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Si toda comunidad está fundada sobre la violencia y la sangre, ¿es posible prever otro presente, otro futuro?

Entrevista a Luis Felipe Lomelí sobre Indio borrado

  • La intención era ilustrar una variación de la frase de Jorge Santayana: quien olvida su pasado, está condenado a que otros cabrones lo repitan a propósito

 

 

Monterrey es un mito construido a lo largo de todo el siglo XX, un mito construido a partir de su tradición de trabajo esforzado, de esa historia que nos cuenta que la lucha emprendida por unos cuantos hombres que lograron cambiaría el entorno, al vencer al desierto y a las adversidades que éste representaba. Monterrey es un mito construido sobre muchos muertos, nos dice el escritor Luis Felipe Lomelí en su novela Indio Borrado (Tusquets, 2014), en donde el protagonista nos recuerda que ese supuesto triunfo del espíritu emprendedor está sustentado en la actualidad en la explotación de miles de personas que no alcanzaron a acceder a las bondades que el “progreso” prometía.

Monterrey también ha sido escenario en los últimos años de una cruenta guerra entre cárteles del narcotráfico rivales que han sembrado a la ciudad de miedo y zozobra. Indio Borrado busca hablar de esa genealogía del dolor, del miedo, de la violencia a través del personaje de El Güero protagonista de la novela, un joven, adolescente, hijo de una familia disfuncional, como hay muchas en miles de colonias a lo largo de nuestro país y La Revo es una de ellas, en donde las pandillas se pelean palmo a palmo las empinadas calles que ocultan en su interior el germen del odio que los cárteles del narcotráfico aprovecharán para armar a sus ejércitos de jóvenes sicarios. El Güero, sin embargo, se debate entre sus deseos de ser alguien a través del trabajo o ser alguien a través de la violencia que permea su vida, que lo persigue a través de las calles de la colonia y que tiene el rostro de sus amigos de cuadra. A su corta edad tendrá que tomar una decisión que lo marcará de por vida.

Con su novela más reciente, el escritor Luis Felipe Lomelí (Etzatlán, 1975) nos traslada a un universo de violencia y de despojo en donde los sueños de superación personal, tan caros a la narrativa regiomontana, se han trasladado hacia la violencia, hacia la delincuencia como forma de superación e inclusión social, enfrentándonos con una realidad que ha excluido a millones de jóvenes, obligándolos a pelear por pequeños territorios, por calles polvosas en donde conviven la muerte, los cuentos antiguos y las armas automáticas. Y todo contado a una velocidad trepidante, que resume en pocas palabras la rapidez con la que viven y mueren los jóvenes protagonistas de Indio Borrado. Platicamos con el también autor de del libro de cuentos Todos los santos, con el que se hizo acreedor al Premio Nacional San Luís Potosí, y de la novela Cuaderno de flores:

“La idea del libro parte de la rabia. Y la rabia viene siempre, como yo la entiendo, cuando algo que amamos ha sido destruido o alterado de forma que ya no es como debería de ser. Monterrey dejó de ser lo que debía de ser, como muchas de nuestras ciudades en América y el resto del mundo. Y sufrió un cambio atroz que tardará más de una generación, si acaso, si le echamos todas las ganas, en revertirse. Esa fue la semilla de la novela, misma que podría haber ocurrido en Detroit, en Medellín o en París, pero escogí Monterrey porque es una ciudad que siento mucho más cercana y creo que uno debe de escribir desde lo que tiene más próximo al corazón”, explica Luis Felipe Lomelí.

Javier Moro Hernández (JMH): Una de las cosas que más llama la atención en la novela es el lenguaje, pues por un lado tiene hasta tintes poéticos y por otro retrata el habla urbana, callejera. Quería preguntarte sobre ese tema del lenguaje. ¿Qué decisiones tomaste para utilizarlo de esa manera?

