Esfera Pública

Esfera Pública: Enrique F. Pasillas y Francisco Aguirre

Hay de ingenieros a ingenieros

 

La arrogancia de la mafia es directamente proporcional a la ausencia del Estado

Giovanni Falcone, citado por Manuel Clouthier

 

Enrique F. Pasillas

 

Hoy que parece una moda recurrente aunque cada vez menos espectacular la de poner a ciertos ingenieros tras las rejas mientras otros ingeniosos autodidactas se ponen fuera de ellas sin precisar siquiera de abogados; huelga decir que hay de ingenieros a ingenieros. Porque muchas cosas sorprenden e inquietan sobre la reciente segunda fuga del archiconocido empresario multinacional del narcotráfico llamado Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como el Chapo. Hay varias dimensiones de análisis, veamos a continuación sólo algunas de ellas.

Para empezar, su sola evasión de un penal de “alta seguridad”, “del mejor del país”, nada menos que en Almoloya, Estado de México; es en sí misma una sonora burla del exitoso escapista al grupo en el poder que lo apresó y un tema de escándalo público para el régimen; así como un verdadero gancho al hígado del gobierno en turno del que muy difícilmente se va a recuperar.

También es sorprendente constatar que hace un año y meses, justo después de su resonada detención en una operación claramente orquestada y coordinada por el gobierno de Estados Unidos, ya los periodista le preguntaban a las autoridades, concretamente al titular del Ejecutivo, si no temía por otra fuga del célebre escapista. Y claro que si se preguntaba, es porque desde entonces la posibilidad flotaba en el aire. Nada se previó sin embargo. Dónde estaban y a qué se dedicaron mientras tanto los muchos órganos de Estado enfocados a la seguridad pública y nacional, como la SSP, la inteligencia militar, la PGR o el Cisen, es una buena pregunta que permanece sin contestar, pero que amerita por lo menos algunas renuncias en varias secretarías de Estado, empezando por sus vacilantes titulares. Sorprende también la endeble reacción de un titular del Ejecutivo estupefacto por la noticia y apabullado por las circunstancias, trastabillante y sin saber casi que decir, allá desde su “histórica” visita de Estado a la Francia.

También sorprende constatar cada día más que la crisis de coyuntura del gobierno en turno es en realidad una crisis estructural y generalizada del Estado mexicano por entero, misma que abarca también al grueso de las instituciones públicas, junto a la vulnerabilidad de una sociedad a la que sus instituciones principales no le sirven ya.

Sorprende por supuesto la exorbitante recompensa que se anuncia por la recaptura de Guzmán Loera, que da una clara idea de la enorme cantidad de dinero en la que el gobierno cuantifica el daño a su credibilidad pública, de por sí tocada con otros graves sucesos recientes. Y el problema es que la credibilidad y la confianza no son un bien de mercado, no se pueden comprar ni vender, y son en política un bien escaso y de primera necesidad. Máxime cuando según una encuesta realizada a propósito del tema, siete de cada diez mexicanos declararon a pregunta expresa que creían que una nueva fuga del chapo era posible. Y acertaron, según la débil narrativa del suceso ofrecida por el gobierno.

 

Sorprende también el gran ridículo nacional -allí están los miles de memes en redes sociales que lo atestiguan- e internacional que el gobierno hace ante los ojos de sus países “socios”, pues al final: ¿Quién quiere tener un socio tan poco confiable que no es capaz ni de cuidar sus cárceles?

