneres: habría quedado aterrado por la precisión de su intuición si viera ese vídeo donde el tiburón devora a sus hermanos aún en el interior de su madre. Un implacable mecanismo que garantiza que la cría nazca nutrida, sea la más ávida y esté preparada para encarar vorazmente el mundo. Hasta aquí todo bien: la lucha por la supervivencia del más apto que se sintetiza en tres pequeños pasos mencionados la semana pasada, a saber 1. Los hijos se parecen a los padres. 2. Algunos hijos son más aptos que otros. 3. Ya que hay recursos limitados, sobrevivirán los más aptos, y el ciclo se repite.

Estos principios se siguen afirmando y hoy, no sólo se usan para explicar la evolución biológica, también, en extenso, para dar cuenta de la cultural (a través de memes) y la tecnológica (a través de “temes”). Sin embargo pasar la prueba no fue sencillo, el propio Darwin murió angustiado de no haberla aprobado ante ciertos retos específicos, uno muy claro, el caso de los insectos sociales: termitas, hormigas y abejas. Pongamos el caso de estas últimas: todos sabemos que existen abejas obreras, zánganos y reinas. También sabemos que las obreras no llevan ese nombre por casualidad. Pongamos la perspectiva: Darwin pensaba que había una lucha intensa donde los más aptos aplastan a los menos, para sobrevivir y dejar su legado; pero hay comunidades que parecen llevar muy bien la supervivencia donde ciertos individuos trabajan sin dejar legado: trabajan para que su madre o una de sus hermanas se reproduzca, ellas son infértiles. ¿Por qué alguien, en el aciago campo de batalla, trabajará para que otros sobrevivan? El puzzle se agrava: no sólo las abejas sino mamíferos muy cercanos a nosotros, dan una señal de alarma cuando se acerca un depredador poniéndose a sí mismos en riesgo, pero permitiendo que la comunidad se salvaguarde.

Algunos biólogos, entre ellos Haldane y Fisher, apenas iniciando 1930, encontraron –con las herramientas que Darwin jamás tuvo- una fórmula matemática que ponía en orden aquel extrañísimo fenómeno. Resulta que podemos sacar un ratio que represente qué tanto se parecen a mí los que me rodean, a partir de las leyes de la herencia de Mendel. Los hijos tienen una relación del 50% con sus padres –y la tendencia se mantiene para con los hermanos-, los sobrinos del 25% y los primos del 12.5%. Esta tendencia, que hoy se afina con el conocimiento que décadas después se tendría del ADN, se explica –insisto- a la luz del conocimiento al día, así: cada padre tiene dos juegos de cromosomas (que a su vez heredaron de padre y madre) y dejará uno en herencia, dicho esto, un padre “AB” y una madre “CD” pueden dejar linaje como sigue: “AC”, “AD”, “BC” y “BD”; la tendencia, como se ve, es que los hijos se parezcan 50% a cada padre y a que, entre más sean, se parezcan entre ellos también en un 50% (AC y AD, BC y BD, AC y BC y AD y BD). Bien, resulta que las especies que son sociales tienen una relación de parentesco muy estrecha: con lo que el grito de alarma o el trabajo por el otro, protege a la familia, y por consecuencia a la propia especie. Grosso modo, se concluyó que lo que se seleccionaba no eran tanto los individuos, sino las especies mismas a través de sus comunidades. Selección grupal, selección familiar, o kin selection. La explicación es más bella y sofisticada con las abejas: en el caso particular la abeja macho tiene sólo un juego de cromosomas, mientras la hembra tiene dos, aquí el padre es “A” y la madre “B o C” (en la primera generación tomada), por tanto, los hijos son “AB” o “AC” resultando ya asegurado un parentesco del 50% (que no se da en el caso revisado antes) entre hermanos y dejando a la tendencia otro 25% (habrá hermanos que compartan o no B o C). Por tanto, en el caso de las abejas, tiene sentido que el cuidado sea más por las hermanas que por los hijos: hay mayor parentesco entre ellas. Del padre ya ni hablamos. Dato curioso, los huevos no fecundados por macho serán macho, de ahí que en la segunda generación de nuestro caso, los machos serán “B” o “C”. El ratio de Haldan y Fisher volvía a dar armonía a la teoría de la Selección Natural, sólo se cambió el enfoque de “lucha individual” a “lucha grupal”. Pero la historia volvería a girar unos años después: el ADN estaba por descubrirse. Asistiríamos a la era del gen.

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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