Opinión

It’s all about sex / Disenso

He hecho esta pregunta un gran número de veces a personas educadas, intelectuales, interesados en la ciencia, estudiantes e incluso a científicos. Que la abrumadora mayoría no haya sabido responderla es signo inequívoco del deficiente trabajo que se ha hecho difundiendo la teoría por selección natural: ¿Por qué los peces abisales no tienen ojos?

La respuesta más popular es, sin duda, “porque no los necesitan”. Cuando la complementan: “y evolucionaron así”. Pero ¿cómo carajos sabe la evolución hacia dónde ir? Entender la profundidad de esta idea es crucial, puesto que de no hacerlo seguimos en un planteamiento lamarckiano, que, como dijimos ya en alguna columna anterior, ha sido descartado. Es verdad, la intuición inicial es que el ojo no se usa, por tanto se atrofia, por tanto los hijos acentúan dicha atrofia hasta la pérdida -generaciones después-, pero dijimos también que los judíos son prueba de que los caracteres perdidos en vida no generan herencia, por ello la circuncisión sigue precisándose.

La respuesta es sutil y sorprendente: las especies presentan una taza de individuos sin ojos: hay algunos peces que no tienen ojos, lo que en un mundo privado de la luz no hace inicialmente ninguna ventaja para éstos; sin embargo, aquellos que sostienen estos órganos invertirán calorías que representarán una pérdida inevitable y que derivará en menos energía para la reproducción, esa pequeña ventaja se hará evidente a largo plazo: un kilo, una fracción de kilo haría una diferencia más clara en un maratón que en los cien metros planos.

Hasta hoy en día se reproduce la idea de que sobrevive el “más fuerte”, lo cual es una expresión absolutamente errónea: sólo sobrevivirá el más fuerte si la fuerza es la cualidad que, según el caso, represente una ventaja. Como todo se trata de sexo, lo que permita mayor posibilidad de reproducción, ya sea por supervivencia o por selección, será, finalmente, lo que permanezca.

El mítico ejemplo de las polillas aún guarda pertinencia: imaginemos una ciudad donde a ciertos árboles les crece un liquen blancuzco, pensemos también que en ese entorno habita una población de polillas que tiene una variación de color desde un gris casi blanco hasta un gris casi negro, imaginemos que aquellas más claras se posan en esos árboles, claramente se perderán más con el liquen que las de mayor pigmentación: esto dará una ventaja si en ese entorno coexisten aves que devoran polillas. Aquellas más evidentemente oscuras, que contrasten mayormente con el liquen, serán más fácilmente el menú de dichas aves. Mala suerte, señora polilla oscura. Supongamos ahora que aquella ciudad se llena, de buenas a primeras, de innumerables fábricas y muchos carros y el aire se comienza a llenar de partículas de carbón: los árboles se tiznan, se oscurecen. La población de polillas negras, mantenida hasta hace poco a raya, puede crecer y proliferar. Se ha consumado la revancha: mala suerte, señor polilla clara.

El ejemplo anterior puede repetirse con cualquier entorno y con cualquier rasgo: la tensión entre ambos generará cambios que mejorarán o empeorarán la capacidad de supervivencia y de ello se desprenderá, necesariamente, la mayor o menor posibilidad de procreación. Porque todo se trata del sexo, cualquier rasgo, por más extraño, inútil o irrelevante que parezca, puede convertirse en la diferencia para el encuentro de pareja o la supervivencia. Y al ser la procreación una actividad que produce variaciones infinitas, desde las más sutiles hasta las más extravagantes, cualquier rasgo está latente a ser seleccionado.

Ser peludo, o blanco, o no tener pigmentación en absoluto, o volar, ser bueno imitando, ser muy pesado o muy ligero, de un color específico o multicromático y en el terreno cultural (humano o no) aprender rápido o ser innovador, silencioso, rebelde o sumiso puede traer ventajas tarde o temprano, así es como los rasgos se fijan o se contraseleccionan: así es como la abrumadora variedad puebla este planeta, según nos explicó Darwin, no Freud, hace siglo y medio. Todo se trata de sexo.

 


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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