Opinión

De Tlatelolco a Iguala / Enrique F. Pasillas en LJA

Para Alejandra la pacificadora

1968 fue un año peculiar en la historia del mundo. La fuerza desplegada por los masivos movimientos estudiantiles en Praga o en París, el rechazo generalizado en Estados Unidos a la guerra de Vietnam, los asesinatos del reverendo King y de Robert Kennedy, los Black Panters, los Beatles, los Rolling Stones, el peace and love de los hippies o la consolidación del proyecto socialista chileno encabezado por el doctor Salvador Allende. También fue el año de los juegos olímpicos en México y el de la noche de Tlatelolco.

Así que en vísperas del 2 de octubre pasado corrían por la redes sociales todo tipo de fotos, memes y recordatorios sobre lo mucho que ha cambiado nuestro país en los 47 años transcurridos desde la matanza de estudiantes (hoy, casi 50 años después, todavía no sabemos con certeza cuántas personas fueron asesinadas durante las refriegas del 2 de octubre de 1968, ni existen funcionarios procesados o sentenciados por esos hechos) en La Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

Es verdad que hemos cambiado en cierto sentido, o como dice alguien: “nosotros ya no somos los mismos”. El problema es que ellos sí son los mismos -cambian nombres y caras, pero no el talante regresivo y autoritario- desde hace 47 años. Entre los memes había una foto de la manifestación y mitin en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, donde se aprecia una plaza llena de gente unas horas antes de la matanza. La foto fue posteada por mi buen amigo Ricardo Rodríguez Vargas, quien apostillaba con tino que un pueblo que no aprende de su historia está condenado a repetirla. Esa misma historia a la que ya Cicerón denominaba “maestra de vida”, la que Miguel de Cervantes llamó “madre de la verdad”. Nada más cierto. Los graves sucesos de 1968 en Tlatelolco nos enseñaron la peor cara de un régimen sangriento, corrupto y represor de partido único que empezaba a descomponerse de manera evidente. Hoy, en 2015, después de una fallida e inacabada transición democrática que parece no terminar para pretender en cambio regresarnos a las etapas más negras de la historia reciente de México; la descomposición de décadas de un régimen que no es ni dictadura ni democracia, como han señalado muchos estudiosos del tema, parece tocar fondos tan graves como los de Tanhuato, Tlatlaya, San Fernando o Iguala, por citar sólo los más graves y conocidos casos de violaciones masivas a los derechos humanos de los mexicanos, y que a su vez que son fiel reflejo el nivel de pudrición alcanzada ante el estupor, la indignación y el miedo de grandes sectores de la población nacional, que presencian día a día como su país se va al garete en manos de una clase política y empresarial dirigente alineadas y alienadas con y por los grandes intereses del capital trasnacional para preservar un estado de cosas que justifica y sustenta un “capitalismo de cuates” que beneficia a unos cuantos en perjuicio de las mayorías. La historia de cómo hemos llegado hasta donde estamos está aún por contarse, pero ciertamente lo que no se puede hacer es mirar para otro lado y pretender que no pasa nada en un país donde según la propia cuenta oficial rozamos ya los 25 mil desaparecidos. De allí la emergencia por todo el país de vigorosos movimientos sociales que cuestionan el estado de cosas imperantes y proponen cambios urgentes ante la inoperancia de las instituciones públicas y privadas.

 

Porque en 2015 parece claro que México, con su profunda desigualdad social, su economía en crisis, sus bajos salarios, su bajísimo crecimiento, sus ingentes retos en materia de servicios públicos, infraestructura, o la urgente construcción de un verdadero Estado de Derecho con efectiva división de poderes donde haya contrapesos, transparencia y rendición de cuentas; reclama una refundación del pacto político sobre el que descansa el proyecto de nación mexicano para las décadas por venir. Testigo privilegiado y presencial de los hechos del 68, Elena Poniatowska lo dice muy claro: “México vive hoy un dos de octubre interminable”. Por ello, y porque no puede haber justicia sin verdad, ni perdón ni olvido.

@efpasillas

 


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Enrique F. Pasillas

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