Opinión

Villamil y las fallas del Copetesaurio / Sin Maniqueísmos

El 23 de septiembre de 2014, Enrique Peña Nieto escaló una nueva cumbre. Durante casi 22 meses de gobierno, el presidente había logrado promulgar una serie de reformas prometidas, incluso abarcando los espinosos temas de las telecomunicaciones y el petróleo. Había sido perfilado en la portada de la revista Time, con el titular halagador Saving Mexico. Y en este día fue honrado en Nueva York, en la presencia de Henry Kissinger y otros famosos, con el premio Estadista Mundial del Año por parte de una fundación filantrópica.

Menos de una semana después estalló la bomba noticiera de Ayotzinapa. El secuestro y probable matanza de 43 estudiantes normalistas por fuerzas policiacas, en complot con el crimen organizado, más la torpe reacción del Gobierno Federal al incidente, inició una serie de desastres políticos de alto perfil, muy dañosos a un presidente y su círculo íntimo para quienes las cuestiones de imagen siempre han sido de altísima importancia. Todos conocemos las palabras claves de lista: el Tren México-Querétaro, la Casa Blanca, #YaMeCansé, la Casa de Videgaray, la Casa de Ixtapan, la despedida de Aristegui, etcétera.

El valor de un libro como La caída del telepresidente (Grijalbo), del prolífico reportero Jenaro Villamil, es dual: nos refresca la memoria de unos hitos en la vida de la nación, algunos de ellos ya semiborrados debido a su frenética frecuencia, y nos indica los hilos conductores que ayudan a explicar la actuación de un gobierno. Así, nos da la oportunidad de evaluar una presidencia que se acerque a su punto medio. No es el primero en hacerlo; ya contamos con El regreso autoritario del PRI, del colega de Villamil en Proceso, Arturo Rodríguez García.

El veredicto se da en las palabras sucintas de Elena Poniatowska, autora del prólogo del libro: A EPN el cargo le ha quedado grande. Villamil muestra un hombre preocupado por su imagen modernizadora, e irónicamente -cuando esta imagen sufre ataques- cada vez más apto a revelar sus instintos políticos autoritarios. Éstos se notan en su tendencia a descalificar a sus críticos y su llamado “afán orquestado por desestabilizar y por oponerse al proyecto de nación”; en el aparente empleo por parte de sus fuerzas policiacas de agentes provocadores, típicamente encapuchados, cuyos actos violentos intentan desacreditar a manifestantes; y en el uso, de nuevo encubierto o llevado a cabo por terceros, de la censura, como hemos notado en esta columna.

Se notan también en la admiración de Peña Nieto, desde joven, hacia dos mexicanos autócratas, Porfirio Díaz y Álvaro Obregón, y hacia el gran propagandista de su propia imagen, Napoléon Bonaparte. Leyendo el primer capítulo, que ofrece un ameno resumen de estas tendencias, llegué a pensar que se puede unir las dos facetas sobresalientes del presidente en un apodo distintivo: el Copetesaurio. (Luego, al googlearlo, vi que este término circuló brevemente hace tres años. Dadas las evidencias acumuladas desde ese entonces, valdría resucitarlo.)

Villamil arma críticas al manejo político de cuatro temas: la Reforma Energética, la Ley de Telecomunicaciones, Ayotzinapa y la Casa Blanca. La primera es la que menos convence. Empieza con los esfuerzos del senador norteamericano Richard Lugar de solicitar una apertura petrolera en México como si fuera un complot, pero hacer tales presiones -abrir mercados extranjeros para el beneficio de empresas domésticas- es lo que los políticos deben hacer, igual los mexicanos. Es más, el ejemplo de Petrobras muestra que mientras una apertura al capital extranjero no vaya a acabar con la corrupción, sí producirá en un sector mucho más productivo, con beneficios al erario público.

Donde el análisis muestra mayor poder está en los capítulos sobre la “Ley Peña-Televisa” y la Casa Blanca. Villamil tiene la modestia de admitir que su concepto anterior de Peña Nieto como títere de Televisa -recordamos la portada de Proceso con la banda presidencial sobre el logo de la televisora- era erróneo. “Peña Nieto es el artífice de este proyecto”, apunta, en cuanto al Pacto por México y el “nuevo presidencialismo”, y su narración del desarrollo de la Ley de Telecomunicaciones muestra que fue el presidente el que tuvo la delantera. Peña Nieto ha obtenido todo lo que quiere, incluso una cobertura televisiva positiva en los peores momentos de su mandato, mientras Televisa no: fue declarado “preponderante” y tendrá que compartir su infraestructura de radiodifusión con un nuevo competidor, quizás con dos.

En la sección sobre Peña Nieto y Grupo Higa, se nota la Casa Blanca como un mero punto del iceberg. Lo grueso del asunto es la tradición de autoenriquecimiento e intercambio de favores arraigada dentro del Grupo Atlacomulco desde los años 40. Al presidente le han criticado por opinar que la corrupción es “cultural”, y la implicación tras esa postura de que no puede hacer mucho al respeto sí era reprobable, pero en el contexto de la historia política del Estado de México, Peña Nieto tiene razón. Creció allí una cultura de la corrupción, en el sentido de que cada generación de Atlacomulco enseñó a la próxima que el que no transara no avanzara. Si la corrupción se volvió “institucional”, fue por su propio diseño. La evolución de este Grupo, que incluyó a Carlos Hank González y que sigue en proceso, es fascinante e instructiva. Ojalá que el esbozo ofrecido en este capítulo vaya a inspirar mayor investigación del tema.

 

Villamil escribe con un buen ritmo y un tono de infiltrado, lo que hace la lectura grata. Por otro lado, su análisis la hace frustrante, ya que el voto del 7 de junio no resultó el referendo sobre Peña Nieto y el PRI que pudo haber sido. (La frustración aumenta porque el libro se lanzó demasiado tarde para contribuir plenamente a los debates preelectorales.) Parte del problema, por supuesto, es que los dos principales rivales del PRI no gozan una credibilidad muy superior. Me imagino que el autor espere que Morena ofrezca una alternativa factible en 2018. Pero eso dependería en parte en que su líder logre mostrar, superada, una vez por todas, una tendencia personal peñista: el autoritarismo.

 

@APaxman

www.andrewpaxman.com

Historiador, CIDE Región Centro

 

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Andrew Paxman

Andrew Paxman

Historiador, CIDE Región Centro

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