Opinión

La escalada de la indignación / Disenso

Sé, racionalmente, que mi madre no es superior ontológicamente a ninguna madre del mundo. Creo firmemente en que debe tener los mismos derechos que cualquier otra mujer. Sin embargo mi amor por ella y el sitio que ocupa en mi lista de prioridades es destacado. Igual con mi esposa, mi familia nuclear y extendida y mis amigos. Procuro darles tiempo, atención y ayuda que no puedo, por muchos motivos, darle a desconocidos que sin duda valen lo mismo como seres humanos. Esto es un mecanismo biológico que nos ha hecho sobrevivir como especie: hacemos empatía con quienes son más cercanos a nosotros, porque tener una sensación de pertenencia nos fortaleció históricamente en momentos de condiciones ecológicas terribles. Las especies sociales hemos encontrado nuestra solidez en el cuidado de nuestra pareja y familiares y en la realidad social de los que conforman nuestro círculo. Por supuesto que estoy consciente de sus fallas como ellos de las mías. Aun así, mi atención, mis preocupaciones centrales y mi energía están enfocadas primordialmente en ellos.

Este fenómeno se repite también en otros ejercicios gremiales: por ello sentimos especial cercanía cuando nos encontramos a un paisano en el extranjero, o defendemos en abstracto nuestra carrera universitaria y hasta abrazamos en insospechado festejo a un completo desconocido que porta la camiseta del mismo club de fútbol que llevamos; una hermandad instantánea.

Esto, que es una obviedad a poco que se vea, tiene hoy anomalías dignas de mirarse y analizarse, fenómeno al que yo de ninguna manera puedo dar respuesta pero que vale la pena, creo, cuestionar: lo que parece una mayor empatía con ciertos animales no humanos antes que con nuestra propia especie.

Hace unos años, en la Universidad Autónoma de Aguascalientes un vigilante pateó a un perrito para echarlo del campus. Tras la indignación fue expulsado de la Universidad. Sin lugar a dudas su comportamiento es reprochable y merecía sanción y educación para reaccionar distinto ante una eventualidad del tipo, pero la presión social devino en el despido. Hace unos meses acá en Aguascalientes una camioneta se volteó porque la mujer al volante llevaba un perrito en su regazo. Los diarios reportaron así el incidente. La mayoría de los comentarios reclamaban el cabeceo de la nota, diciendo que el pobre perrito no tenía la culpa, que no se le buscara involucrar en el lamentable accidente. Otros tantos, muchos, preguntaban por la salud del perrito y lamentaban que la nota no aclarara el asunto. Hace unos meses un perro atacó y mordió a un niño en la ciudad, otra vez, las voces se indignaron de que las notas periodísticas pusieran al perro como victimario temiendo que eso deviniera en su sacrificio. Toreros corneados, domadores devorados por tigres, provocaron la burla abyecta en pro de la defensa de los animales no humanos. Hace apenas dos semanas yo mismo reportaba, aquí en su periódico La Jornada Aguascalientes, el enardecimiento colectivo contra una insensata mujer que quemó a un gatito, por la que se pedía la cabeza. Todos los casos mencionados contravienen la premisa con que inicio esta columna: por alguna razón extraña, nos sentimos tan ajenos a nuestra propia especie -o a ciertos miembros de ella- que hay un momento en que pasa a segundo o tercer sitio en nuestra escala de valores afectivos, en relación a otras especies. Sospecho que debe ser un fenómeno único en el reino animal.

Podría pensarse, por supuesto, que hay justificación para la aberración a los miembros de nuestra especie, pero en los variopintos casos citados en el párrafo anterior no todos tenían que ver con maltrato de humanos hacia animales no humanos, y sin embargo sucedió lo mismo. Personas preguntando por la salud del perro antes que por la de las demás personas. Más preocupados por el destino del perro que por el del niño mordido. Algo está pasando y ese algo está creciendo. Repruebo absolutamente lo que hicieron los subnormales de la tienda de mascotas, pero incluso celebrar el supuesto linchamiento o suicidio de uno de ellos en desquite me parece excesivo. Y en este caso, no encuentro explicación ni biológica ni racional. Las mascotas sin duda sufrieron, pero desearle incluso cosas peores a un ser humano que además tiene memoria, contactos, trabajo, me parece un fenómeno digno de analizar. El odio es un monstruo que se alimenta sin parar. Algo terrible sucederá si no hacemos algo por poner límites jurídicos y racionales para los agresores, pero también si no ponemos límites a nuestra creciente indignación.

Facebook.com/alexvazquezzuniga

P.D. Digno de análisis el furor que la resolución del matrimonio igualitario en los Estados Unidos causó en nuestro país (oleada de fotos multicolores en Facebook incluida), y lo desapercibida que pasó la resolución similar en nuestro país hace dos semanas. ¿Veremos con tanta sospecha la legislación nacional que no nos damos permiso de celebrar sus avances?


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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

1 Comment

  1. Arturo
    29/06/2015 at 13:00 — Responder

    Hay un estudio reciente que explica por qué sentimos más ampatia por perros o gatos que por humanos. No tiene nada que ver con la pertenencia, sino con la indefensión. También es parte del proceso evolutivo sentir mayor compasión por quién consideramos más frágil.

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