Opinión

Que el obispo opine, pero que argumente / Disenso

Hace 19 años, el 22 de octubre de 1996, Juan Pablo II firmó un mensaje para los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias donde discurría sobre varias cuestiones referentes a la evolución: primeramente, reconocía como una empresa en la que llevaba ya años la iglesia católica el asunto de la interpretación sobre la teoría de la evolución y en sobre si ésta representaba o no una contradicción para las creencias que su gremio asumía. En dicho mensaje recalcaba la importancia de hacer una mejor interpretación histórica con el fin de mejorar sus reflexiones teológicas:

Hoy […], nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría. Además, la elaboración de una teoría como la de la evolución, que obedece a la exigencia de homogeneidad con los datos de la observación, toma ciertas nociones de la filosofía de la naturaleza.

Y, a decir verdad, más que de la teoría de la evolución, conviene hablar de las teorías de la evolución. Esta pluralidad afecta, por una parte, a la diversidad de las explicaciones que se han propuesto con respecto al mecanismo de la evolución, y, por otra, a las diversas filosofías a las que se refiere. Existen también lecturas materialistas y reduccionistas, al igual que lecturas espiritualistas. Aquí el juicio compete propiamente a la filosofía y, luego, a la teología.

El Magisterio de la Iglesia está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre, acerca del cual la Revelación nos enseña que fue creado a imagen y semejanza de Dios. […] En otras palabras, el hombre no debería subordinarse, como simple medio o mero instrumento, ni a la especie ni a la sociedad; tiene valor por sí mismo. Es una persona. […] En virtud de su alma espiritual, toda la persona, incluyendo su cuerpo, posee esa dignidad. Pío XII había destacado este punto esencial: el cuerpo humano tiene su origen en la materia viva que existe antes que él, pero el alma espiritual es creada inmediatamente por Dios”.

Posteriormente, establece, con una elegantísima sutileza, que el hombre entonces debe ser una discontinuidad ontológica con las demás especies y que la ciencia no tiene la forma de establecer las medidas para ese salto en la continuidad de la naturaleza. En palabras mucho menos elegantes: que en algún punto de la evolución, dios insufló un alma a una especie animal -sabemos que homínida- y que de ahí se desprende el concepto de lo humano en términos metafísicos.

Esta semana, el obispo de la diócesis de Aguascalientes, José María Torre, comparó la homosexualidad con la diabetes, la sífilis y la gonorrea para establecer que reconocer los derechos civiles de los homosexuales era como premiar a un enfermo con una medalla. Como en varias ocasiones lo he señalado, no creo que se deba censurar una opinión, incluso si ésta resulta escandalosa. Aunque ciertamente me sorprende que los medios sigan atendiendo y buscando la del obispo, me parece importante el ejercicio de la respuesta, porque su opinión no debe ser acallada con censura, sino con argumentos. O, por lo menos, con la exigencia de sustento para esa opinión. Vamos, que la investidura no da derecho per se a decir cualquier cosa sin intentar siquiera soportarla con algún argumento. ¿Y cuáles serán los del obispo ya que él no se ha esforzado por darlos? Porque opinar sin un fundamento es una mera palabrería, y sin ellos, su opinión vale lo mismo que la de cualquier otro ciudadano, por lo cual se recalca lo sorprendente que es que a él le apresten los micrófonos, le ofrezcan palestra.

A estas alturas alguien debería avisarle al señor obispo que su opinión es mera palabrería y que está errada además -a falta de mejores argumentos- porque contradice incluso a su propia Iglesia. A saber, porque su Iglesia reconoce la ciencia y los avances en el tema de la evolución, que como vemos desde hace casi 20 años son tomados muy en serio, con lo cual debería saber algo -siquiera para debatirlo- sobre los avances genéticos que señalan correlaciones con la homosexualidad, como el famoso gen Xq28. Aunque se puede discutir (¡lo bello de la ciencia!), hay evidencia científica de que existen componentes genéticos para la configuración de la heterosexualidad y la homosexualidad. Analogar la orientación sexual con una enfermedad es absolutamente absurdo, porque no hay ningún deterioro de las funciones del cuerpo en la primera condición. Por otro lado, forman parte del devenir biológico aceptado por la propia religión. Y finalmente, porque, según su creencia, dios concede el alma -y con ello, en palabras de Juan Pablo II- la dignidad, después de la materialización de hombre (lo que sea que eso quiera decir) y como dice la carta: “En virtud de su alma espiritual, toda la persona, incluyendo su cuerpo, posee esa dignidad”. He aquí la contradicción con la propia doctrina que el señor obispo representa.

Finalmente, aunque no es mi campo de estudio ni de interés, Juan Pablo II dice que después de la ciencia sigue la reflexión filosófica y después la teología, es decir, que supongo que muchos de estas posturas deben estar basadas en los propios textos sagrados y la reflexión sobre éstos. Los argumentos contra la homosexualidad que se toman de La Biblia, son principalmente una cita del Génesis (19:1-13) y la otra del Levítico (18:22), la primera narra la extrañísima historia en que Lot recibe en su casa a unos ángeles y los pueblerinos vienen a buscar a esos bellos hombres para acostarse con ellos, Yahveh los rechaza y castiga con contundencia. En el caso del segundo libro se escribe contundente, en las relaciones prohibidas: “No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación.” No hay duda alguna: basar los juicios morales en esas citas textuales parece contundente, si aceptas la autoridad de El Libro. Es justo decir también que el mismo Levítico prohíbe a los hombres cortar su barba (19:27) o que quien coma la carne después del tercer día de haber matado al animal en sacrificio debe ser eliminado (19:8) y que en la historia de Lot, antes que permitir “tal perversidad” de las relaciones homosexuales éste ofrece a la turba enardecida a sus dos hijas vírgenes “para que hagan con ella lo que les plazca”. No sé a usted, lector, pero a mí me parece que basar sin más los juicios morales en tales textos sin discutirlos seriamente sería, al menos, insensato.

/alexvazquezzuniga

 


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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