Esfera Pública

Esfera Pública: Periodismo

Entre libertad e impunidad

Por Francisco Aguirre

¿Libertades para qué?, dirían los políticos elocuentes para salir de casi cualquier encrucijada que les pueda poner la prensa y la agenda social. ¿Para qué?, resulta siempre del ejercicio filosófico del profesor universitario facilón. Y aunque así fuera, lo único que podría ser cierto es que más libertades para más libertades derivan de una ruta correcta. Eso comprendo.

Anteponiendo el ya discutido y viejo debate sobre si la autocensura es libertad, no negaría la creciente ola de nuevos “medios” de comunicación como algo positivo y como algo íntimamente ligado a la libertad, nuevas plataformas para presentar información, discusión e ideas, más plumas brillantes que desde una generación estudiosa y procreativa se dedica a construir reflexiones consecutivas en pocas palabras hasta ser fuente informativa; sin embargo, esa no negación no limitaría lo evidente, como ya bien acota Gilberto, de las muertes, las desapariciones y el encarcelamiento de periodistas. Tampoco llamaría libertad a que una persona de pie y ritmo común pueda soñar un día con emprender una empresa radiofónica en su ciudad y no pueda lograrlo sin intimaciones políticas partidistas, como usualmente resulta.

Censura e impunidad son hermanas muy cercanas. El crimen exorbitado pone en riesgo no sólo los derechos fundamentales de cualquier sociedad democrática, sino también el derecho a la información. Y es que las instituciones públicas que se han construido a lo largo del siglo pasado y de éste deberían ser las principales encargadas en proteger esta libertad, civil y política. Es un contrasentido legislar y anunciar con fuegos artificiales la llegada de la “era de la información” y transparencia mexicana, como si Manuel Castells o Dominique Wolton dejaran de ser contemporáneos, para luego ignorar la fragilidad de la libertad de prensa en el país. Muchos políticos y gobernantes piensan, en este clima de inseguridad, que justificar la opacidad es lo adecuado, desmotivando a medios libres, independientes, fuera de la concentración y mainstream mediático.

Hace unos días alguien me preguntaba que si de haber sido el primero en tener la reciente grabación expuesta de Lorenzo Córdova la hubiera publicado, le contesté que no. Y es un debate, tal vez también viejo, sobre cuál derecho se antepone primero, el de la información o el de la privacidad. Sin embargo, no es extraño que la vida privada de los personajes públicos tienda a estar en la cuerda floja, pendiendo de ella sobre su libertad en general. Así, inquieto a nivel de peligro, el juego entre derechos y libertades. Y es que regresando al tema de impunidad, el delito de intervenciones de comunicaciones privadas se puede castigar con hasta 12 años de prisión y parece que a nadie le merece atención.

Imaginemos este asunto, el de Lorenzo, para ejemplificar la libertad de prensa en nuestro país. Un personaje importante de coyuntura, líder moral de la imparcialidad electoral del momento, la representación de una “trayectoria académica impecable”. Un medio con reputación, trayectoria de “buena empresa”, con buen tamaño de audiencia, recibe la grabación, con la libertad de no revelar y proteger a su fuente se atiende a ello, seguramente consensuado de forma interna decide su publicación, y a partir de ahí, el repique de campanas, medios, instrumentos digitales, etcétera… Opiniones por aquí, por allá, serias, mames, memes, etcétera…

Coincido con Rafael Vega y compañía, para el medio que publicó le generó tráfico a su sitio, probablemente eso se traduciría en impactos publicitarios positivos y si consideró todas las aristas seguramente también concluyó con un, “qué va, para adelante, hay que publicar, es más, debemos publicar, al cabo, ¿cuándo se ha visto que se sancione este tipo de prácticas?”. Y ahí es donde este personaje que me preguntaba no me creía, y es que -le dije-, si escucharan mis pláticas y fuera yo alguien interesante de espiar, seguramente escucharían cosas peores, le dije, así somos con los amigos, tenemos “derecho a bromear”.

