Opinión

Sobre el naturalismo / El peso de las razones

Las semanas anteriores escribí en este espacio un par de columnas sobre (y contra) la pseudociencia y demás patrañas. Para mi sorpresa sólo recibí un par de insultos, por demás inocuos, por parte de algún psicoanalista trasnochado y uno que otro homeópata. Algunos comentarios, sin embargo, tenían que ver con el tono polémico e incendiario con el que escribí contra creencias y prácticas que muchas mujeres y hombres adoptan en su vida cotidiana. Se me pidió -y creo que con justicia- que dijera algo un tanto más positivo: algo así como: “Bueno, ya nos dijiste que esas cosas te parecen tontas, ridículas e irracionales, pero ¿en qué crees tú entonces?”. Pienso que la respuesta más precisa a esa pregunta es que soy un naturalista.

En primer lugar, para los naturalistas, las viejas fronteras entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu, entre las ciencias naturales y las ciencias sociales y las humanidades, entre metodologías cuantitativas y cualitativas, deben abolirse. A algunos, sin duda, este panorama puede parecerles desalentador, cuando no escandaloso. Sin embargo, con la caída de los viejos muros, los pasos de las ciencias sociales y las humanidades son más sólidos que nunca.

Pero ¿a qué me refiero exactamente con “naturalismo”? Los naturalistas rechazamos la postulación de entidades sobrenaturales para cualquier fin explicativo: divinidades, demonios, almas, fantasmas. La extensión “sobrenatural” está sujeta a amplia controversia en la explicación de cualquier ámbito de lo real. En segundo lugar, los naturalistas valoramos tanto los resultados como los métodos de la ciencia; esto muchas veces nos ha ocasionado el apelativo acrítico y peyorativo de “cientistas”. En tercer lugar, los naturalistas introducimos consideraciones empíricas en áreas antes ajenas a la introducción de este tipo de consideraciones (en especial en las ciencias sociales y las humanidades); por tanto, sospechamos de cualquier consideración a priori en nuestras empresas cognitivas. Por último, los naturalistas defendemos el falibilismo; i.e., reconocemos que cualquiera de nuestras creencias puede ser, en principio, falsa; para nosotros no hay verdades incontestables o fragmentos del saber que estén exentos de revisabilidad.

Lo anterior nos compromete a muchos naturalistas con la tesis de la “unidad de la ciencia”. El biólogo Edward Osbourne Wilson le ha llamado a este proyecto “Consiliencia”, que significa literalmente que las ciencias se han unificado y cohesionado todas “de un salto”. Lo que esto significa es que las ciencias naturales han llegado a un estado de optimismo con respecto a la última de las fracturas dentro del paisaje del conocimiento humano: aquella entre biología o cultura, naturaleza o sociedad, materia o mente, ciencias o artes y humanidades. Dichas dicotomías hasta hace muy poco conservaban su respetabilidad, a pesar de la caída de otros muros que dividían el conocimiento humano. Ahora se desploman por sí solas.

Sólo resta un último punto. Hasta aquí algunos científicos sociales y humanistas pueden sentir malestar. Pueden pensar que sus disciplinas han perdido toda su especificidad, y que su rol en la gran empresa del conocimiento humano no queda nada claro. La reacción común de los científicos sociales y humanistas frente al naturalismo es tacharlo de “reduccionista”. Cabe decir algo al respecto, pues tales acusaciones suelen estar mal dirigidas, cuando no faltas de fundamento.

El naturalismo no implica necesariamente reduccionismo, si por reduccionismo entendemos que las explicaciones típicas de los científicos sociales y los humanistas deban ser abandonadas en pos de explicaciones de otra índole. El naturalismo puede y debe convivir con el pluralismo explicativo.

La exactitud de nuestros razonamientos y nuestras explicaciones está en dependencia del objeto de estudio. Sin embargo, también está en dependencia de nuestros intereses. El objeto de estudio, en efecto, delimita algunas de nuestras pretensiones cognitivas: en algunos tópicos (la mayoría) debemos contentarnos con razonamientos plausibles. Pero, también, la fineza de nuestras explicaciones depende de lo que buscamos con ellas, de lo que nos interesa saber. Eso lo sabemos los naturalistas. No pretendemos eliminar explicaciones psicológicas, sociales o económicas, pues sabemos que algunas veces dichas explicaciones son las que en efecto responden a nuestros intereses. Sabemos también que distintas explicaciones, algunas mucho más finas y detalladas que otras -todas naturalistas- pueden convivir en el mismo paisaje del conocimiento humano. Para muchos que defendemos el naturalismo la opción más prometedora, quizá, sea el pluralismo, o el “ecumenismo explicativo” (como lo llaman Pettit y Jackson).

Hasta aquí, parece quedar claro que es posible abrazar el naturalismo sin comprometernos con un reduccionismo explicativo. Si admitimos esta posibilidad, las consecuencias se nos presentan deseables. Las viejas barreras entre disciplinas, y tipos de disciplinas, deben derribarse. La constante preocupación de los científicos sociales y los humanistas porque los científicos naturales acaparan todos los recursos para sus investigaciones, también debería desaparecer. Todo el conocimiento es natural, en el sentido en el que lo he defendido. Siendo el paisaje del conocimiento uno solo, a pesar de la inmensa pluralidad ecuménica de las explicaciones, la interdisciplinariedad es el futuro de la investigación naturalista.

Como bien decía Gilbert Harman, las fronteras entre las diversas disciplinas y departamentos, termina siendo sólo de interés para los administradores; y, ¡claro!, para los científicos sociales y humanistas que tienen pereza de estudiar matemáticas.

 

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@MarioGensollen

 


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Mario Gensollen

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