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Esfera Pública: Voto blanco / Vot nulo

Voto blanco para fortalecer nuestra democracia

Gilberto Carlos Ornelas

 

Muchos son los temas de obligado análisis a raíz del proceso electoral del pasado domingo siete. Los partidos y candidatos, ganadores y perdedores, harán su recuento de saldos y daños. Sin embargo, desde el punto de vista del interés general se hace necesario para los ciudadanos puntualizar la existencia de varios hoyos en nuestro sistema electoral, preocupantes porque sus repercusiones ya son determinantes y en el futuro bien podrán ser la causa de nuevas crisis y turbulencias. Ahí está el tema de la precaria mayoría que la coalición gobernante logró con los votos de la transgresión y marrullería impunes del presunto partido verde; también está el tema de la urgente necesidad de reducir el costo de campañas, terminar con la espotización y obligar al debate propositivo; igual se debe valorar la oxigenante experiencia que obliga a garantizar en adelante la transparencia de los candidatos, y por supuesto, más allá de justificaciones y simulaciones de las cúpulas partidistas, habrá que analizar el comienzo de la nueva correlación de fuerzas cuyo desenlace llegará dentro de tres años. El espacio que generosamente nos concede La Jornada Aguascalientes será un buen lugar para reflexionar y debatir puntualmente cada asunto de los que están, como bien se denomina esta sección, en la “Esfera Pública”. Propongo comenzar por la necesidad que quedó manifiesta en el sentido de fortalecer nuestra aún débil democracia, legislando y legitimando el voto por nadie, el voto blanco.

En lo personal, soy un convencido de la importancia del voto a favor de las mejores opciones políticas a nuestro alcance, bien para apoyar a un posible ganador o bien para apoyar una causa programática o ideológica. Sin embargo, en el uso y disfrute de nuestras libertades políticas, el ciudadano no solamente debiera poder votar o abstenerse, sino incluso también expresar su rechazo a las opciones que se le presentan, tal y como lo propusieron y promovieron varios ciudadanos de renombre en el pasado proceso electoral. Los argumentos en contra de esa propuesta son ciertos y válidos, sin embargo insuficientes. Que nuestra legislación constitucional establece el voto como derecho y obligación, cierto, pero también en nuestro sistema legal ningún ciudadano puede ni debe ser obligado a apoyar candidatos en contra de su voluntad; más aún y al contrario, nuestra legislación ordena castigar la coacción y, de esa manera, la disyuntiva del ciudadano inconforme es abstenerse o votar por ninguno que en nuestra actual boleta sólo se puede expresar anulando. El otro argumento es más político: la abstención, y más directamente el “voto anulado”, favorece en los cómputos finales a elevar el peso de las votaciones partidistas principalmente grandes, aunque también pequeñas, aumentándoles su representación electoral efectiva en términos de porcentaje, curules y hasta de registro legal como lo estamos viendo en la actual coyuntura. Esto es absolutamente verdadero y en algunos aspectos hasta lamentable y paradójico: ciudadanos que se abstienen o anulan su voto como forma de protesta y ese acto de rebeldía termina beneficiando a quienes quisiera quitarles poder y representación. Paradoja perversa. Sin embargo, a estas alturas de nuestra joven democracia ya ha quedado claro que en un proceso electoral todo acto genera consecuencias; no hay acto ciudadano aséptico: opinar, votar, no votar, anular, ofrecer o aceptar cohecho, participar activamente en campañas o en el servicio electoral, etc., el acto ciudadano en política, por más pequeño que sea, impacta el resultado en mayor o menor medida. La tragedia consiste en que el protagonista de la democracia, el ciudadano, pretendiendo empujar a favor de una causa, termine favoreciendo la contraria, lo cual nos remite a la cada vez más imperiosa necesidad cívica que la población profundice en la información y conocimiento de la toma de decisiones de su comunidad, para que su participación por acción u omisión sea informada y consciente del resultado que obtendrá.

Pero es obvio que los promotores del movimiento “anulista” estaban plenamente conscientes de su arriesgada propuesta: anulación masiva del voto para obligar a los poderes del Estado a una transformación profunda o enfrentar una crisis de gobernabilidad y legitimidad -que no de legalidad. La feroz crítica de los voceros de los partidos que se consideraba, serían mayormente perjudicados, tuvo razón: el “no voto” y el “voto nulo” no pondría en jaque a la partidocracia y en cambio sí ayudaría a la coalición gobernante. De cualquier manera, estaban en su derecho de protestar y promover su protesta de esa manera, lo deseable al menos sería que cada ciudadano que optara por esa manifestación estuviera informado de la consecuencia y riesgo de su decisión, que al fin de cuentas sería, como fue, parte de nuestra democracia.

