Opinión

Fito, el eterno pibe que no para / H+D

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-¿Vos sos Fito? ¿Querés tocar conmigo?.

Me miró y se puso a llorar al toque.

Charly García

 

Estoy aventurándome, estoy escribiendo en caliente, no estoy pensando ni en cómo desarrollaré el tema, ni en la sintaxis o en ordenar las ideas, tampoco pienso en el director editorial o el director del diario, ni si alguien leerá esto o pensar que debería escribir un texto que mencionara que este espacio está dedicado al diseño principalmente entre otras minuciosidades y que con este escrito cumple un par de años de publicación en este diario. Tampoco estoy pensando en si será un texto largo o corto que se ajuste a la normativa de espacio, a la diagramación editorial, no me interesa, no por rebeldía, simplemente porque la pluma deberá parar donde ella lo decida, hoy quiero darme ese lujo.

Quiero escribir de diseño que es lo que nos compete y lo que me apasiona, pero si de pasión hablamos no puedo sacarme de la cabeza y del cuerpo tembloroso todavía los acordes, las notas resonantes en el piano, el ruido armónico de los amplificadores y la voz del rosarino.

La pasada semana en menos de cuatro días lo vi dos veces, lejos del fanatismo o la idolatría, no, mis sentimientos hacia con Fito pasan por otros canales, menos superfluos y livianos, pasan por canales más hondos, más densos. Asistí a verlo acá en México, en diferentes ciudades y diferentes escenarios, con temperaturas, gentes y humores diferentes, pero Fito tiene una esencia, algo místico que se guarda detrás de los anteojos negros y que sabe ocultar tras esa maraña de cabellos disparatados que una vez que te envuelven, te atrapan. Lo podría haber visto una tercera, cuarta vez en una semana, caí en cuentas que podría hacer esto como un rito cíclico, y me pregunté mientras viajaba en mi pequeño vehículo cientos de kilómetros para escuchar tocar un piano y una guitarra y desafinar un poco, ¿qué es lo que me hacía llegar hasta ahí, que me hacía abstraerme de la cotidianidad del mundo, de la facultad, el instituto, la casa, los compromisos, que me hace llegar hasta ahí? ¿qué me hace volver y volver a un concierto de Páez?

Aquí todavía con esta temblorina no logro descifrarlo, no capto cómo empezó todo, aunque como toda gran historia comenzó una noche, llegó el día que después de cumplir la mayoría de edad asistí despistadamente a un teatro, sin el mínimo conocimiento, sin expectativa, sin aproximación o advertencia previa, no me lo olvido nunca más, saldría distinto de ese lugar, ahí me partió la cabeza en dos con un hacha afilada de letras y músicas, ahí escuché a Fito por primera vez. Nada volvería a ser igual.

Entré al mundo Fito, al mundo de la obra de Fito, ahí me consumí, me puso en llamas. Cada canción llevaba a un sendero que continuaba en laberintos de locura, de pasión, de rabia, de amor, de desilusión, de odio, magia y enigmas. No soy un crítico de rock, no voy hacer la cronología de la obra de Páez, lamento si llego hasta acá con esa idea, y no porque no tenga los elementos para hacerlo sino y simplemente porque la obra de Páez habla por ella misma de manera tan potente que cualquier aproximación es interferencia. Ocupa uno de los lugares más brillantes de la cultura musical de América.

Y así trato de responderme por qué viajo, me banco horas de espera, la compra del tiquete, por qué recurro a las músicas de Fito una y otra vez, mi amada compañera de ruta me lo hace ver, devela una hipótesis, ¡Fito nunca es igual aunque sea el mismo!. El planteamiento cobra sentido y me acomoda las fichas, he tenido la fortuna de verlo hasta la saciedad, sea en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires mientras llovía y recitaba a pura voz vibrante y cansada o en la Mansión Seré conmemorando otro aniversario del último golpe militar en Argentina, fuera en San Miguel o en Tigre, en el Monumental de River, hallarse en la catedral que es el Luna Park, en los teatros de México o en el mítico concierto en la 9 de Julio en pleno día del Bicentenario Argentino cuando más de un millón de personas lo acompañamos en cada acorde lleno de fiesta y música, llenos de futuro. Por él y por ella estaba en Buenos Aires -él no lo sabrá y ella no sé si lo entiende-, que suerte verlo no parar, que suerte verlo tocar en estos tiempos y en esa noche donde los juegos pirotécnicos serían interminables.

Pero vuelvo, Fito siempre es él, pero es distinto, hay algo que se transforma, que muta, que se altera, que permuta y camina perpetuamente, como un reloj exacto y riguroso que no para. Fito no para, sigue con una precisión milimétrica que entre cada tic-tac se permite el caos, la locura, la certeza, la desorientación que sólo el chamán de la tribu puede percibir y expresar. Fito no para, es un eterno apasionado del sonido, de la palabra incesante, a veces amorosa, a veces maldita. Fito no para y sigue jugando a ser un pibe, juega a crecer y no para, un pibe que tiene algo que decir y se rompe las ropas para hacerlo, un pibe que crea y no para, y sigue sin detenerse, es imposible, porque detenerse es olvidarse de jugar. Y lo veo ahí, en el vuelo del piano y los acordes, de las letras pontificadas y las músicas nuevas, lo veo ahí jugando y no para, aunque algo en él lo atore y regrese a dejar un sonido, una nota, un acorde perfecto, no para y termina en disonancia, en suave estridencia tal vez pensando que en el próximo encuentro con la música saldrá airoso. Aunque sabe de antemano que no será así, tal vez por eso no para. Si lo dejaran no haría otra cosa. Y en el próximo encuentro vuelve y lo intenta una vez más, y no para, aunque trate de suspender el tiempo, los acordes de su piano crean otra dimensión temporal que bien me puede llevar a la casa de la infancia, al amor de mi vida, al terror de la soledad o la esperanza soleada, a Caballito, al río Paraná, a Medellín, al Perú, a Tucumán, el malecón de La Habana, a la calle Rivadavia, a Mataderos, al Abasto, a mi Buenos Aires querido. Fito que no para, acelera el tiempo mientras tira notas y compone fantasías.

Fito no para, es un pibe necio y terco, no entiende si es un estadio, una sala de grabación, el living de su casa, un concierto, no sabe de provincias, capitales, teatros, festivales o ferias, Fito llega y no para, se calza el piano, se ajusta la voz, se revolotea el cabello y aparece, aparece el pibe distraídamente meticuloso, el liviano y obsesivo, el talento asombroso, no para, sigue tocando, tocando, su obra se desangra, se rescata, se reconstruye, la acecha la incertidumbre y el sigue ahí poniéndose la música en el pecho. Fito al final no para, va y vive ahí cada tic-tac hasta que la voz no dé mucho más y los dedos le digan que hay que ir a descansar para el próximo encuentro.

¡Participa!