Luis Felipe Lomelí (LFL): Desde niño, por influencia de mi madre, siempre me han fascinado los giros lingüísticos, pues son como las notas audibles de una sinfonía soterrada que muestra tanto los puntos de encuentro como las diferencias en la deriva histórica de las culturas (y hasta tienen su correlación con la genética, como ha mostrado Cavalli-Sforza). Así, cambiamos constantemente el lenguaje para dotarnos de mejores formas de nombrar el entorno, también dinámico y, por un lado, siempre son las personas que habitan un lugar y tiempo específico quienes crean las palabras y frases más cercanas a la cosa en sí. De modo que, por mera coherencia, luego de trabajar varios años durante los 90 en las barriadas de Monterrey, principalmente en la Revu, no podía sino usar -en la medida de mis imposibilidades- el lenguaje que había escuchado ahí mismo. Pero por otro lado también hay frases y palabras que una comunidad parece olvidar con el tiempo y, sin embargo, éstas tienen el poder heurístico y evocativo que parece preciso para describir una situación. El mejor ejemplo al respecto podría ser el que tiene que ver con los fenómenos trascendentales: el amor, la muerte, Dios, la genealogía, la naturaleza… Allí, independientemente del estrato social o la comunidad en que nos encontremos, siempre vamos a hallar las mismas (o similares) construcciones lingüísticas y palabras que se antojan eternas (tome usted cualquiera de los libros que han sido considerados sagrados por cualquier cultura y léalo en voz alta frente al espejo, la experiencia es casi aterradora). Así, conforme las acciones y sentimientos de la novela transcurrían de lo mundano a lo trascendente, lo mismo intenté hacer con el lenguaje.

JMH: El Güero es un personaje que está a caballo entre dos mundos, el onírico, con las voces que escucha, las luciérnagas, el pasado que le habla al oído, por decirlo de alguna manera, y el real, en donde la violencia está ahí como eje central: la violencia de su padre en contra de ellos, pero también la violencia de las calles. Un personaje bisagra, pero también un personaje que resume la esencia de unas clases sociales desprotegidas que viven al día, en medio de varias guerras.

LFL: Todos los seres humanos somos “personajes bisagra” en ese sentido: habitamos un instante. Y por eso estamos a caballo entre el pasado y el futuro, entre lo público y lo privado, lo individual y lo social, lo real y lo imaginario, etcétera. Esta condición puede llegar a soslayarse cuando el cúmulo de las características de nuestra vida diaria tienden al confort y la monotonía y, como en el caso de El Güero en la novela, a exacerbarse cuando estamos viviendo una situación límite y cada una de nuestras decisiones parece venir desde el principio de los tiempos y extenderse hasta después de nuestra muerte (defender a los seres queridos, ser diagnosticados con cáncer, etc…)

JMH: La violencia de la calle está a punto de recrudecerse y dar paso a mayores penalidades. Ese me parece uno de los asuntos más interesantes de la novela: la espera, la latencia de esa violencia que se va a desencadenar de una manera más brutal. Pero una vez más, es el trabajo con el lenguaje que realizas el que logra mantener esa tensión.

LFL: Esta violencia que ya está ahí, dura, descarnada, no se parece a la que el cuerpo colgado en el puente nos promete, esa violencia de la que seremos testigos. Sin embargo, esas violencias están íntimamente relacionadas y es algo que a raíz de lo que hemos visto en los últimos años se nos olvida.

JMH: ¿Crees que somos herederos de, entre otras muchas cosas, de una historia de profunda violencia?

