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Umami es una historia sobre el lenguaje, sobre las palabras, más allá del duelo

  • Entrevista a Laia Jufresa sobre su primera novela
  • Las voces narrativas construidas por la autora nos recuerdan que hay vida después de la muerte

 

Umami, nos dice el diccionario digital Wikipedia, es una palabra japonesa cuya mejor traducción a nuestro idioma es “sabroso” o “sabor agradable”. Es uno de los cinco sabores básicos junto con el dulce, el ácido, amargo, salado. El origen del umami lo podemos encontrar en el ácido glutamático o glutamato, ingrediente utilizado en muchas de las cocinas del mundo. Pero Umami también es la primera novela de la escritora mexicana Laia Jufresa, publicada este año por Literatura Random House, poco tiempo después de que apareciera en la Editorial Tierra Adentro su libro de cuentos El esquinista. Una coincidencia afortunada, pues lleva la obra de la exbecaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de la Fundación para las Letras Mexicanas a disposición de más lectores en nuestro país, de la autora que también fue seleccionada por la Antología México20.

Umami también es la casa que habita el antropólogo Alfonso, viudo de Gloria, quien además convive con los papás de Ana, una adolescente que decide crear una milpa en el patio familiar para no viajar durante las vacacione de verano a los Estados Unidos, al pueblo en donde falleció su hermanita Luz. La novela nos va reconstruyendo, a partir de los recuerdos de los personajes de Alfonso, de Ana, de Marina, las vidas de Luz y Gloria, cuyas muertes recientes han trastocado los ritmos, las rutinas, la vida de los miembros de la calle cerrada en donde todos ellos viven.

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Las voces narrativas construidas por la autora nos recuerdan que hay vida después de la muerte, y que en muchas ocasiones la esperanza nos toca de maneras insospechadas. A veces, a nuestro pesar: “A mí me importa mucho la práctica de la escritura y empezar a trabajar en una serie de ejercicios que me dio bastante material de escenas de infancia, muchas voces de niña y decidí hacerlo como un libro de cuentos. Yo escribo muy intuitivamente, me funciona más sentarme a escribir, pero cuando terminé mi libro de cuentos me di cuenta de que ninguno de los personajes de los cuentos tenía hijos y recordé esta idea de que hay miradas sobre el mundo que sólo se adquieren cuando tienes hijos, por lo que creo que hay una cierta mirada del mundo que se pierde cuando tienes hijos y pensé que podría explotar esta idea al máximo y decidí que en este libro, pensado originalmente como libro de cuentos, iban a ser puros narradores que no tuvieran hijos, algunos porque eran niños, pero otros porque son adultos sin hijos, todos relacionados y que vivieran en el mismo lugar, pero llegó un momento en el que fue muy claro que ya no era un libro de cuentos, que era una novela y también me di cuenta que era una historia de duelo, por lo que decidí una estructura porque me interesaba reflejar el mecanismo del duelo.”, cuenta Laia Jufresa.

Javier Moro Hernández (JMH): El manejo del lenguaje resulta muy interesante en tu novela, pues vemos a las niñas, a Luz, a Ana y a su amiga Pina, jugar con él, tomando frases que alteran al cambiarle una palabra, lo cual trastoca completamente el sentido de la frase. Eso nos habla de una conciencia del lenguaje muy interesante por parte de los personajes.

Laia Jufresa (LJ): Nunca he perdido, que puede ser un poco infantil, que es una relación muy plástica con el lenguaje, a veces digo una palabra y me doy cuenta de que esa palabra no existe, pero también es que crecí con distintos idiomas, lo que provoca que a veces mezcle palabras de un idioma a otro, entonces tengo una relación plástica con el lenguaje, y creo que eso se filtra hacia mis personajes, pero también es porque creo que los niños tienen una relación muy similar con el lenguaje, me encanta escuchar a los niños y a los extranjeros, porque le dan otro sentido a palabras que todos conocemos, me gusta explorar esos juegos verbales, y además creo que los personajes se van construyendo a partir de cómo hablan, yo escribo mucho a partir de la musicalidad de las frases que se me ocurren, más allá de los atributos del personaje, porque eso me parece construirlo desde afuera, a mí me gusta construirlo desde la manera en cómo hablan de los personajes. Alguien me decía que Umami es una historia sobre el lenguaje, sobre las palabras, más allá del duelo, y me gustó esa idea, porque es algo que siempre me ha interesado y que también tiene que ver con el proceso, con la idea de tomar tu materia prima, que en mi caso es éste, el lenguaje, y explora sus diferentes posibilidades y moldear, más que de armar una trama.

JMH: La otra parte que me parece esencial de Umami es la construcción, es la estructura hacia el pasado que comentabas hace un momento, porque la novela inicia en el presente cuando Ana decide que quiere pasar sus vacaciones sembrando una milpa, pero después vemos una parte en donde Luz nos cuenta cómo fueron a buscar hongos y zetas con su tía, lo que me hace pensar en un encuentro con la naturaleza, con la materia prima de la naturaleza, lo cual me da la sensación de que la estructura de la novela es maleable, plástico, como decías, y eso te permite entender la novela de otra manera, casi sensorialmente.

