Opinión

Civismo electoral (sexta parte) / Tlacuilo

Errare humanum est. Agradezco la justa observación que me hizo mi buen amigo, paisano y colega de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Gilberto Calderón, en el sentido de que la caída del sistema no ocurrió en las elecciones de 1970, sino en las de 1988, que fue cuando Manuel Bartlett fungió como secretario de Gobernación.

Cierto es que la corrección del error no modifica el propósito de evidenciar la fraudulencia electoral del sistema, pero es de elemental respeto a la verdad no sólo rectificarlo sino informarlo para que no se multiplique.

Pero eso me hizo recordar, al propio tiempo, que la maniobra utilizada por Echeverría para atraerse la simpatía de la juventud consistió, por una parte, en invitar a participar en su campaña a una camada de líderes reales o supuestos del movimiento estudiantil que se ganaron el cáustico remoquete de mártires de Tlatelolco, a los que se otorgaron gratuitamente puestos de alto rango en su gobierno; por la otra, a incrementar notoriamente el presupuesto dedicado a educación, especialmente en lo que se refiere al nivel universitario, hecho este último plausible desde cualquier punto de vista.

Sin embargo cuando Echeverría, al considerar que el resentimiento estudiantil ya estaba subsanado con la labor realizada en cinco años de gobierno acudió en son de paz a clausurar los cursos de la Facultad de Medicina en Ciudad Universitaria, lo único que obtuvo fue una pedrada en la frente y una atropellada huida. Las heridas de la noche de Tlatelolco y el Jueves de Corpus continuaban abiertas y sangrantes; de tal manera que al llegar la siguiente elección no podía concebirse el triunfo de un candidato promovido por tal gobierno si no era por medio del fraude.

José López Portillo tuvo presente, desde antes de iniciar su campaña, que el reto que tenía que superar era el de la desconfianza del pueblo por la violencia imperante; pero si a ello se agregaba la inesperada ausencia del único partido de oposición, la sombra de la elección de estado era sumamente difícil de eludir. Por eso tal vez desde entonces surgió la idea de introducir las mejoras en el proceso electoral que no se le permitió iniciar a Madrazo, tema que comentaré más adelante.

En relación con el problema estudiantil, tal vez López Portillo pretendió obtener mejores resultados que Echeverría aprovechando su desempeño como profesor de Teoría General del Estado tanto en la Facultad de Derecho como en la de Ciencias Políticas y Sociales, recibiendo en su domicilio particular a la totalidad de titulares de las instituciones estatales de enseñanza superior en el país, en una entrevista que en nada se diferenció de una vulgar cargada más de simpatizantes priistas presentándole su apoyo como candidato.

Con lo que no contaron todos -candidato y rectores- fue con la dignidad de un maestro que, enarbolando su claro y enérgico pensamiento, les reprochó su vileza. Ese fue el insigne maestro emérito de la Facultad de Derecho y exrector de la UNAM, Mario de la Cueva, que en un artículo publicado en el diario Excélsior del día 1 de Octubre de 1975 bajo el título ¿Y la autonomía universitaria?, decía, entre otras cosas:

“Nunca antes se había presentado el rector de la UNAM, diciéndose representante de la casa de estudios, a rendir homenaje a un candidato a la Presidencia de la República.

“No debemos olvidar que los rectores, los directores y los profesores son los mentores de la juventud y que su ejemplo será seguido por ella. Si la Universidad no debe convertirse en un partido político ¿cómo podrá exigirse de la juventud que no transforme su casa de cultura en una arena política, si quien predica la abstención principia por adherir a una candidatura? La voz de un predicador es valiosa cuando iguala su palabra con la acción.

“Es preciso que se entienda que los subsidios a las universidades no son donaciones del presidente en turno, porque los ingresos del estado son dineros del pueblo, uno de cuyos fines es precisamente la educación superior. La Universidad Nacional no necesita adherir a un candidato, le basta exigir del estado le entregue el dinero del pueblo necesario para que pueda cumplirse el servicio social de la cultura.”

Cuando se dictaminó el primer proyecto de ley de autonomía universitaria en el Congreso de la Unión, “…en el dictamen de la Cámara de Diputados se lee: ‘El proyecto consagra la verdadera autonomía técnica, doctrinal y docente de la Universidad, colocando este centro de alta cultura en un punto ajeno a las ligas del poder público’. Desde aquel año, la lucha de los universitarios gira en torno de un doble lema: políticos, manos fuera de la universidad, autoridades universitarias, ninguna relación con los políticos”.

“…todo acto de los rectores, en representación de los centros de cultura, que exprese a un político ‘beneplácito por su postulación’… constituye un acto de traición a los principios esenciales de la casa de estudios.”

(Continuará)

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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