Por último, y no por ello menos importante, sorprende la enorme capacidad de burla y evasión de un ciudadano hoy célebre pero del origen más modesto imaginable, capaz de orquestar con éxito desde la prisión, si es que alguna vez estuvo realmente en ella, todo un operativo dotado del mejor personal y las mejores tecnologías para fugarse en las narices de sus captores. Sorprende desde luego la vastedad y el poder del imperio edificado en pocos años por un campesino casi analfabeta de Badiraguato, una ranchería en la sierra de Sinaloa que hoy es uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, cuya organización transnacional del crimen tiene presencia comprobada en por lo menos 150 países. Hay expertos y analistas que comparan al Chapo con el célebre narco colombiano Pablo Escobar o con el italo-americano fundador de la Cosa Nostra Lucky Luciano. Sin duda, salvando tiempo y distancia, el sinaloense los rebasa claramente en sagacidad, inteligencia y medios de corrupción a su alcance. Hoy sabemos que la DEA lo consideraba ya en los noventa del siglo pasado como todo un pionero, un narco experto en túneles, pues consiguió construir y operar uno de 450 metros con rieles, ventilación y luz con el que exportó drogas y miles de millones de dólares a San Diego por años, según nos cuenta Héctor de Mauleón en Nexos. Pero no nos engañemos ante tal historia de éxito. A la organización criminal que encabeza se le atribuye directa o indirectamente la muerte en todo el país y también en otros de al menos 30 mil personas desde 1989 a la fecha, así como gran parte de las guerras entre cárteles que han provocado miles de muertos y desaparecidos.

Por lo demás, está claro que la guerra contra las drogas impuesta por Los Estados Unidos al mundo estaba perdida antes de empezarla. También lo está en México en obvio de circunstancias. Queda más o menos claro que la política de seguridad del régimen brilla por su ausencia, donde si acaso se produce uno que otro vistoso descabezamiento de cárteles pero no su desarticulación, como recomiendan las mejores prácticas internacionales en materia de política criminal; así que el trasiego de drogas, armas y dinero sigue indemne con y sin el hoy doblemente célebre prófugo, porque la corrupción carcome las entrañas mismas del Estado mexicano a todos sus niveles.

Grave y evidente que este ingenioso criminal, experto en penales de alta seguridad y al que bien se podría dar el título de ingeniero autodidacta, exhiba una vez más en toda su crudeza las graves carencias de un desgobierno y de un régimen que camina y nos hace caminar al borde de la cornisa. Dice bien Pedro Miguel: mientras el Chapo se fugó solo de Almoloya, otros en el gobierno se fugaron de la realidad.

@efpasillas

 

***

Simples luces

Francisco Aguirre

A todas luces la gravedad de la situación es palpable. La apremiante situación política de Enrique Peña Nieto y sus futuras decisiones, por primera vez desde su llegada, tendrá que considerar públicamente cuál lenguaje de señas y señales beisboleras, que el gobierno de los Estados Unidos es la locomotora del tren del mame. Todas las agencias de seguridad e inteligencia son las primeras que anticiparon, previeron y por lo mismo intentaban a todas luces que la extradición llegara pronto. La crisis de Peña, detonada a sobremanera desde los 43 de Ayotzinapa, ahora tiene este nuevo factor, la presión del socio mayoritario, el descubrimiento del incipiente reformismo y la falta de pericia de muchos en la más alta esfera de nuestra administración pública que desde el norte sólo ven con pesimismo.

Muchos lugares comunes y otras opiniones más atrevidas han dado explicaciones de lo que pudo o debió ser y de lo que probablemente sucederá. Sin embargo lo que parece cierto es que las políticas antidrogas y anticrimen organizado no han tenido mucho cambio desde el gobierno de Felipe Calderón: capturar a los líderes de los principales grupos organizados implicaría per se una desarticulación de la organización y así, en ese supuesto debilitamiento, se reducirían los índices delictivos y de tráfico-consumo de drogas.  Claro, acompañado de un “fortalecimiento estructural” de las organizaciones e instituciones que procurarían y administrarían la justicia en el país. La fórmula parecía a prueba de fallas, podría ser sometida casi bajo cualquier teorema ingenieril o de cálculo avanzado y a éste le favorecería.

A todas luces, lo que pasó fue distinto. Y también fue y es algo que pudimos materializar. Desde marzo del presente año, la Presidencia presumía haber capturado a 91 de los 122 criminales más buscados y de alta prioridad. La joya de la corona, el Chapo Guzmán, desde el 2014 era, otra vez, detenido. Todo era bueno, sin embargo algo cambió. De los “64” más importantes sólo ocho han sido extraditados a los Estados Unidos (entre ellos Héctor Beltrán Leyva y Vicente Zambada), los demás han sido abatidos, detenidos, dejado libres (como Sandra Ávila, la reina del pacífico) y ahora y de nuevo, dejado prófugo.