LFL: Por supuesto, ambas violencias están relacionadas. Y era precisamente retratar la violencia que se nos olvida, la que no vemos, la intención en la novela, porque ésta es la raíz de la otra: las primeras en padecer esta violencia que se ha extendido por el país fueron las personas que vivían en esos barrios llamados “populares”, la gente que tenía su parcela en la sierra, etcétera, y la ha vivido de forma mucho más atroz que los que sólo la han presenciado en los medios o, al ir en el auto, de repente miraron a una persona ahorcada en el puente peatonal. Más aún, el asunto de la espera o la latencia, también tenía que ver con un apego a la verosimilitud. Una persona que nunca ha vivido una situación de guerra o de violencia generalizada tiende a creer, por lo general, que hay un estado de adrenalina constante, que todo el tiempo está sucediendo una acción. No obstante, eso no sucede así. Lo que sucede es la espera, es tratar de aprovechar la vida mientras se puede, es pensar y pensar qué vamos a hacer cuando llegue el momento que nos cambiará la vida para siempre (o que acabará con nuestra vida). Luis Mandoki retrató muy bien esta espera en su película Voces inocentes.

La herencia es una ilusión, un invento: basta con asistir a un par de velorios para darse cuenta. Lo curioso -o más bien, lo atroz- es que la idea de la historia que tenemos (moderna, científica y demás adjetivos estériles) sí es una historia de la violencia. Ni Marx ni Toynbee ni Fukuyama parecen haber encontrado algo más interesante que los chingadazos (con o sin ideología) para abordar el devenir humano. Eso me parece uno de los más grandes desatinos de la intelectualidad de los últimos doscientos años. Así, en el caso de la novela, es más bien una pregunta abierta, o varias: si toda comunidad está fundada sobre la violencia y la sangre, ¿es posible prever otro presente?, ¿otro futuro?, ¿es posible que sigamos pensando que eso es “más científico, intelectual e importante” que un primer beso?

JMH: Una de las cosas que me parece muy puntual es el peso de la tradición oral que permea la novela, las leyendas, los mitos que terminan construyendo la idea que los personajes tienen del mundo, y de cómo funciona (Nosotros somos…). El peso de la palabra me parece muy importante en la novela ¿Quería que nos platicaras un poco sobre esa importancia?

LFL: Por un lado, si bien los próceres-fantasmas que le hablan a El Güero fueron tomados directamente de la historia norestense, después quité los nombres propios y reduje su aportación a lo que fuera esencial y reproducible en cualquier otra ciudad del mundo (según yo): toda ciudad con su fundador, su guerrero, su industria, su risa… toda ciudad con su pasado mitológico que se pierde en el tiempo y que, no obstante, aunque no lo conozcamos con certeza, nos habita (en Monterrey, por ejemplo, pocos aficionados al equipo de futbol los “Rayados” saben que el nombre proviene de quienes habitaban la comarca, los rayados o borrados, y sin embargo ¡son orgullosamente rayados!). Y, por otro lado, la intención era ilustrar una variación mía de la frase de Jorge Santayana: quien olvida su pasado, está condenado a que otros cabrones lo repitan a propósito.

JMH: En ese mismo sentido también me parece esencial la brevedad y la forma en que se presentan los capítulos. La acción es intensa, sin embargo, todo discurre a partir del lenguaje y su conformación. En ese sentido quería que nos platicaras un poco sobre cómo trabajaste la estructura de la novela, que es otro asunto que me parece esencial.

LFL: Escribí a mano. Disponía sólo de una hora y media para escribir cada día entre una clase y otra. Y tenía una serie de esquemas sobre lo que tenía que pasar (más o menos) en la trama general y en cada capítulo. De modo que en parte la brevedad se habrá debido a eso y, en parte, a lo que comentaba ya: al afán de escribir sólo lo que me parecía estrictamente necesario (alejándome de esa tradición que dice, y no comparto, que en una novela se puede divagar y poner “paja”). La estructura temporal, por ponerle algún adjetivo, sí sigue una secuencia más o menos matemática en los saltos de tiempo e intervenciones fantasmagóricas pues siempre he creído que, aunque digamos que “somos malísimos para las matemáticas”, una estructura así facilita la lectura. El cerebro, aunque no nos demos cuenta, la reconoce y es capaz de seguirla sin complicaciones. Lo mismo, o similar, con el cambio de personas gramaticales: hay unas que son más poderosas que otras para provocar ciertos estados de ánimo.


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Javier Moro Hernández

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