Porque al final, el juego mediático de quien fuera o fuese responsable de esa intervención, claramente ilegal, cumple con su cometido. La incapacidad del Estado se evidencia, claro, con la ingenuidad de eludir sospecha. Y si sólo repasáramos, desde el 2000, con las grabaciones de Vicente Fox y Martha Sahagún, han pasado más de 13 casos de este tipo, en donde las investigaciones se han cerrado sin resultados. Para recordar algunas están las de Elba Esther Gordillo en julio de 2006 y noviembre del 2011, las de Mario Marín y Emilio Gamboa en 2006. Las de Ulises Ruiz en 2012, Gabino Cué en 2010 y otras diferentes a esas 13, que siguen en investigación, como las de Josefina Vázquez Mota en 2012, Héctor Vielma en Jalisco en 2012 o Ernesto Cordero hace un año. ¿Eso en verdad es libertad de prensa?

¿Cuántas personas han sido castigadas por esos delitos que se prevén en el artículo 177 del Código Penal Federal? Según el INEGI, estadísticas judiciales en materia penal, del 2009 al 2012 hubo sólo 16 sentenciados del fuero federal y ocho del fuero común por afectación de las comunicaciones privadas y revelación de las mismas. Entonces, no sólo está pésimo y fastidia que haya periodistas encarcelados, asesinados o desaparecidos, sino que podemos, periodistas o no, decir lo que sea sin consecuencia, o ¿cómo funciona?, ¿o acaso el medio que publicó dicha conversación no podría considerarse cómplice de un delito?, libertad desde la ilegalidad tampoco es una buena ruta. Ya parece que lo más exótico en el país es aplicar y cumplir la ley. Encubrirse en el manto del falso liberalismo de la libertad de expresión y por ende ser redentores de la sociedad también diezma la calidad democrática.

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Libertad de prensa, necesario un nuevo periodismo

Por Gilberto Carlos Ornelas

El régimen de partido de Estado colocaba a la Libertad de Prensa en un pedestal para que fuera venerada como parte de las “conquistas” de la Revolución y hasta creó una efeméride para el culto oficial los días 7 de junio. En esa segunda mitad del siglo XX, el ejercicio de ese derecho dentro de los “cauces” institucionales no implicaba ningún riesgo, salvo la adicción a la genuflexión servil. El peligro existía cuando se traspasaba la delgada línea de la tolerancia, tal como sucedió con Manuel Buendía Tellezgirón, asesinado el 30 de mayo de 1984 por órdenes, según la verdad jurídica, del jefe de la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad, como si ese sujeto se mandara solo.

La prolongada transición mexicana ha traído profundos reacomodos políticos, la sociedad civil y los ciudadanos han empujado a lograr más derechos y libertades. Sin embargo un estudio de la agencia Parametría en mayo de 2015, afirma que sólo el 34% de los mexicanos cree que existe libertad de prensa, mientras tanto la organización internacional Reporteros Sin Fronteras, en su informe mundial 2015, asegura que México es uno de los países donde los periodistas corren mayor peligro y señala la cifra de 26 periodistas muertos y 155 encarcelados en este año, y por su parte, la organización civil Freedom House, en su más reciente informe clasifica a México como un país “no libre”, como Corea del Norte, China y  Rusia.

Del autoritarismo del gobierno omnipotente del partido de estado que dictaba lo que debía ser o no ser publicado, pasamos a otra realidad donde operan múltiples fuerzas que pugnan por todos los medios para influir en la información que se divulga y en la formación de la llamada opinión pública.  Los gobiernos en sus distintos niveles siguen siendo la influencia de mayor peso para mediatizar e incluso controlar los principales instrumentos de información; ya no tienen el monopolio del papel, tampoco tienen ya la discrecionalidad para dar y quitar concesiones del espacio electromagnético, pero son los principales compradores de publicidad que en mucho determinan cuáles medios de información sobreviven, además cuentan y usan aún el poder de la persecución y hasta la acción penal. Pero ya no son los únicos; los grupos de poder económico y político -legal o no- también necesitan cobertura o silencio informativo y sus métodos de mediatización abarcan desde las amenazas, intimidación, cooptación, coerción, cohecho y hasta el asesinato.

