Opinión

Civismo electoral / Tlacuilo

Dejando a un lado la represión rectoril, la campaña política 1975-76 seguía su curso. En este punto quiero hacer mención de Javier Rondero Zubieta, con quien me ligó una amistad entrañable. A él, de manera similar al maestro Guillermo Garcés Contreras, lo conocí hacia 1957 desde sus participaciones en el primer ciclo de conferencias de verano en la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y también en la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde fui su secretario cuando ocupó la Subdirección del Servicio Diplomático.

Javier fue, a la vez, el discípulo predilecto y amigo inseparable del embajador Isidro Fabela (el portentoso internacionalista que colocó en el más respetable de los lugares el nombre de México en el concierto de las naciones; y en el terreno político nacional, fundador del muy mencionado pero poco conocido Grupo Atlacomulco). Don Isidro tenía una casa de descanso en Cuernavaca que terminó siendo su domicilio permanente y Javier construyó otra, contigua.

Como lo hacía regularmente, en un viaje de trabajo que realicé a la Ciudad de México a los pocos días de mi discurso en la UAA, le hablé a Javier para irlo a saludar; me dijo que lo alcanzara en Cuernavaca porque tenía algo importante que decirme.

Ya en su casa, sin preámbulos me sorprendió con la noticia de que el candidato López Portillo quería que yo me hiciera cargo de la campaña en las universidades. ¿Cómo se había llegado a eso? No lo sé porque nunca se lo pregunté, pero mi respuesta inmediata fue que no. Su rostro enrojeció, pero dominando su reacción me reconvino tratando de hacerme reflexionar sobre lo que él calificó como una insensatez, diciéndome que cómo me atrevía a desechar lo que muchos considerarían la oportunidad de su vida; le respondí que aceptar la propuesta significaría negarme a mí mismo al ponerle precio a mis principios, ya que lo que yo tendría que hacer en la campaña sería exactamente lo contrario de lo que manifesté en mi discurso.

Al final de la discusión, que no fue larga porque él tenía que iniciar la gira dominical de su campaña a senador por el Estado de Morelos a la que yo no podía acompañarlo, me despedí de mi amigo entrañable y maestro de la vida con el abrazo de costumbre mientras me felicitaba por mi congruencia, aunque lamentaba que mis “estorbos” éticos me impidieran integrarme al equipo. Así quedó clausurado aquel incidente que jamás volvimos a tocar.

Ya en Aguascalientes, al iniciarse el siguiente período escolar en febrero, me presenté en la Escuela de Bachillerato para recibir a mi nuevo grupo en la cátedra de Antropología y allí me informaron que yo ya no era el titular de la materia; pedí que se me notificara por escrito pero me dijeron que no había escrito.

Antropología, materia con la que más me había identificado y obtenido los mejores resultados para ayudar a mis discípulos a intentar una cosmovisión personal, era la última cátedra que me quedaba porque las demás se me fueron cancelando de la misma manera en los últimos años por mis protestas contra las violaciones a la Ley Orgánica por hechos diversos, a pesar de que el rector me felicitara por escrito porque con base en las evaluaciones realizadas, decía que mi calificación era destacada.

Hasta entonces no había reclamado nada porque me faltaba tiempo para atender adecuadamente mis obligaciones en el IMSS; pero esta vez no lo podía permitir porque significaría quedar automáticamente fuera de la Universidad y sin documento alguno que sustentara el atropello.

Estaba madurando la estrategia a seguir, cuando recibí un disparate jurídico firmado por el rector y por el secretario general de la UAA -que se decía abogado- emitido el 6 de febrero de 1976 en el que me acusaba de haber violado flagrantemente la Ley Orgánica y el Estatuto mediante las “graves faltas” “contra la moral y el derecho” cometidas por mí al pronunciar el discurso del 5 de diciembre y de que éste hubiese sido publicado (sin mencionar dónde ni cómo) dándome tres días para presentar “por escrito lo que a su derecho convenga.”

Habían pasado dos meses del acontecimiento; él no parecía haberse enterado de aquella ofensa tan grave hasta ahora y a mí solo me daba tres días para defenderme de sus repentinas y supuestamente airadas acusaciones convenientemente post-vacacionales.

No me molesté en contestar aquel insolente mamotreto.

Obviamente, la amenaza se consumó tal como lo predije en mi discurso: el 20 de ese mismo mes, el supremo rector me expulsó del paraíso universitario mediante cinco flamígeras cuartillas repletas de necedades cuyo análisis crítico sería un buen ejercicio para que un equipo de estudiantes de la carrera contabilizara todos los principios de derecho pulverizados por el rector y su tinterillo.

(Continuará)

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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