Opinión

Sospecha por deporte / Disenso

Hay que reconocer la capacidad que tenemos como sociedad para idear las más extrañas conspiraciones. Que quede claro: no es algo nuevo ni privativo de los mexicanos. Nuestros vecinos del norte, simplemente, han llegado a creer que su gobierno les mintió: que nunca llegaron a la luna y todo el asunto fue un montaje cinematográfico con el fin de amedrentar a los rusos; también circulan la especie de que Bush organizó el atentado del World Trade Center a Estados Unidos para iniciar una invasión (como si no fuera mucho motivo suficiente un plan “descubierto y desarticulado” que además le haría quedar como héroe). La mayoría de estas fantasías pueden ser inocuas, pero también las hay que entrañan un alto grado de peligrosidad, por ejemplo, la sospecha de que las vacunas son en realidad toxinas o lo-que-sea que hará que los niños se vuelvan estériles o autistas (por supuesto, ¿qué gobierno no querría una población de estériles y autistas?) ha llevado al regreso de enfermedades que por décadas estuvieron erradicadas del país.

Esta semana las redes sociales estuvieron invadidas, cómo no, por el tema de moda: el segundo escape de la cárcel por parte de el Chapo Guzmán. El Gobierno Federal, tardíamente, salió a dar una serie de explicaciones que sin duda generan sospecha y estimulan la imaginación de los ya de por sí prestos a ver conspiraciones everywhere. De pronto pareciera que el propio equipo presidencial quiere alimentar al insaciable monstruo de la desconfianza. Que si es “normal” que un preso camine varias veces de la ducha a la cama, vestido, cómo no, para su baño. O que se revise el calzado justo antes de ir hacia el punto ciego. O que si es normal que en una prisión de tal seguridad haya puntos ciegos para no vulnerar la privacidad de los presos. O que si es normal que haya objetos parecidos a un iPad en su celda. O que nadie escuche las máquinas que ranuran planchas de concreto de varios centímetros de grosor. O que a nadie le parezca sospechosa esa casa en obra negra a un kilómetro de la que debe ser la prisión más segura del país. O la cantidad de remolques que debieron sacarse atiborrados de tierra de una casa de una sola planta. O que, teniendo la capacidad evidente de coludir a un montón de gente que permita que alguien tenga los planos para hacer un túnel de más de un kilómetro que da justamente a una celda específica, se necesite hacer un túnel de más de un kilómetro que dé justamente a una celda específica en vez de generar un mecanismo más sencillo de escape. Tampoco ayuda, es cierto, que el presidente esté justamente de gira en el extranjero con una delegación de más de cuatrocientas personas.

Probablemente nunca me había sentido tan cerca de sumarme a los fans de la conspiración. Y entonces, lo de siempre: ese paso que confirma que se sospecha por deporte y de manera gratuita: habiendo, en esta ocasión, tantos elementos puestos para esa sospecha, se agregó (en serio, lo leí) desde la muerte de Joan Sebastian hasta una supuesta “privatización” del sector salud “como cortinas de humo”. Murió un hombre, porque la gente se muere y lucrar con eso, para cualquier bando, es de mal gusto. Tampoco existió tal intento de privatización. Buscamos, ya por malsano entretenimiento, hacer complicaciones, retorcer las historias, oscurecerlas, aun cuando ya sean oscuras o retorcidas. Claramente podemos criticar la tarea de los medios de comunicación masivos, es cierto que nos malinforman, es cierto que el gobierno envía mensajes contradictorios y confusos. Es cierto que no vivimos la panacea de la transparencia y la claridad. ¿Por qué querríamos oscurecer aún más esa información? En oportunidades como ésta, aterra darnos cuenta que somos parte capital del problema mismo.

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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