Opinión

La “responsabilidad” de Andrés Guardado / Disenso

Esta semana el asunto que robó atención en redes sociales fue sin duda la enrarecida calificación de la selección mexicana a la final de la Copa de Oro. A minutos de conseguir el ansiado pase contra México -por segunda edición consecutiva- y luego de un juego heroico de los panameños -con un hombre menos dos tercios del partido- el árbitro marcó una pena máxima inexistente. Por minutos reinó el caos en la cancha: entre que los jugadores centroamericanos querían retirarse del campo, que se repitió la jugada en las pantallas gigantes del estadio, que se enardecieron los jugadores afectados; diez minutos después Andrés Guardado se alistó para atinar el cobro y así provocar el alargue del partido. Desde la transmisión en vivo los propios comentaristas y muchísimos espectadores nos cuestionábamos si el cobrador patearía -en el acto máximo del llamado fair play– intencionalmente fuera, para así permitir que el equipo de Panamá, con todo mérito, avanzara a la final.

La reacción posterior al cobro de Guardado fue sencillamente sorprendente. Miles de personas se pronunciaron sobre el vergonzoso pase, se solidarizaron con los panameños y se lamentaron de que el jugador nacional no haya fallado intencionalmente ese penal. La discusión sobre una especie de “obligación moral” sería demasiado, es claro para todos que por reglamento ese penal podía tirarse dentro, que los errores arbitrales forman parte del juego, que a veces las decisiones erradas nos han afectado, que muchas ocasiones fuimos los “masacrados”, que hoy nos tocó estar del lado de quien saca ventaja. Hasta aquí suscribir una u otra postura es una mera cuestión de opinión. Dudo que haya argumentos sólidos para pensar si una cosa es per se mejor que la otra.

Lo que llama la atención poderosamente es la pasión con que se abordó el tema, la unanimidad del sentimiento de vergüenza. ¿Los holandeses se pondrían así cuando pasaron sobre México en el mundial con una decisión igualmente cuestionable? Preguntaba un buen amigo en las redes sociales. Seguramente no. Seguramente en muchísimos países la circunstancia no habría llegado más lejos. ¿Entonces por qué acá sí? ¿Somos tan pulcros moralmente? ¿Nos sentimos tan alejados de la corrupción? ¿Pensamos que en nuestra vida diaria renunciaríamos a sacar provecho de una injusticia? Seguramente tampoco. Y creo que ese es justamente el motivo de la reacción.

Vivimos en un país golpeado por la injusticia: sólo así podemos entender que tengamos al hombre más rico del mundo mientras más de la mitad de la población nacional vive en condición de pobreza. Nos duele nuestro pasado político, uno donde -verdad o no- se convive con la sensación de que muchas elecciones han sido robadas. Asumimos con sonrojo que se nos concibe como un país corrupto, que el mundo nos mira con esa idea cuando un criminal mundialmente conocido escapa por segunda vez de una prisión de máxima seguridad con métodos absolutamente estrambóticos e imposibles en una nación con un mínimo de compromiso y lealtad a las instituciones. Crecimos con cierto complejo de inferioridad ante el vecino del norte, lo que provoca que practiquemos cierto bullying a los hermanos centroamericanos, cuando no un abierto racismo que nos coloca en un grado aún mayor de violencia que el padecemos allende el río Bravo. Asumimos desde pequeños que muchos de los puestos en servicio público, en la empresa, ¡hasta en la academia!, se otorgan con criterios discrecionales, haciendo del nepotismo y no del mérito una forma de ascensión laboral. Escuchamos como un mantra frases como “el que no tranza no avanza”, “que robe el gobierno pero que deje robar” y otras joyas de la calaña.

Andrés Guardado representaba una figura abstracta, un símbolo, la posibilidad de por fin hacer una diferencia. Un país en donde incluso uno de sus mayores orgullos -la superioridad futbolística en la zona- está claramente perdido, requería un golpe de autoridad ya no deportiva, sino moral. Por supuesto que si se hubiese jugado un espectacular partido sin goles todo sería distinto, la circunstancia habría parecido un milagro, la “justicia divina”. Pero no: se jugó horrible y eso quita cualquier autoridad. Esperábamos que Guardado diera ese paso. Hacer lo que no se haría normalmente. Porque es cierto que cualquiera habría tirado a anotar. Pero era el momento de no ser cualquiera. Era el momento de recordarnos en medio del hastío que podemos aspirar a cosas distintas. Porque desafortunadamente seguimos buscando caudillos, héroes, modelos, en vez de comenzar cada quien, desde su esquina, a construir un México distinto. Había mucha responsabilidad en los pies de Guardado, que eligió hacer lo que la mayoría hubiese hecho: recordarnos que no somos extraordinarios.

El tema en general me parece grave sólo en el sentido en que nuestra necesidad busca encontrar figuras que la guíen. Sueño con un país en que nos sintamos lo suficientemente honorables como para no esperar que ese honor se nos otorgue por la forma de patear un balón.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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