Opinión

Sin maíz no hay país(primera de dos) / Enrique F. Pasillas

 

El título del presente artículo alude a una campaña nacional (www.sinmaiznohaypais.org) que intenta poner freno a la liberación en la siembra y cultivo del maíz transgénico en México a cargo de poderosas multinacionales de la biotecnología. Un transgénico es un organismo o un ser vivo modificado genéticamente (abreviado, OMG, OGM o GMO, este último es un acrónimo del inglés genetically modified organism) cuyo material genético es manipulado en laboratorios donde fue diseñado o alterado con el fin de darle alguna característica específica. Ciertamente, la práctica de modificar genéticamente las especies para uso y consumo humano es objeto de controversia entre los sectores a favor de la biotecnología y los sectores ambientalistas en contra de la misma. También es claro que la biotecnología aplicada a la agricultura ayuda en algunos casos a mejorar y en otros a controlar la producción de alimentos, a fin de lograr mayores ganancias para las empresas que desarrollan semillas modificadas genéticamente. Empresas multinacionales como Monsanto, Bayer, Syngenta, o Pioneer Dow Agroscience son buenos ejemplos.

Al parecer, existen evidencias científicas sólidas de que en los países en los que se han introducido cultivo transgénicos, Estados Unidos de América señaladamente, se observan daños para la salud o el ambiente. Así, los científicos comprometidos con la sociedad, como en México la UCCS (http://www.uccs.mx) entre otros colectivos y asociaciones de la sociedad civil piden una prudente valoración caso por caso de cada producto o proceso antes de su difusión, para afrontar las preocupaciones legítimas de la sociedad mexicana por la seguridad alimentaria y humana.

Entre los daños que provocan los transgénicos se cuenta resistencia a los antibióticos, mayor nivel de residuos tóxicos en los alimentos y por ende daños a la salud, y un impacto ambiental negativo de los cultivos, entre otros. Se trata de una batalla que aún le queda mucho por recorrer y cuya verdad muchas veces no conocemos debido a los grandes intereses comerciales que están en juego, muchas veces en contubernio con los gobiernos en turno.

He aquí una lista no extensiva de los principales cereales, vegetales y aditivos modificados genéticamente que probablemente todos los ciudadanos consumimos o hemos consumido en más de una ocasión: sorgo, soya, azúcar, papaya, calabaza, productos lácteos, aspartame, aceite de Canola o algodón. Y desde luego que el maíz, donde casi la mitad de todas las granjas de Estados Unidos cultivan maíz modificado de Monsanto, que en gran parte se destina al consumo humano. El maíz transgénico de Monsanto ha sido vinculado por estudios clínicos serios a numerosos problemas de salud, incluyendo el aumento de peso y los trastornos orgánicos.

México, que posee una rica variedad de razas o especies de maíz desde tiempos ancestrales, sufre el embate de las multinacionales mencionadas que intentan adueñarse de los genes del mejor y más variado maíz del hemisferio norte. “Hay frecuentemente muchos más tipos de maíz en una sola localidad de México que en todos los Estados Unidos”. Edgar Anderson, 1946.

Así las cosas, es sabido que el México de hoy, pudiendo ser una potencia agroalimentaria, padece crónicamente de carencias para ser autosuficiente en la producción de los alimentos que los mexicanos consumimos, lo que nos vuelve altamente dependientes del exterior, lo que significa un grave problema de seguridad nacional que los gobiernos neoliberales han soslayado sistemáticamente. Porque actualmente México importa aproximadamente el 33% del maíz que consume, en su mayoría de Estados Unidos. Globalmente, México importa ya el 45% de los alimentos que consume. Dichos alimentos se pagan en dólares en el mercado internacional, de modo que quien se atreva a decirnos que la devaluación (depreciación, le llaman socarronamente los tecnócratas) de la moneda no encarece los alimentos que consumimos todos los días en todo el país, miente descaradamente.

Pero más allá del tema de los precios de los alimentos en el mercado internacional, la pregunta más importante es: ¿Qué efectos tendrán estos cambios en la alimentación de los mexicanos a mediano y largo plazo? ¿Cómo afectarán a la salud de los ciudadanos los alimentos transgénicos de origen extranjero que ya consumimos, con especial énfasis en el maíz? Ante la duda razonable, el principio de precaución en materia ambiental debería prevalecer sobre cualquier otro tipo de consideración comercial o política.

@efpasillas

 


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Enrique F. Pasillas

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