La tragedia se agrava aún más porque todo esto se desenvuelve en la terrible impunidad que nos agobia; nadie castiga al que corrompe, intimida o amenaza a medios de información, periodistas o reporteros y raros son los asesinatos de periodistas que se resuelven. Es una tormenta perfecta para la libertad de prensa: país en crisis con disputa política y económica, actividad delictiva en proceso de metástasis social, impunidad generalizada y algunos gobiernos que pretenden recuperar el viejo papel de rectores autoritarios de la información.

Estamos ante la precariedad de nuestro Estado de Derecho y ante la incapacidad de gobiernos que, al igual que otros derechos esenciales, no pueden garantizar la libertad de expresión y prensa, incluso porque las mismas autoridades son cuestionadas por la persecución autoritaria a los periodistas críticos e incómodos. Nadie duda ya de la fusión entre políticos y crimen organizado que han denunciado periodistas y organizaciones en varias regiones del país. Ya es tal la gravedad e intensidad de las denuncias en el país y en el extranjero que debiera obligar prioritariamente en el corto plazo a la formulación de una nueva política de Estado para la libertad de expresión y prensa a partir de la nueva correlación que surja de los próximos comicios.

Para una sociedad que aspira a la democracia, también es grave que esa realidad sirva para que algunos medios y profesionales de la información justifiquen el tímido ejercicio de un periodismo conformista a partir de la autocensura o, en el extremo contrario, un periodismo a la carta, morboso, sensacionalista y perverso. Pareciera que ésas son las opciones que nos da la coyuntura: conformismo o venalismo. Sin embargo no es cierto; al final del día las libertades se abren paso. No se trata de buscar mártires que enfrenten al poder hasta la muerte como Buendía, el Gato Félix Miranda y muchos otros, o que sufran la persecución autoritaria como Gutiérrez Vivó, Ferriz de Con y Carmen Aristegui, tampoco la reencarnación, aunque sería deseable seguir su ejemplo, del periodismo valiente y poderoso de Julio Scherer, menos aún que se multipliquen los buscadores del punto medio que informan con la “prudencia” por delante, evitando los asuntos espinosos y procurando no buscar en donde “no se debe”.

El proceso novedoso que hay que saludar es que el ejercicio de la libertad de prensa y expresión pasa cada día más al campo de la diversidad ciudadana de tal manera que en los últimos años ha sido una nueva y poderosa influencia que se viene reflejando en una mayor búsqueda de la independencia y pluralidad en los medios formales o informales de la prensa escrita, digital y electrónica.

Por eso se requiere de profesionales que entiendan los nuevos tiempos; los ciudadanos que se informan ya condenaron a los divulgadores de consignas oficialistas, miran con desconfianza a los practicantes de la autocensura y la prudencia convenenciera, desprecian el periodismo “a la carta” y aunque se lee y escucha el periodismo del morbo, se entiende que es tóxico y contaminante. Nuestra comunidad espera que avance y se desarrolle el nuevo periodismo, independiente, inteligente, equilibrado y comprometido con la búsqueda de la veracidad para socializarla, de tal manera que con mayor información, los individuos y la comunidad tomen mejores decisiones y construyan una mejor democracia.

El nuevo periodismo aún no está generalizado, pero ya está presente y actuante; fomenta el debate, la reflexión y no se queda en la superficie de la información, se ha aliado a las tecnologías de la información que multiplican las voces más variadas para alimentar los criterios sociales. Bienvenido sea el viento fresco del nuevo periodismo, que los cálculos de los intereses y la rentabilidad económica y política no lo empantanen; si se reclama con justa razón que la política se oriente con la noción de la ética pública, el reto democrático es un periodismo guiado por uno de los intereses superiores de la sociedad como lo es el estar debidamente informado.


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La Jornada Aguascalientes

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