Opinión

¡Ni perdón, ni olvido! / H+D

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La lucha del hombre contra el poder

es la lucha de la memoria contra el olvido.

Milan Kundera

 

2 de octubre de 2015. El olvido empolva lo que toca, lo cubre, lo cierne, lo aleja de la realidad, lo convierte en artificios engañosos, lo disfraza de historia oficial, de verdad histórica, el olvido es un burócrata bien pagado, alineado, dócil, servil, cada mañana hace su trabajo, borra constantemente las historias de los otros a los cuales desprecia, a lo que mancilla, a los que nada tienen más que su memoria, el olvido los descalifica, los ensucia, los confunde, los entorpece. El olvido tiene amigos poderosos, amigos de casas blancas, de manos duras, amigos que asumen la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del poder, amigos tenebrosos, el olvido tiene también socios inseparables en la radio, en los diarios, en la televisión, el olvido cuenta con un vasto armado de colaboradores agazapados que esconden los hechos, que transforman la nota, que dan el estado del tiempo en los días soleados.

El olvido barre la sangre de las plazas, de las calles, depura, limpia, recoge los zapatos olvidados en el lugar, destruye los libros rojos, los manifiestos, los afiches, los símbolos de barba y boina, borra toda huella, deja el lugar aséptico, quema todo a su paso, carteles, mantas, consignas, gritos, el olvido se inmola a sí mismo, no deja huellas, ni rastros, ni testigos. El olvido después de pasado el tiempo se arropa, se cubre de los fulgores de los memoriosos, de los iracundos de recuerdos, el olvido se envuelve con un manto de asquerosa impunidad, un manto fétido y fuerte como el acero de las instituciones, un manto de excrementos, desdeño y desinterés, de confort y comodidad, aunque si los memoriosos continúan, el olvido se pone fiero, frunce el ceño, se peina, se copetea, escupe demagogia y pulcritud, increpa, ensordece con su discurso agrio para enmudecer cualquier otra voz, golpea duro y hiere y mata, asesina y regresa a su olvido para multiplicarse en las vanidades del poder, el indulto, la arrogancia, cierra filas con sus adoradores que lo idolatran y lo enaltecen en pro del futuro, ahí junto a sus feligreses imparte la ceremonia de la negación y la impunidad.

Fuera de toda esta podredumbre queda la dignidad, la dignidad que es memoria, la memoria que es identidad, la identidad que es patria. La memoria aparece y produce luz, ilumina a los pueblos, sus luchas, sus muertos, la sangre derramada, la memoria es experiencia vivida, es verbo y carne, rompe toda barrera, excava todo escombro, limpia el polvo del olvido, la memoria es valiente, pone el cuerpo, se arriesga al tolete, al gas lacrimógeno, a los caballos furibundos, a los escudos hambrientos de abollar ideologías, la memoria vuelve cada vez y pone el cuerpo, se despierta cada mañana, cuando está muy adolorida no duerme, no descansa, busca, rememora, recuerda dolorosamente, a lo lejos si lo logra se transforma amorosa y dulcemente, despierta conciencias, esperanzas, dignidades, enfrenta el olvido, la amnesia.

Sin memoria no hay más que la muerte, nada aconteció, sin memoria todo es vacío, la memoria es necia y arisca, terca, constante, obstinada, se acrecienta respirando un presente perpetuo, se vitaliza, porque la memoria soy yo y es el otro, es patria y es raíz, es la consigna, el camino, el mensaje, el grito iracundo, la lágrima suelta, la rabia ahogada, la esperanza apretada en un cantito, en una frase, en un gesto, una señal, la memoria son las manos juntas, los pasos retumbantes en la plaza, el hombro a hombro, el ni un paso atrás, el no pasarán, la memoria son las ausencias, las muertes, las desapariciones, la memoria está siempre en la marginalidad.

En la memoria la identidad se forma como respuesta al olvido, al otro, al que olvida, al que calla, al que esconde. El olvido es la muerte y la destrucción, la memoria es vida, se construye, se edifica en la unidad, en lo colectivo, ahí reproduce, ahí nace y vive eternamente, si se le cuida, si se le protege, si se le alimenta, si se le acompaña. La memoria madura y se hace adulta, enseña, dicta, actúa, aspira a un futuro mejor, a la igualdad, la dignidad, la equidad, la libertad. La memoria es intemporal, es pasado, es presente, es futuro. La memoria está urdida de entrañas para no olvidar, está hecha para ser la identidad de los pueblos, la memoria no es rencor, ni odio, la memoria es guía y sendero, es amor, es justicia y lucha contra la impunidad.

De Tlatelolco emerge y se suma una identidad de país, surge la juventud combativa, rebelde, utópica, de ilusiones, de construcción de patria, la juventud que cree y crece, la generación que creyó, que cayó, que lo dejó todo, que no le alcanzó, que dejó un sendero, que ahora se camina con más fuerza, de Tlatelolco surge una ética, una ética de la memoria, de la justicia por el otro, el que nada tiene, el que todo lo sueña, el que todo comparte, que sólo es juventud, el que sólo es futuro, y ahí se suman todos los otros, los que no participan de la centralidad de la historia, los subalternos, los marginales, los desaparecidos, los muertos, los que el olvido tironea y sepulta cada mañana en sus palacios de mármol ensangrentado, pero la memoria va por ese otro, lo trae, lo acoge, lo recuerda, así le hace una mínima justicia, lo mantiene vivo, porque la muerte, la verdadera muerte, no es más que esto, el olvido.

 

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