Opinión

Aliviar el miedo / Disenso

Esta semana volvieron a hacerse presentes las indignadas voces de activistas católicos, paladines de la moral que intentan hacer presión en los diputados para dar pasos atrás en importantes avances humanitarios en la legislación de nuestro estado.

Según lo reportó su periódico La Jornada Aguascalientes, el jueves, padres y madres de familia arribaron al Congreso del Estado con sus niños usados como atril para sus pancartas. Diferentes grupos católicos como Dilo Bien, Ameda, Cristianos Evangélicos, Provida y voceros de la propia diócesis de Aguascalientes unidos bajo el título común de “grupos laicos” se hicieron presentes en el recinto legislativo para reclamar sobre el divorcio incausado y el matrimonio igualitario.

No pretendo juzgar lo que cada quien cree. La fe pertenece al reducto de la soberanía personal y está -y esperemos siempre lo esté en nuestro país- protegida para creerse y ejercerse. Quiero discutir, por tanto, sobre sus actos y la repercusión de éstos. Creer que al dios en el que creen le molesta que las personas se amen entre ellas si tienen las mismas gónadas, o que es mejor padecer un error o soportar cualquier cosa en matrimonio que divorciarse, es su absoluto derecho. Lo mismo que tener los hijos que “dios les mande” o someter su vida sexual al método Billings o cualquier otra suerte oscura. Nadie debería cuestionar ni tratar de presionar al otro a creer lo que uno cree o descreer de lo que uno descree.

Lo que sí es importante entender es que vivimos en una sociedad donde no todos comparten nuestras seguridades ni nuestras dudas. Aunque les parezca increíble de concebir, allá afuera hay gente que ante una infidelidad, una desavenencia, una afrenta o simplemente la monotonía y la desazón deciden abandonar el contrato civil que implica el matrimonio. Parece imposible para ellos imaginarlo tal vez, pero lo que une el hombre lo puede separar el hombre. También encuentran extraña la noción de la homosexualidad, aunque científicos importantes se hayan tomado por décadas la molestia de discutir el tema y aseverar que la identidad sexual es algo más complejo de lo que creemos los ciudadanos de a pie. Con un poco de esfuerzo podemos entender en lo que creen y por qué lo defienden. Creo que ese mismo ejercicio es posible en la dirección contraria.

Lo maravilloso en este caso es que este grupo de personas indignadas tienen salvaguardadas sus creencias: pueden permanecer casados y casadas no importa qué. Ojalá tengan relaciones equilibradas y dulces, divertidas y constructivas, pero si no, aún pueden permanecer en matrimonio, resguardando la sagrada unión que el dios en el que creen celebró para ellos. Pasa lo mismo con el ejercicio de su libertad sexual: pueden esperar hasta el matrimonio para descubrir si su pareja les es o no compatible, o que esa compatibilidad no les sea importante en lo absoluto. Pueden estar con quien aman. Ojalá no tengan sentimientos ocultos que les sonrojen y les impidan tomarse de la mano abiertamente con la persona con la que comparten su visión de vida. Pero si no fuera así, tienen el derecho a soportar sentirse alienados siempre, ocultos, incompletos, porque nadie les obligará a tener una relación con quien no quieren, aunque ellos -qué bueno-, incluso eso, sean libres de elegirlo.

Pero afuera también hay hombres y mujeres que no comparten su visión. Hombres y mujeres que creen que pueden cerrar ciclos civiles si ya no les parecen convenientes -por la razón que sea- y también hombres y mujeres que quieren estar con quien aman a pesar de que les vayan a ver mal, y a veces, secretamente o no, les pronostiquen una eternidad de sufrimiento en fuego.

Siempre he tratado de imaginar lo que pasaría si una panda de indignados saliera de negro a exigir que se cerraran las iglesias o se prohibiera el matrimonio religioso, cuyos efectos sociales y civiles son, en el sentido práctico, absolutamente inexistentes. Parecería escandaloso, arbitrario, caprichoso.

Pues bien: existen leyes que coartan libertades, hay países que viven bajo la amenaza de muerte ante ciertas prácticas o la persecución de ciertas creencias. Éste no es el caso: las leyes promovidas por nuestro Congreso buscan justamente lo contrario: dar libertades a grupos que no las tienen, salvaguardar más creencias, operar para una mayor diversidad de opiniones.

¿Qué puede llevar a que alguien que tiene protegido el estilo de vida en el que cree a presionar para que otro no tenga sus propias opciones? Seguramente el miedo. El miedo a aceptar que hay otros puntos de vista y que de esa dualidad se desprende la posibilidad entonces de estar equivocados. Pondero que deberían confiar más en las creencias que profesan, sentirse seguros de su actuar en el mundo, de la educación que recibirán sus hijos, depositarios de sus tradiciones. Suponer que su forma de vida es la adecuada y que cualquier otra debe ser prohibida es ya algo bastante egoísta. Imponer además esta creencia que no afecta sus propios intereses ni sus actos ulteriores es además agresivo. Supongamos por un momento que los que creemos en las libertades civiles estamos equivocados: ninguna de estas leyes abre puertas al crimen, al asesinato, a ninguna cosa que haga daño a un tercero. Supongamos que ellos se equivocan: tienen derecho a vivir su vida de esa forma sin ser juzgados o cuestionados. Ahí está la terrible asimetría.

El premio Nobel de física, Steven Weinberg, dice: “En un mundo sin religión, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que gente buena haga el mal se necesita la religión”. No encuentro maldad -intencional o no- en querer vivir conforme a lo que se cree, ni en permitirlo si ello no implica un daño a terceros. Sí la encuentro -intencional o no- en decirle a alguien que viva como yo quiero, sólo para aliviar mi propio miedo.

Facebook.com/alexvazquezzuniga

 


Vídeo Recomendado


The Author

Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

No Comment

¡Participa!