Opinión

Hasta los huesos / Cinefilia con derecho  

René Castillo es uno de los más importantes animadores de México, con base en la técnica del Stop motion que domina a la perfección, creó dos cortometrajes que marcaron desde los inicios su carrera: Sin sostén (1998) y Hasta los huesos (2001). Sin embargo, su ingenio y arte fueron arrastrados y dirigidos más hacia el negocio que al cine, dejó de experimentar con historias llenas de plastilina para dedicarse a la mercadotecnia y la animación con fines comerciales a través de su estudio Mandaraka.

En Hasta los Huesos, vemos la historia de un hombre en cuyo funeral, al ser enterrado, abre los ojos dentro de un ataúd sin saberse muerto, es jalado al inframundo, representado en forma de un cabaret, acongojado y asediado por un gusano que quiere comerse lo que le queda de carne, se sienta, aún con todo su cuerpo intacto, en una mesa a beber desconsolado. Resistiéndose a considerarse un difunto, aparece en el escenario la elegante catrina interpretando, en voz de Eugenia León, la canción vernácula La Llorona, ofreciéndole, con su sensual voz, el consuelo y la resignación para quedarse en el más allá.

Me maravilla ese cortometraje, que en tan sólo 12 minutos hace un recuento de una de las tradiciones de mayor envergadura en México, el Día de Muertos. En esta fiesta la Llorona es fundamental, ese mito prehispánico que trasciende hasta nuestros días y que en tantas y diversas formas se ha materializado en la cultura, ya en la plástica, el cine, la literatura y en lo personal me fascina su parte musical, pues la canción popular de autor anónimo es fantástica, todo cantautor mexicano que se precie en la actualidad de ser alternativo, debe tener su personal versión, las hay que navegan por un folclorismo contemporáneo imitando a Lola Beltrán, Lucha Villa o la Vargas (Eugenia León, Lila Downs, Ely Guerra, Ximena Sariñana y un largo etcétera) las pseudo intelectuales (Rubén Albarrán acompañado con el sitarista Paul Livingstone) pero me encantan las que hacen reinterpretaciones con ritmos más atrevidos, como la increíblemente rockera de Caifanes (el grupo en su máximo esplendor) o la jazzística de Charles Lloyd, y últimamente mi favorita es esa mezcla de géneros de la mano de Beirut, en su disco March of the Zapotec, grabado en Oaxaca, Zach Condon demuestra cómo fusionar géneros con música tradicional mexicana, una auténtica maravilla.  

En Hasta los huesos, un elemento fundamental de su iconografía son las distintas calaveras personificadas, esas figuras de barro o de dulce que en la tradición mexicana son invaluables, sobre todo las clásicas de revolucionarios; aún en el tianguis de los muertitos, podemos encontrar algunos de estos afiches, ya son muy pocos los artesanos que manejan esta clase de artesanía.

La Catrina, ese ícono popular del hidrocálido Guadalupe Posada, ahora es el marco de nuestro ya épico Festival de las Calaveras, un referente cultural nacional; y es que cualquiera que vaya a este conjunto de actividades hidrocálidas se quedará sumamente complacido de todas las actividades: grandes conciertos, altares vivientes, comida tradicional, corridas de toros, espectáculos, y claro que todo está encantadoramente adornado en las instalaciones de la Isla San Marcos. Es seductor caminar en el área de productos regionales, pude comprar un rico aderezo de El pollo griego, tomar una copa de vino hidrocálido y hasta una cajeta muy casera, retomando lo fundamental de una feria, los expositores estatales y nacionales muestran sus productos para la complacencia de todos los que asistimos.  

Además el lunes pasado estuve en un majestuoso concierto de Fito Paez, encantador porque el lugar no estaba a reventar, sólo había auténticos fans, Godínez sin corbata, viejos rockeros que hoy lucen el estrago de los años, algunos neófitos que acudían a su primer encuentro con el maese, y Fito respondió con el nivel y la fuerza de su música, con la guitarra o en el piano, con esa voz inigualable. Nuestro festival, que terminó el día de ayer, de nueva cuenta pone en el estrado nacional a Aguascalientes, y no sólo es la fiesta, son los indicadores, los resultados en todos los ámbitos, por supuesto la seguridad, en suma lo maravilloso de vivir en tierras aquicalidenses y poder estar un lunes cualquiera cantando a todo pulmón que nos gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa, sin pertenecer a ningún istmo.   

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Rubén Díaz López

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