Opinión

Cumplir con nuestra parte / Disenso

Tengo mis dudas sobre la democracia. Las personas por las que siento mayor afinidad intelectual las conocen. No soy, pues, un demócrata convencido. Sin embargo me considero un demócrata comprometido. Tengo mis reservas también para algunas leyes, pero mientras éstas no se cambien intento guardar a cabalidad hasta la más mínima. No entiendan esta declaración con soberbia alguna. Estoy profundamente cierto de que ésa es mi obligación como ciudadano.

Mañana habrá elecciones en el país. Concretamente, en Aguascalientes nos tocará elegir a nuestros representantes como diputados federales. Nunca me ha convencido el argumento de que hay que votar porque si no tú no decidiste, no hay derecho al reclamo -de cuánta poesía nos perderíamos si con esa base prohibiéramos que los poetas se quejaran de la vida-. Tampoco me conmueve la sensiblería de la “fiesta de la democracia” o de la “obligación ciudadana”, por un lado porque con la situación actual del país no sería ya hipócrita sino inocente intentar siquiera ocultar mínimamente el descontento ciudadano con la clase política y un despropósito tener ánimo festivo, por otro, porque yo mismo conozco ciudadanos ejemplares que deciden anular o sencillamente no ir a votar. Pero, con todo y mis dudas, soy un demócrata comprometido. Porque la democracia permite también que los que no votan tengan voz. Pero justamente esa dinámica se fortalece o disminuye por la acción de los que votan. Porque ¿qué le vamos a hacer?, así es la democracia.

Veamos los ejemplos virtuosos: los países que admiramos han crecido con la democracia. Y la democracia creció con el ejercicio ciudadano democrático. Por más que nos guste pensar en las acciones contundentes o a veces radicales, por más que algunos fantaseen con las revoluciones, no tenemos más que ver la historia y quedar ciertos de que no fue la batalla, sino la reconstrucción en democracia lo que permitió las condiciones que anhelamos. Cimbrar la democracia siempre será mejor desde la democracia misma.

Hay tres formas de resolver un conflicto de creencias, de llegar a una solución cuando no estamos de acuerdo en algo, a saber: esperar a que un tercero resuelva la situación -que siempre lleva una cuota de resignación-, solucionarla a través de la imposición de una de las partes -que siempre implica una forma de violencia-, o solucionarla con diálogo -la forma más armónica y económica-. Podemos no estar de acuerdo con los partidos políticos, pero la forma más contundente de dialogar con ellos es en las urnas. Sé que entrados en la metáfora muchos podrán decir que no les interesa dialogar. Lo que hay que aceptar es que nos sumemos o no al diálogo; el interlocutor, odiado o no, seguirá ahí. Abstenerse o anular el voto es fomentar que el campo de representatividad se reduzca, darle una voz que puede decidir sobre nuestra forma de configurarnos como sociedad a quien otros eligieron. Y mientras seamos sujetos de esa sociedad, nos sentiremos, como ha sido, alienados, extraños, incómodos.

Y bien, aunque creo que todo mundo tiene derecho a hacer lo que quiera, me siento obligado a mostrar mi sorpresa ante los que hablan de la anulación como si fuera un acto radical en México: no sería nada nuevo que el índice de votación sea bajo. Tal vez debamos intentar, para variar, una participación ciudadana histórica. Dada la situación del país, ser ciudadanos comprometidos, críticos, pero también activos en la democracia puede ser una forma de ser contestatario: “aquí estamos, señores representantes, nosotros los pusimos, nosotros les exigimos”.

No creo que votar o no votar nos haga mejores ciudadanos. Pero evidentemente sólo podemos aspirar a ser verdaderos demócratas entrando en el juego de la democracia. ¿Y por qué querríamos ser demócratas? Bueno, podemos intentar hacernos los interesantes -como yo con mis amigos más cercanos- y ser revolucionarios en nuestras propuestas, pero hay que aceptar que, por siglos y siglos, no sin razón, la democracia se ha fortalecido. Hemos intentado en pasados remotos o recientes otras formas de organización social, pero la prueba la ha sobrevivido siempre con mejores réditos la democracia. Las instituciones que se fortalecen con el paso de los años, sin duda lo hacen porque -y lo digo como buen darwinista que soy- se seleccionan a favor. Otras instituciones sólidas como la familia o la academia han crecido con el mismo principio, y las correcciones que les hemos hecho parten, justamente, de la posibilidad de la democracia.

Vayamos a votar. Demostremos que no es por nuestra apatía o desinterés que tenemos el país que tenemos. Alguna propuesta será mejor que la otra, alguna opción habrá probado por experiencia o frescura ser algo más deseable que las demás. Cumplamos con nuestra parte como demócratas y luego exijamos, sin tregua, que nuestros elegidos cumplan con la suya.

 


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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