Opinión

Sobre pseudocientíficos y otros charlatanes (I) / El peso de las razones

Aromaterapeutas, astrólogos, acupunturistas, alquimistas, antivacunas, cienciólogos, constructivistas epistémicos, creacionistas, deconstruccionistas, demonólogos, dietistas, espiritualistas, exorcistas, frenólogos, fundamentalistas religiosos, geomantes, hipnotistas, homeópatas, imantólogos, kinesiólogos, numerólogos, ocultistas, posestructuralistas, posmodernos de distinta calaña, psicoanalistas, psíquicos, quiromantes, quiroprácticos, reflexólogos, regresionistas, sanadores, santeros, tarotistas, videntes… No: no estoy transcribiendo el índice del Manual de zoología fantástica de Borges y Guerrero. Los personajes del Libro de los seres imaginarios (título de la segunda edición) son artificios fruto de “la loca de la casa”: la imaginación humana a lo largo de nuestra historia y sus diferentes culturas. Algo encantador tienen el basilisco, el burak, el centauro, los elfos, la esfinge y el gólem; y parte de su gracia es que no existen. Por el contrario, los personajes mencionados -por desgracia- no sólo pululan por ciudades, calles, oficinas y universidades: nos timan a la mala. Sean curanderos, religiosos, pseudocientíficos o paranormalistas, algo tienen en común.

Pensarán, ¿qué necesidad hay de demarcar el territorio entre lo serio y lo ridículo, entre la ciencia y la pseudociencia, entre la honestidad intelectual y la charlatanería? Algunos piensan que se trata de simple dogmatismo o soberbia intelectual. Por el contrario, realizar estas delimitaciones debería importarnos y mucho: no son sólo de interés académico, sino público.

Disponemos de razones tanto teóricas como prácticas para demarcar a la ciencia de la pseudociencia. Desde un punto de vista teórico, dicha demarcación contribuye a la comprensión de la propia ciencia, del mismo modo que el estudio de los malos razonamientos contribuye a la comprensión del razonamiento mismo. Desde un punto de vista práctico, es relevante para la formación del juicio: nos ayuda a guiar nuestra toma de decisiones tanto en nuestra vida privada como pública.

Para muchos, el apelativo de “científico” contribuye a enaltecer sus estudios o procedimientos: nadie afirmaría con gusto que lo que hace es “pseudocientífico” o que es un “charlatán”. Dado que la ciencia es nuestra fuente más confiable de conocimientos acerca del mundo y nosotros mismos, y posee una alta consideración en nuestras sociedades, exageraciones acerca del estatus epistémico de ciertas teorías, afirmaciones o métodos son muy comunes. Así, la demarcación es urgente en muchas áreas y es importante en muchas aplicaciones prácticas. Sven Ove Hansson -investigador del Royal Institute of Technology de Estocolmo- señala al menos cuatro:

En el ámbito de la salud, la ciencia médica desarrolla y evalúa tratamientos de acuerdo con la evidencia de su eficacia. Las actividades pseudocientíficas dan lugar a intervenciones ineficaces y peligrosas. Los proveedores de salud, las aseguradoras, las autoridades gubernamentales y los pacientes necesitan orientación sobre cómo distinguir entre la ciencia médica y la pseudociencia. A pesar de la urgencia de la demarcación en el ámbito de la salud, abundan ejemplos recientes del mal que la pseudociencia y los charlatanes están causando: gracias a los movimientos antivacunas, este año en España han resurgido casos de difteria, una enfermedad que se consideraba erradicada desde 1987.

En el ámbito del peritaje, la fiabilidad de las pruebas debe ser determinada y el testimonio de los expertos debe estar basado en el mejor conocimiento disponible. Ya que es del interés de los litigantes presentar afirmaciones no científicas como ciencia sólida, los tribunales deben ser capaces de distinguir entre ciencia y pseudociencia.

Con respecto a las políticas ambientales, quienes toman decisiones en este ámbito deben ser capaces de distinguir entre las afirmaciones científicas y las pseudocientíficas para determinar cuándo la evidencia hace probable un desastre.

Por último, en el ámbito de la educación científica, los promotores de algunas pseudociencias tratan de introducir sus timos en los programas escolares. Los maestros y las autoridades escolares deben tener criterios claros de inclusión que protejan a los estudiantes contra enseñanzas poco fiables.

Entonces, distinguir a la ciencia de la pseudociencia es trascendental tanto en nuestra vida privada como pública. Pero no he dicho nada aún acerca de qué hace que una práctica o teoría sean pseudocientíficas. Una posible respuesta a esta pregunta, en este espacio, la siguiente semana.

 

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Mario Gensollen

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