Cerca de diez años podrá considerarse que lleva esta lucha, desde entonces ni los índices de violencia, los homicidios dolosos ni el tráfico de drogas han disminuido (o mejorado según sea el término). Según la DEA, Administración contra la droga, por sus siglas en inglés, los cárteles mexicanos operan el mercado estadounidense casi en su totalidad. El 96% de la cocaína y el 60% de la metanfetamina consumida provienen de México, los cárteles controlan el 50% de la heroína, lo que puede representar cerca de 13 mil millones de dólares al año (casi 15 veces el gasto programable del estado de Aguascalientes para este año, sólo para imaginar un poco).  Aunado a eso, el mercado en México crece, según los datos locales sobre decomiso de drogas, el crecimiento en el lapso 2013-2014 de toneladas de opio, toneladas de metanfetaminas y unidades de éxtasis incrementaron 570%, 33% y 132% respectivamente. Lejos de debilitarse, se ha ido incrementando. Es más, la propia “desarticulación” del crimen tiene sus defectos -a todas luces-; al entrar Calderón a la Presidencia se podían conocer claramente cuatro grupos organizados, ahora, cuando menos son nueve las organizaciones, más los “grupúsculos” menos famosos pero sí más locales-regionales, que se dedican a cosas como extorsión, robo y secuestro, eso sin importar si se haya invertido de 5-7% más cada año en fortalecer el gasto en seguridad pública (de acuerdo al fondo de aportaciones para la seguridad pública de los estados y el Distrito Federal).

A todas luces, en México importa más el poder y el dinero. Nada nuevo, así es, y ése es el punto, que no hay novedad. La evidencia de una administración “ingenua” presume de falsas vanidades de forma constante. La extradición y el supuesto temor del gobierno mexicano a que se sepan o escandalicen muchos sucesos del presente y del pasado, dado que el señor Guzmán podría estar en condiciones de, como dicen algunos, saber “muchas cosas” y supuestamente haber sido cómplice de muchos altos funcionarios de gobiernos en funciones y exfuncionarios, así como patrocinador de campañas políticas, es una de las teorías más elocuentes. Si lo que costó el túnel o el tiempo que se llevó en construirlo, si hacer o uno un acto histriónico digno de cualquier cirque del mundo, o que si “avisó y puso en subasta” a la prisión de máxima seguridad hace cinco meses cuando imponiendo su liderazgo sobre más de cien presos realizaron e hicieron llegar una carta dirigida a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos explicando las condiciones en las que vivían y comían o inclusive cuando compartió una huelga de hambre, sólo provocan el reflejo de organización para nada diezmada, para nada desmantelada, para nada preocupada, para nada triste ni abrumada, a todas luces, una organización, una de ingenieros, abogados, policías, guionistas y agentes dobles, actores y actrices, camarógrafos, topógrafos, agentes de contraintelgencia y todo lo que queramos decir del señor Guzmán, inclusive la versión de ser un operador “político” del gobierno entre los cárteles, dada la creciente ola expansiva y la necesaria respuesta para mitigar al Cártel Nueva Generación en tierras donde antes dominaban los sinaloenses, resultan a todas luces, más que una derrota del gobierno, una derrota de casi todo y una victoria del antivalor reinante, el de la chingonería para chingar.

A todas luces, y aunque fuera una simulación de lo que sea, no importa, el fin de este Gobierno Federal, en términos de credibilidad, reformas, transparencia y lo que venga y pretenda hacer después, será vacío. Los partidos socios tendrán que ser cautos, con miras al siguiente proceso electoral que empieza en octubre, el impulso y la aprobación social después de múltiples eventos está cerca del “estiércol del diablo”, como ahora el papa Francisco le ha llamado al sistema gobernante. ¿Quién será el nuevo secretario de Gobierno?, ¿se atreverá a no hacer cambios?, ¿qué opinan los candidatos presidenciables al Gobierno Federal de los E.U., sus empresarios, del “cooperativismo” internacional?, a todas luces, nos gobierna la incapacidad y la corrupción.


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La Jornada Aguascalientes

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