Opinión

Felicidad, suerte y democracia / El peso de las razones

Los griegos lo sabían: la felicidad no es para todos. Aristóteles fue tremendamente realista: no se puede ser feliz sin el suficiente dinero para no preocuparse por él, sin salud, sin amigos, si se es muy feo (en tiempos del filósofo de Estagira no existían cirujanos plásticos, bótox ni liposucciones). Los griegos concebían la felicidad no como un estado momentáneo de satisfacción, placer o alegría. Si la felicidad es el fin último de los seres humanos, al cual se ordenan todos los demás fines, éste debe ser perfecto. No es concebible una felicidad fugaz ni pasajera. Por ello, Aristóteles pensó que la felicidad estaba ligada a una forma o a distintas formas de vida particulares. También debía reflejar a la naturaleza humana misma.

Aquellos que dedican su vida a la consecución de distintos placeres se equivocan: se comportan como pequeñas bestias, haciendo su vida semejante a la de los animales. Una vida así -pensaron- es indigna para un ser humano. También hay aquellos que dedican su vida a la acumulación de dinero o fama: otra vez se equivocan. Confunden medios con fines. Buscamos dinero u honor porque éstos nos permiten algo más, son medios para la obtención de otras cosas: con el dinero compramos comida, ropa y distintos útiles; el honor nos otorga favores. Pero también hay otras formas de vida más adecuadas para la felicidad: aquellas volcadas a la vida práctica o al conocimiento. La más perfecta es la última. Sin embargo, no todos tienen la mente necesaria para vivir una vida de reflexión y ciencia. A los no muy brillantes les espera una vida de negocios o política.

La felicidad, por lo visto, no puede ser para todos. Tampoco se trata sólo de esfuerzo y lucha. La felicidad no es sólo para los dedicados. La naturaleza provee a algunos de las cualidades necesarias para ser feliz, a otros los desprovee. No a todos les toca el premio en la rifa de la existencia. La vida es injusta y los griegos lo sabían de sobra. No basta con desear y esforzarse por ser guerrero: los flacuchos y chaparros no están capacitados para luchar. No basta con desear y esforzarse por ser científico: se necesitan disposiciones mentales que una vida de lecturas no puede proporcionar si la naturaleza no lo hizo antes. Recuerden el lema de la vieja Universidad de Salamanca: “Quod natura non dat, Salmantica non praestat” (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo añade).

Pero la historia no acaba ahí. La naturaleza puede proveernos de las mejores herramientas para ser felices, nosotros podemos secundarlas con esfuerzo, pero la suerte puede estar en nuestra contra. Nosotros no controlamos todas las consecuencias de nuestros actos y mucho menos las de los otros. La vida es una extensísima red de conexiones, encuentros y desencuentros, todos ajenos a las intenciones de los humanos. La felicidad necesita de los buenos vientos de la fortuna. Somos como la vid del poema de Píndaro: “la excelencia humana/ crece como una vid/ nutrida del fresco rocío/ y alzada al húmedo cielo/ entre los hombre sabios y justos. / Necesitamos cosas muy diversas de aquellos a quienes amamos/ sobre todo en el infortunio, aunque también el gozo/ busca unos ojos en lo que confiar”.

La ética griega, casi en su totalidad, puede ser entendida como una respuesta a cómo vivir a merced de la fortuna. Las distintas virtudes, para los griegos, son las herramientas para navegar en el embravecido mar de la tyché. Somos terriblemente vulnerables, por ello debemos ser virtuosos.

Esta imagen griega de la existencia y excelencia humanas fue perturbada al menos en dos momentos históricos. El primero aparece con la llegada del cristianismo. Los seguidores de Cristo democratizaron la felicidad: todos somos iguales a los ojos de Dios, y por ello todos podemos ser felices. Pero los primeros cristianos no eran ingenuos: sabían que los griegos no se equivocaron y que en esta vida no todos podemos ser felices. Por ello imaginaron otra vida, una más plena, real y eterna. Una a lado de su dios, que cualquiera podía compartir con él si obedecía sus mandatos. Sólo en este contexto podemos entender los contraintuitivos y escandalosos versos de Teresa de Ávila: “Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”. Ecos de esta felicidad democrática ahora resuenan en el American dream: donde cualquier ser humano (en particular y especial los estadounidenses) pueden lograr sus objetivos en la vida únicamente con el esfuerzo y la determinación.

El segundo momento está contenido en la médula misma del espíritu posmoderno. La desestructuración de la vida posmoderna hace imposible la consecución jerarquizada de nuestro fin último: la felicidad. Para los griegos el orden vital y la jerarquización (ajenos hoy a pandas de muchachitos y muchachitas) son condiciones necesarias para ser felices. Vivir el momento, vivir en búsqueda, saltar de una determinación a otra, rehuir a cualquier tipo de compromiso…, no son más que eslóganes que no soportan un escrutinio racional de un par de minutos.

Al final, ¡claro que los griegos tenían razón! Deberíamos vivir de acuerdo a nuestra naturaleza, dones, limitaciones y vulnerabilidad. Cualquier otra imagen de la vida humana no es mejor que una ridícula y poco realista película palomera.

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Mario Gensollen

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