Opinión

La indigencia que deja ausencia / Piel curtida


Los cuerpos de la locura, la pobreza, el abandono y la marginación recorren las ciudades, provocando a otros miedo, asco, repulsión, pero también melancolía y a algunos pocos una mayor reflexión sobre la dignidad humana. Las personas indigentes son en cualquier lugar del mundo parte del escenario urbano a causa de una economía desigual y complejos problemas psicológicos y sociales propio de los humanos, por lo que es necesario forjar entre la población una mayor consciencia sobre el sufrimiento y las adversidades ajenas para evitar actos violentos, pues cada una de las personas marginadas llevan sobre sus hombros miles de historias por las cuales se encuentran en las calles, e incluso llegan a convertirse en parte de la vida cotidiana del colectivo que en ocasiones su ausencia deja un gran vacío y sólo hasta ese momento nos detenemos a preguntar qué pasó con ellas.

Por ejemplo, la mujer de avanzada edad que solía sentarse entre los andadores Juárez y Allende, en contraesquina a El Parián, que con ayuda de una aguja hacía girar discos LP de manera manual para acompañar sus cantos de melodías vernáculas de Las hermanas Padilla o Las jilguerillas, y más de una ocasión escupía groserías por no recibir un peso por tan maravillosa interpretación. “El capitán”, un hombre en senectud con una emblemática gorra de plato tipo militar que vagaba por las zonas del centro y San Marcos en Aguascalientes, a quien tuve la oportunidad de conocer porque la abuela de una amiga le daba todos los días, durante la tarde, un plato de comida. Otro hombre de edad avanzada recorre el barrio de El Encino con una cobija bajo el brazo y un caminar muy pausado: mueve el pie derecho, luego el izquierdo para emparejarlo, y luego reanuda el movimiento con el derecho. También quien ha logrado ser reconocido por la comunidad es una persona robusta y muy alta que suele cubrirse con cobijas de colores vistosos, llevar botas cortas afelpadas, sombreros femeninos, infantiles y llamativos para caminar con coquetería por las calles del primer cuadro de la ciudad capital.

Estas y otras personas indigentes se han transformado en personajes para la ciudad, pero en muy pocas ocasiones nos permitimos reflexionar sobre sus historias, ser solidarios en la medida de lo posible, pues son resultado de diferentes problemas, injusticias y circunstancias por las cuales prefirieron guarecerse en el asfalto. Muchas de esas personas podrían hablar de abandono, abusos sexuales o engaños, pero en varias ocasiones, cuando las hacemos parte de nuestras conservaciones, las transformamos en objetos de burla, de temor infundado o de ataque por considerarlas “improductivas” por gusto y decisión propia.

Si bien se han conocido casos de algunas personas que fingen lesiones, discapacidades o historias para obtener ingresos por medio de la caridad y la compasión, o se sabe que algunas niñas y niños son explotados para pedir dinero en cruceros, varias de las personas indigentes son de la tercera edad que padecen la pobreza y el abandono; por lo cual es necesario generar entre la población una reflexión para que no sólo sean visibles en nuestro mundo hasta su ausencia.

Propio de los juegos adolescentes, algunos compañeros habían realizado un perfil en Facebook utilizando la imagen de una anciana que solía estar recostada en el suelo por donde está el Congreso del Estado, con la cabeza de lado como sin fuerzas. Mis compañeros le llamaron La viejita de la Croix, de la cruz o de la crúa. Realizaban fotomontajes donde la vestían y colocaban en diferentes escenarios tipo resorts, como en hoteles, playas y lugares turísticos emblemáticos del extranjero. Todo parecía simplemente una burla directa contra una indigente, pero me sorprendió que, cuando dejaron de verla en el centro de la ciudad, borraron el perfil y se lamentaron la posible muerte de la mujer. Con lo cual constaté que a pesar de los conflictos, problemáticas o imaginarios relacionados con las personas indigentes, forman parte de la sociedad y se convierten en personajes singulares de la vida cotidiana de varios de nosotras y nosotros.

Cuando era niño, llegó a la tienda de mi abuelo un vagabundo, ¡vaya que lo era! Mostraba algunas fotografías que le tomaban y regalaban las personas que había conocido en Canadá, Estados Unidos, Guatemala, Colombia y Argentina; sabía inglés, francés y japonés, de literatura, aritmética, cálculo, astronomía, hasta astrología y leer el tarot. Era sin duda una persona culta y me sorprendía el porqué no decidía buscar un trabajo. Después me enteré que venía de una familia adinerada en Guanajuato, si mal no recuerdo, y había estado en un internado de la orden de Los Legionarios de Cristo, donde sufrió de abuso sexual, por lo cual huyó y se refugió en las calles, realizando algunos trabajos como lavaplatos, jardinero o de traductor con turistas extranjeros. Si bien su historia parece más afortunada que otras, me permitió reconocer que más allá de los sucio o lo limpio, de lo cuerdo o lo loco de una persona, siempre es necesario darse un tiempo para pensar o conversar para reconocer al otro.

Al principio era un extraño para mi familia, pero poco a poco se fue convirtiendo en un amigo, en ocasiones comía y se bañaba en nuestra casa, hasta que decidió viajar nuevamente. Nos mandó una postal en inglés y francés, esperando que yo me hubiera puesto las pilas para aprender los idiomas, una vez regresó para regalarle a mi abuelo un rastrillo y una agenda, pero nunca más lo vimos. Hasta la fecha aún espero que siga vivo, siendo libre y que no tenga frío o hambre, pues en ocasiones esas personas marginadas se convierten en parte de nuestro mundo, y es en ese momento cuando nos permitimos ser más humanos y ver al otro con sus experiencias, necesidades y problemáticas.


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Juan Luis Montoya Acevez

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