Opinión

Cruces / H+D

By  | 

Publicidad

Ninguno tenía noticias del otro.

No nos conocía nadie, ni siquiera nosotros mismos

Fidel Castro

 

Desde Barranquilla, Colombia. Un joven colombiano llamado Gabriel García, estudiante de derecho y apasionado de la escritura en la década del cuarenta, decide emprender la huida de la ciudad capital Bogotá. Su universidad es cerrada indefinidamente y la pensión donde se hospeda es incendiada. El motivo, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, uno de los líderes populares más influyentes del siglo pasado para Colombia, quien días antes se había entrevistado con un grupo de estudiantes procedentes de La Habana, entre ellos se encontraba un joven llamado Fidel Castro.

La muerte de Gaitán desencadenaría uno de los episodios más relevantes de la historia colombiana, “El Bogotazo”, movimiento de enormes protestas populares, episodios de violencia, represión y desorden en el centro de la ciudad.

Este hecho lo vivirían los dos jóvenes. Fidel participaría en los disturbios activamente con su fusil Mauser disparando contra el Ministerio de Guerra Colombiano. En un avión que recogería unos toros para una corrida regresaría a Cuba. Para Gabriel los hechos le alterarían su forma de vida en Bogotá y se trasladaría a la Universidad de Cartagena para continuar sus estudios de Derecho.

 

Gabriel ya en Cartagena empezaría a trabajar como reportero de El Universal, desistiría en ser abogado -nunca terminaría sus estudios superiores- y sus cualidades en el periodismo hacen que trabaje como reportero y columnista para un diario trasladándose a Barranquilla. En los siguientes años se casaría y tendría algunos hijos.

Fidel se había convertido en el gran líder de la Revolución Cubana triunfante el 1 de enero de 1959. Encabezaría uno de los pensamientos anticolonialistas más poderosos y pondría en cuestionamiento el poder imperial de los Estados Unidos sobre la autodeterminación de los pueblos, en este caso el pueblo cubano.

Un día de enero de 1959, en el éxtasis del triunfo revolucionario en Cuba, llegaría el día del encuentro de estos dos hombres, cuando Gabriel visitó la isla como periodista para cubrir los hechos que encabezaba un “barbudo”. Ahí se conocerían por primera vez e iniciarían una larga amistad. Ambos jóvenes decididamente deseaban cambiar sus respectivos mundos, uno en la literatura, otro en la política, entre plumas y fusiles, máquinas de escribir y cañones, guayaberas y trajes verde olivo, entre cafés, habanos, decretos y ensayos, ambos se insertarían en la historia de mundo y serían piezas fundamentales para la historia latinoamericana.

Al tiempo, Fidel invitaría a Gabriel a viajar y radicarse en Cuba para formar parte de la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina, en donde desarrollaría un gran sentido del periodismo y de los problemas comunes de los pueblos latinoamericanos, escribiría grandes artículos, reportajes y notas como corresponsal. Tras diversas situaciones, desde amenazas de la CIA y los disidentes cubanos radicados en Miami, así como querer escribir en otro contexto social y político lo llevarían a radicarse en México, años después será galardonado con el Premio Nobel de Literatura, su amigo Fidel le enviaría mil quinientas botellas de ron cubano a Estocolmo en señal de felicitación. Ambos platicarían de ello en la casa de Gabriel en la Marina Hemingway al oeste de La Habana.

Gabriel tendría tanta cercanía con su amigo cubano que, dicen, le mandaría los borradores de sus novelas para que los leyera, y más aún, permitirle hacerle apuntes, notas y observaciones. La amistad de Fidel le causaría al colombiano duras críticas en los círculos políticos y literarios en donde la Revolución cubana se veía como una utopía fallida. La amistad perduró más de medio siglo.

A lo largo de las décadas desde aquel no encuentro en Bogotá, ambos librarían sus propias batallas, resistirían los fogonazos de la vida y conversarían sobre ellos. Una mañana de abril de 2014, Gabriel fallecería en su casa de la Ciudad de México, desde La Habana, Fidel expresaría la pérdida de su entrañable amigo, era “un hombre con bondad de niño y talento cósmico”, según el líder de la Revolución cubana que lo ha evocado como “un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla”.

A continuación, para dimensionar su amistad basada en la literatura, Gabriel cuenta sobre Fidel (texto publicado en El Olor de la Guayaba, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1982). Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos, y aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío. Yo le he dejado un libro al despedirnos a las cuatro de la madrugada, después de una noche entera de conversación, y a las doce del día he vuelto a encontrarlo con el libro ya leído. Además, es un lector tan atento y minucioso, que encuentra contradicciones y datos falsos donde uno menos se lo imagina. Después de leer Relato de un náufrago, fue a mi hotel sólo para decirme que había un error en el cálculo de la velocidad del barco, de modo que la hora de llegada no pudo ser la que yo dije. Tenía razón. De modo que, antes de publicar Crónica de una muerte anunciada, le llevé los originales, y el me señaló un error en las especificaciones del fusil de cacería. Uno siente que le gusta el mundo de la literatura, que se siente muy cómodo dentro de él, y se complace en cuidar la forma literaria de sus discursos escritos, que son cada vez más frecuentes. En cierta ocasión, no sin cierto aire de melancolía, me dijo: “En mi próxima reencarnación yo quiero ser escritor”.

 

¡Participa!