Opinión

Cartagena (La diosa coronada) / H+D

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Me bastó dar un paso dentro de la muralla,

para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde,

y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer.

Gabriel García Márquez

 

Desde Cartagena de Indias, Colombia. Cartagena es un  lugar paradisíaco enclavado en el caribe colombiano, joya colonial de los españoles, puerto mítico desde donde en la época colonial embarcaban hacia Europa los animales más exóticos, el oro y la plata, los frutos y las especies más finas y también donde desembarcaban los esclavos africanos para trabajar las minas y los cultivos de la región. La ciudad amurallada, el casco histórico, las calles empedradas, las viejas casonas que rebozaron de gloria, los barrios humildes, las plazas y sus mercados hacen un espacio detenido por el tiempo, un lugar en donde se respira la tranquilidad del mar caribe y en donde si se permanece atento se puede también respirar un aire de melancolía, aderezado con algarabía, música y sabor.

Pero en un punto entre las farolas amarillas de las callejuelas y los carros tirados por caballos se encuentra impregnado algo intangible, casi místico, difícil de describir, al igual que el amor.

Este lugar y esta intangibilidad le darían a Gabriel García Márquez los destellos necesarios para enmarcar su obra y escribir El amor en los tiempos de cólera, Cartagena de Indias sería el sello para la novela, la peste del cólera que azotó la ciudad en el siglo XIX se parece al amor según el autor: “El amor se hace más grande y más noble en los tiempos de peste”. El amor como eje temático de la novela ha sido concretado por su autor: “Es la historia de un hombre (Florentino Ariza) y una mujer (Fermina Daza) que se aman desesperadamente y que no pueden casarse a los 20 años porque son demasiado jóvenes, y no pueden tampoco casarse a los 80, después de todas las vueltas de la vida, porque son demasiado viejos”.

Un día Gabriel al leer Pedro Páramo de Juan Rulfo, descubre encantado que los amores del protagonista con Susana San Juan son amores de viejos, estas ideas del amor en el ocaso de la vida, la vejez y el inexorable camino a la muerte no lo soltarían durante varios años. El espíritu de un lugar único en el mundo debería impregnar a la pareja de su novela y sus cavilaciones, un contexto, un lugar en donde al amor se le permitiera florecer o estar, o al menos -y no es poca cosa- reformularse, reinventarse aunque sea en otras realidades y en otros días.

El espíritu sería el de Cartagena, un espíritu mágico, de lugares imaginarios, no siempre literales aunque sí literarios y poéticos, en la novela se encuentran las referencias a su pasado colonial glorioso y clasista, la plaza de los Coches, las aguas y el muelle de la Bahía de las Ánimas, el barrio antiguo de los Virreyes y de la Manga, el portal de los Escribanos, justo detrás de la famosa Puerta del Reloj -por la cual se atraviesan los muros de la ciudad colonial-, junto a la encantadora Plaza de los Coches donde todavía circulan estos vehículos tirados a caballo, la plaza de la Catedral con sus palmeras africanas y la estatua del Libertador, su laguna Ciénega de la Virgen, el Mercado Central, el Palacio de la Inquisición o el Portal de los Dulces. Los rincones que afloran en la imaginación de Gabriel para situar su obra se encuentran fácilmente en Cartagena entre calles adoquinadas, farolas a media luz, conventillos e iglesias, la Plaza Bolívar, callejones como el de El Candilejo, casonas virreinales como la Casa de Las Ventanas, patios señoriales enmarcados con arcos de tonalidades cálidas, en un clima caribeño lleno de luz y vibrante de historia.

La ciudad amurallada es acogedoramente pequeña, formada por laberintos de calles llenas de balcones y flores, las casas de la Ciudad Heroica dan muestra del estilo de vida de sus habitantes que parecen estar contenidos dentro de una novela perpetua, que remite a episodios de la inquisición, a cuentos de aparecidos y escenas de realismo mágico en donde el amor de los protagonistas de la novela de García Márquez ronda las esquinas. Cartagena tiene en cada punto historias para contar.

Entre las infinitas piedras de su muralla quedó el tiempo con sus personajes y sus amores, sus engaños, sus pasiones, su viajes, sus recuerdos, su deseo, fotografías de un tiempo que fue y que permanece, parece que el intrépido Florentino sigue desafiando al destino con un caminar seguro y pausado, la hermosura arisca de Fermina inundando las habitaciones con su perfume en donde se respira también el olor a almendras amargas.

Estas imágenes, estos destellos, llegan a su crepúsculo en la última escena de El amor en los tiempos del cólera en una Cartagena de Indias imaginada y reedificada, sucede con una pareja de ancianos felices, bailando en la cubierta de un buque mientras este navega interminablemente las aguas tranquilas e inmemoriales del río Magdalena.

He venido a Cartagena a encontrar y construir algunas piezas de mi imaginario que, como aquella ciudad de la novela, permanecerá a resguardo de los azotes de la mala memoria y las tormentas del Caribe, del desgaste del tiempo dentro de una muralla legendaria edificada en el amor, con historias hermosas y maravillosas de realismo mágico y que no permitirá el ingreso sucesivo del tiempo.

 

Para Ariana, por la más bella historia de amor

que ha escrito conmigo estos Once años.

 

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