Al parecer el debate del tema sirvió de estímulo e incluso el umbral de votación fue mayor al esperado con un porcentaje de anulación dentro de los parámetros “normales”, salvo en algunas regiones, distritos y estados cuyos dirigentes políticos sí recibieron esa inconfundible muestra de impotencia, rabia y hartazgo, que no displicencia.

Sin embargo, la propuesta del “movimiento anulista”, aunque en esta ocasión haya quedado como imagen de ingenua pero justa indignación, ha puesto en evidencia que a nuestra democracia le hace falta legitimar esa posibilidad de expresión ciudadana. Al fin de cuentas, si el ciudadano opina que ninguna de las opciones partidistas o de candidatos merece su voto, el ciudadano debiera poder votar en blanco, en un recuadro que dijera “Ninguno” o “Voto blanco”, de tal manera que el porcentaje que resultase fuera totalmente vinculatorio y pudiera llevar a nueva elección con nuevos candidatos y redujera la representación proporcional de todos los partidos así como su financiamiento. Seguramente habrá que estudiar la experiencia del voto blanco en países como Colombia, Chile y España, pero tal parece que ha llegado el momento en que el ciudadano mexicano ya pueda legitimar su voto de castigo frente a las maquinarias partidistas que se han burocratizado y distanciado de su papel originario de representación ciudadana. Eso elevará la calidad de nuestra democracia y sus instituciones.

@gilbertocarloso

 

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Razones del voto nulo y los candidatos independientes

Fernando Aguilera Lesprón

 

Como Gilberto Carlos Ornelas en la “Esfera Pública” de esta semana explica las consecuencias prácticas del voto nulo será algo en lo que no abundaré más para pasar a la parte de la esencia que se encuentra en la acción de un gran segmento de votantes de anular su voto.

El origen es evidente, el hartazgo de la ciudadanía hacia la forma de producir política por parte de los partidos políticos, no sólo del PRI o del PAN, sino de todos aquellos que logran ganar una elección, pues al final hacen lo mismo, desde autosubirse el sueldo, obtener moches por la gestión de recursos, otorgar contratos a familiares y amigos por medio de “licitaciones públicas”, el olvido de los más vulnerables, entre otras conductas reprobables.

Pero el empacho del ciudadano no viene de saber cómo es su clase política, viene de la falta de oportunidades para desarrollarse en un ambiente digno y sin carencias, de la falta de espacios para expresarse, de recibir promesas y no propuestas, del olvido de quienes fueron a pedirle su voto con la confianza de que le representaría dignamente pero que al estar en la abundancia que significa ser político en México sólo sirva a pequeños grupos que cada día tienen más.

Está cansado de los linajes políticos que disfrazan de democracia su forma de perpetuarse en el poder político y social mediante un inservible sistema de partidos. Cansado de “mirreyes” que creen ser aptos para dirigir una nación, un estado, un municipio o un partido político por el simple hecho de llevar un apellido. Cansado de que el que tiene mucho cada vez tenga más y de que su salario cada vez le alcance para menos.

Tan ansiada es una mejora en su calidad de vida que lo expresa anulando su voto, por no poder hacerlo en la manifestación pública de tomar las calles y los edificios de gobierno, ya sea por miedo a la represión del Estado o porque se beneficia del gobierno. Hay que decir que quien tiene conciencia de la situación está preocupado y ocupado en el existir del día a día.

Por eso no es de extrañar el voto nulo o el apoyo a candidatos independientes en esa búsqueda de colocar al menos “peor” para ver si nos va menos mal.

Sería bueno conocer la situación personal, económica y social de quienes votan aún por los partidos políticos tradicionales, que lejos de generar ciudadanía, como es su razón de ser, generan estructuras de gente que se alquila por unos cuantos pesos o despensas; que son mercenarios del hambre y la ignorancia y que a la pobreza de millones le llaman “cultura del esfuerzo”, referenciado a un líder caído por la propia inseguridad y corrupción que se vive en el país desde hace décadas y que no ha podido erradicar ninguno de los partidos políticos que han sido gobierno.

Funcionarios y servidores públicos que no transparentan su patrimonio por miedo a ser víctimas de la inseguridad y la violencia que ellos mismos no han podido detener pero que cada campaña política juran que erradicaran.

Es necesario que se hagan las cosas diferentes, desde hacer campañas con la prohibición  de la entrega de cualquier tipo de dádivas y forzar la generación propuestas y el debate de cómo se harán las cosas de conseguir la confianza del ciudadano. De hacer gobierno de manera honesta, justa y universal para que se generen las mismas oportunidades para todos y que los jóvenes se sientan seguros y orgullosos de ser mexicanos y que a la vuelta de los años sean viejos y terminen sus días como se merece quien trabajó tantos años.

 

@aguileralespron

 


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