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LJ: Pienso mucho en la novela a partir de los personajes, cómo se van desenvolviendo y descubriendo a la mirada de los lectores, lo pienso mucho sobre todo por el personaje de Linda, la mamá de Ana y Luz, que es personaje que no tiene voz, ella nunca habla en la novela, pero es un personaje sobre el que todos tienen una opinión muy diversa, y más adelante Alfonso, otro de los personajes, lo menciona, cuando dice que todos somos nuestros mil reflejos en el ojo de una mosca, y eso me interesaba mucho, cómo esa calidad caleidoscópica de las muchas personas que somos, entonces cuando lees un algo donde un personaje muy plano es porque así lo decidieron así, pero nadie es así, todos somos muchas gentes, entonces me interesa ver a los personajes desde distintos ángulos, y Alfonso está haciendo eso mientras está viviendo su duelo, está analizando a su esposa desde distintos ángulos para entenderla, quitarle capas para entender a una persona o para tratar de entender a una persona que creías conocer pero que en realidad no es así, te das cuenta de que sólo tienes unos pequeños vistazos sobre ella.

JMH: Pensaba que el hecho de que la historia transcurriera en un universo cerrado, literalmente en una calle cerrada, te permitía ver las diferentes perspectivas narrativas sobre los personajes

LJ: Fue una decisión muy temprana narrativamente, porque yo tenía un temor de que las voces se me fueran a confundir, entonces decidí que para que no se confundieran tenían que conocerse entre ellas, y entonces ahí empezaron a vivir todos en el mismo lugar y pronto empezaron a aparecer Marina y Alfonso, los adultos de la privada, pero también creo que tiene que ver con mi relación con la ciudad, yo crecí en el campo y cuando llegue a vivir a la ciudad me sorprendió que vivieras en espacios tan acotados, algo que es obvio, pero que para mí, que había vivido en un lugar con tan pocas casas y mucho campo, no había esta noción de divisiones tan tajantes de que de esta pared para allá habita una familia y de esa pared para acá es otra familia, no había esas divisiones tan tajantes, entonces siempre me fascinó y creo que tiene que ver la división de la privada con eso, y luego narrativamente te permite observar a los personajes, saber qué opinan y se relacionan con los otros.

JMH: ¿También opinas como Linda que los patios no son espacios verdes?

LJ: Me di cuenta de eso cuando vivía en el DF y estaba dispuesta a pagar una renta excesiva para tener una macetita, un espacio pequeño, pero sí me gustan los patios, me encantan.

JMH: Es interesante la idea de crear una milpa en un patio, porque me parece que es una idea de traer el campo a la ciudad, de abrir la perspectiva, justo por esta idea de que no sea pared y como dice Marina, no sea una pared de manicomio, una pared de encierro y que te dé una nueva perspectiva.

LJ: Creo que también tiene que ver con el título, pero también tiene que ver con que varios de los personajes tienen problemas u obsesiones con la comida y ésa es una de las grandes líneas de la novela, porque no tenemos la más mínima idea de qué es lo que comemos, estamos tan alejado de nuestro alimento que no sabemos de dónde viene nuestra comida, por eso la idea del umami es tan interesante porque no tenemos idea de qué es, cómo saber, pero todos los conocemos, algo que es sintomático de que no sabemos lo que conocemos, no nos detenemos a pensar, no queremos ver cómo se produce lo que comemos, cómo se trata a los pollos, por ejemplo, yo no quería hacer nada aleccionador pero esta idea de una niña que quiere sembrar su comida y ver de dónde viene, fue la idea que me fascinó.

JMH: En la cerrada de Umami encontramos a la familia, a los padres de Luz y Ana, pero también viven estos dos personajes (Alfonso y Marina) que además le dan a la historia una contraparte, pero que tienen una relación muy especial con la comida.

LJ: En realidad las únicas que son familia es Ana y Luz y sus papás, porque Puna, la amiga de Luz, es vecina también y Marina y Alfonso sirven un poco como contrapeso pero cuando decidí que no, los personajes no tuvieran hijos, se empezó a construir una imagen de lo que debe ser la madre, y yo quería salir de eso, salir de ahí, ver a la mamá como una mujer, como una vecina, Linda tiene una relación con Marina que la admira mucho, Alfonso también la ve como una compañera, se fue dando esta comunidad que podríamos definir como urbana, comparten un espacio, viven en la misma cerrada, pero sí era importante salir de la familia que sí tiene un peso importante.

JMH: El tema del duelo, que es el centro de la novela pero que no se encuentra presente en la novela, porque los personajes están haciendo sus cosas, pero siempre está la relación con la tristeza, como cuando Alfonso recibe la computadora que le envía la universidad para que pueda seguir trabajando, o como cuando se dice que Linda está de año sabático, es decir, hay esas menciones a la tristeza, al duelo, pero éste no ocupa toda la novela, está en el fondo, siempre presente.

LJ: Para mí lo interesante de escribir es cómo lograr este estado en el que realmente vivimos que es la oscilación, de una emoción a la otra, todo el tiempo. Me interesaba tocar esas variaciones, porque cuando decides escribir un drama o una comedia puedes caer muy fácilmente en lo monocromático, y tiene que ver con el umami, porque si te pasas de glutamato de sodio vira muy pronto a lo salado o a lo dulce, tiene un espacio de vida muy corto en el paladar y por eso es muy difícil de reconocer, entonces me interesaba tocar ese periodo del duelo en el que ya te estás recuperando y puedes virar hacia la alegría,  pero que al mismo tiempo puedes virar, vía el recuerdo, hacia la tristeza. Me gusta la idea de pensar que Umami es una historia sobre la levedad de la tragedia, porque obviamente es una tragedia, es la muerte de dos personas y el duelo que deja en sus familiares, pero no me interesaba estacionarme ahí, porque en estos personajes, y en este país en el que todos estamos en duelo, es ver cómo nos recuperamos, ver cómo encontramos cosas que germinan y siguen dando risa, alegría y esperanza, y cómo nos apoyamos unos a otros para salir del duelo.

 


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Javier Moro Hernández

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