Opinión

Más ciudadanos, menos consumidores

 

Hasta hace unos 50 años en el mundo había apenas unas 30 democracias reconocidas como tales. Actualmente el número de países más o menos democráticos asciende a unos 85 según la ONU. Esto parece indicar en principio que la democracia se ha convertido en pocas décadas en el sistema de gobierno más legítimo.

Paradójicamente los ciudadanos que viven en países con mejor o peor democracia nunca han estado tan descontentos con ella. Los síntomas de este malestar generalizado en “el mundo democrático” son cada vez más visibles, por ejemplo, en el número de potenciales votantes que se abstienen, que es cada vez mayor. Así parecen reflejarlo también distintas encuestas y estudios de opinión internacionales, donde la mayoría de los ciudadanos preguntados dicen que no creen que los gobiernos obedezcan a la voluntad del pueblo.

Así que en el marco de la globalización económica, los sistemas más o menos democráticos enfrentan un serio dilema: hay más democracias pero los ciudadanos se desinteresan más en las elecciones y en la política, tal y como lo demuestra el aumento sostenido de la abstención y el voto nulo y en blanco en elecciones locales y nacionales.

Así que muchos ciudadanos, golpeados directamente en su calidad de vida por las repetidas crisis del gran capital y sus gerentes nacionales de las cuales no son responsables, cuestionan crecientemente la sumisión de los sistemas pretendidamente democráticos y de los gobiernos del mundo a los poderes fácticos. Lo hemos visto en manifestaciones masivas y multitudinarias en muchos países. Existe, pues, un rechazo respecto del funcionamiento de la democracia que se manifiesta en la creciente desconfianza ciudadana en los representantes políticos: presidentes, gobernadores, diputados, senadores, regidores y alcaldes en el caso de México; como también en los partidos que los cobijan, porque la democracia “representativa” parece incapaz de conectar con sus electores y dar respuesta a las exigencias sociales, donde un sector importante de población ya no se contenta con la sola emisión de su voto, sino que quiere una mayor participación social en los asuntos públicos que les afectan.

Pese a esto, la mayoría de los ciudadanos aún cree que la democracia es la mejor fórmula existente para ser gobernados. Pero como se ha expuesto, la gran paradoja democrática consiste en que nunca hubo tantas “democracias”, pero tampoco hubo antes tal desafección y desconfianza respecto a las supuestas bondades de la democracia representativa y de los políticos y sus partidos. Las causas son múltiples: desigualdad extrema, abandono de lo público en beneficio de lo privado, carencia de educación cívica, ausencia de una verdadera cultura democrática, corrupción pública y privada que se alimentan y se solapan recíprocamente, desconexión de los partidos políticos con la sociedad civil, sumisión del estado a los poderes fácticos, sumisión de los gobiernos nacionales a los poderes multinacionales, tensión creciente entre sociedad civil y gobiernos, exclusión de minorías y grupos marginados o dominancia de los monopolios mediáticos con sus propias agendas por encima del interés general. Todas estas causas son muy presentes en México, donde el supuesto crecimiento económico y las ventajas de varios sexenios de pretendidas reformas sociales y económicas no se traducen en mejoría en el nivel de vida de la mayoría de la población, lo que crea evidente malestar y aumenta la conflictividad social. Así tenemos por ejemplo que el 45% de la población preferiría someterse a una dictadura que les garantizase empleo y salario suficiente, antes que vivir en una democracia que no los saca de la pobreza; según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Esto significa en blanco y negro que los mayores desafíos para la democracia vienen justamente de la pobreza, la marginación social y el atraso; que son el caldo de cultivo perfecto para las democracias electorales vacías de contenido social.

Por eso se dice con razón que las mayorías pobres o empobrecidas de ciertos países son fáciles de comprar electoralmente por los viejos partidos autoritarios y sus aceitadas maquinarias electorales. También desde luego por los nuevos partidos que copian y reciclan las viejas tácticas electoreras.

Por otra parte, en el marco global neoliberal que impera los estados nacionales pierden capacidades reales para regular unos mercados que cada vez son más internacionales. Así, las multinacionales y los mercados financieros dejan de necesitar al estado como soporte institucional de actuación. Luego, el estado nacional cede sus poderes a instancias supranacionales y también a instancias subnacionales, dado que globalización y descentralización son procesos simultáneos. Lo cierto es que la globalización vuelve a la democracia menos relevante porque cada día son menos las decisiones importantes que se toman dentro del ámbito de un estado. El votante, en el mejor de los casos, deja de ser un ciudadano al que hay que convencer para convertirse en un consumidor al cual hay que venderle un “producto” bonito pero inútil, que como hemos visto en repetidas ocasiones no ofrece nada, sino más de lo mismo. Con este panorama, la democracia representativa deja de ser una actividad plena de sentido social y político para convertirse en un espectáculo mediático en el que la mayoría de la gente no participa ni influye. De allí el surgimiento de candidaturas y candidatos independientes.

Estamos entonces en una situación en la que los instrumentos de la democracia moderna, iniciada hace dos siglos con las revoluciones norteamericana y francesa, dejan de ser eficaces, de modo que la generalización democrática en el mundo nos deja ver justamente sus debilidades más graves en muchos países. Desde algunos ámbitos se dice que los partidos políticos son los principales causantes de la desafección ciudadana frente a la democracia. Pero lo cierto es que no puede haber democracia sin partidos. Los partidos son males necesarios de las democracias, y los males de los partidos son, en gran medida, los mismos que aquejan a la sociedad. Aun con todo los partidos no son suficientes para hacer una democracia legítima. Tienen que construir su legitimidad a base de transparencia y de democracia interna; cosas a las que son reacios de entrada, así como admitir que a la gente ya no se le puede comprar tan fácil como antes y que ya no basta con depositar o vender su voto en cada elección ordinaria o extraordinaria.

Así que para construir democracias de ciudadanos y no sólo democracias de consumidores se requiere además de representatividad, de una creciente participación política y social, pues los graves problemas sin resolver por la política y el estado tradicional se acumulan y amenazan la viabilidad de los estados-nación. Criminalidad, seguridad pública, medio ambiente, calentamiento global, desempleo, envejecimiento demográfico, control de medios de comunicación, nuevas tecnologías, migraciones, marginación y pobreza son sólo algunos de los temas más urgentes que enfrentan las sociedades del mundo. México no es ni mucho menos la excepción.

Si sostenemos entonces que la democracia es todavía y a pesar de sus graves falencias el modelo que mejor resuelve las diferencias y promueve el debate y el diálogo como medios de solución de conflictos y consecución de la paz social, el sistema representativo debe ser reformado y avanzar hacia el participativo. La gobernabilidad y la defensa del bienestar colectivo sólo es posible con -y no contra- los disidentes políticos, los excluidos, las minorías, los movimientos sociales y los ciudadanos.

Post scriptum. En su séptimo aniversario, va una sincera felicitación a todos quienes hacen posible con su trabajo la existencia del mejor diario local: La Jornada Aguascalientes.

@efpasillas


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Enrique F. Pasillas

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