Opinión

La madre amorosa / Cinefilia con derecho

La mamá, tanto se ha dicho de ella y sigue sin haber palabras suficientes. Su figura y trascendencia en nuestra vida es tan emblemática que nuestros dos días festivos tal vez más importantes en México tienen que ver con ella: 10 de mayo y 12 de diciembre. La primera, para nuestra primera madre, en la que nos engendramos, la que nos cuida no sólo en nuestra infancia, sino hasta donde su fuerza le alcance. La segunda, es para aquella que es universal, la espiritualidad en su máxima y más hermosa representación, una mamá nacional que nos da a todos una identidad, nuestra Virgen de Guadalupe, la representación de la maternidad de Dios en su máxima expresión, el pachamama que permea en todos los pueblos de América. Esta idea de una deidad dual (madre y padre) es sabiamente reseñada en la introducción al bellísimo Pater Noster cantado por SS Juan Pablo II, “Es significativo que en los pasajes del profeta Isaías, la paternidad de dios se enriquece de connotaciones que se inspiran en la maternidad”.

A la Guadalupana se le ha retratado como un invento de los españoles para colonizar a los antiguos mexicas, como en la aburridísima La otra conquista (Salvador Carrasco, 1998); como signo de mexicanidad y libertad, La virgen que forjó una patria (Julio Bracho, 1940); como verdadero misticismo, Las rosas del milagro (Julian Soler, 1960) o como mito sensiblero en la serie de Televisa La rosa de Guadalupe; vaya hasta Jaime Maussan le hizo un documental (Los enigmas de Guadalupe). Todas, buscando entender lo mariano como algo que trasciende fronteras y temporalidades.

Los que hayan dejado el hogar materno, entenderán lo difícil que resulta enfrentarse por primera vez a la soledad de otro lugar; no sólo es la separación de un ambiente común, sino de la experiencia de estar fuera, dejar los cariños de la mamá. Y así fue mi primer contacto con la Guadalupana, autoexiliado en el Distrito Federal, acudí un 12 de diciembre a la Basílica buscando ser testigo, pero sobre todo entender esa convocatoria multitudinaria que atrae miles de peregrinos. Y ahí estábamos todos los que la visitábamos, solos ante ella, a pesar de tanta gente, a pesar de tanto canto y tanto rezo, solitarios buscando acogernos a su regazo. Ella recibía con su eterna mirada amorosa a sus hijos, todos con alguna petición, para la cual sólo tenía una respuesta, la misma que hizo a Juan Diego tal y como lo reseña el Nican Mopohua: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa”.

Esa misma ocasión caminé su museo, un recinto mucho menos visitado pero que reúne una obra maravillosa, más de 4000 bienes artísticos de todos los géneros y prácticamente de todos los siglos posteriores a las mariofanías; ciertamente son impactantes sus obras, en especial las pinturas de grandes autores del virreinato, por ejemplo las apariciones que creó Miguel Cabrera; también llama mucho la atención su enorme colección de más de 2000 exvotos. El museo en verdad es un agradable lugar, prácticamente gratuito (cobra 5 pesos), su sitio web permite apreciar algunas de las obras.

Omnipresente, omnicomprensiva, presentada ante el más humilde de los indígenas, dio muestra de su sencillez, de su cuidadosa y amorosa conducta, de su protector manto. La simbología que la acompaña refleja un doble aspecto, de un lado el nacimiento de la nacionalidad mexicana, del otro lo religioso, lo cristiano, lo católico; como obra de arte es perfecta, como aparición es reflejo de lo místico. Sea como sea que se le aprecie, no cabe duda que el fenómeno de la guadalupana es extraordinario.

Así de amorosa es nuestra virgen de Guadalupe, así la comprendí y la comprendo reflejada en nuestra propia progenitora, la mía, así de amorosa es, así de comprensiva y omnipresente, sirva pues esta columna para felicitarla porque esta semana cumple años (18 de diciembre) mamá, te amo. Feliz cumple.

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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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