Opinión

El callejón sin salida para la seguridad mexicana / Piel Curtida

 

Actualmente parece que ser un político es algo deshonroso que sólo responde al interés de hacer dinero fácil, el crimen organizado se presenta como una opción para salir de la pobreza y hacerse de respeto, y la captura del Chapo evidenció el territorio ganado por la cultura de la violencia. Mientras que se expuso ofensivamente como logro el resarcimiento de una falla, el trabajo que debía realizarse, y fue motivo de risa el mencionar que se dio con el capo mexicano porque quería una película biográfica, la revista Rolling Stone fue el vocero con credibilidad y la camisa de Joaquín Guzmán Loera se convirtió en lo chic de la moda. El Estado mexicano perdió gran parte de su legitimidad por la serie de sucesos de corrupción, violación de derechos y luchas por el poder que han acaecido en la nación -la tragicomedia mexicana diría José Agustín-, pero el crimen organizado se ha presentado como la opción de desarrollo para las comunidades aisladas, la empresa con mayor oferta laboral para los jóvenes, y si en algún tiempo todo parecía tranquilo, la gesta por la gran industria ilícita incrementó la inseguridad y la intimidación para toda la sociedad. En teoría quien debe ejercer el monopolio de la violencia es el Estado, siempre en favor de la seguridad e integridad de la población, pero ¿qué le queda a México si la delincuencia tiene el poder, los instrumentos y omnipresencia?

Además del caso de la desaparición forzada de estudiantes de la normal rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, se informó hace pocos días que cinco jóvenes detenidos por la policía de Tierra Blanca, en Veracruz, fueron entregados a un grupo del crimen organizado, lo cual sólo ratifica el terrible escenario para el país, el poder del crimen organizado, sus vínculos con el Estado y la clase política. Cuando se dio a conocer la entrevista de Sean Penn y Kate del Castillo con el Chapo, muchas personas enardecidas lapidaron a la actriz, aún más cuando se especuló un posible interés erótico-romántico por parte del capo. Sin embargo, cabe esta pregunta: ¿si le contactara el más buscado se negaría a lo que le solicitara? Con este escenario esbozado quiero plantear el terrible problema de seguridad en el país, que parece no tener salida.

Hace poco se informó que los aspirantes a policías estatales en Aguascalientes no pasan los exámenes de control y confianza, lo cual se ha presentado como una consigna indispensable para hacer frente a la delincuencia y el crimen organizado, pero ¿existe algún método para asegurar que alguien antepondrá el “deber” a su vida y su familia? Y esta pregunta me ha rondado por la cabeza cientos de veces, e incluso entre tanto pensar me ha surgido la fascista idea de que los cuerpos de seguridad sólo estén integrados por personas sin familia, únicamente educados para proteger a la población sin temor alguno, y por supuesto no es algo posible, mucho menos buscarse. Entonces, ¿qué nos queda?, ¿aguantar vara?, ¿asegurar el asilo político o el refugio para aquellos que hagan frente a la delincuencia organizada?

El redactar este texto me costó mucho trabajo por considerar que el panorama que describo es demasiado terrible, sin la posibilidad de plantear alguna propuesta, pero creo que sí hay algunos elementos que deben reflexionarse. El dinero, el poder, las mujeres, el respeto por el miedo y la admiración que parece representar el crimen organizado para algunos sectores no radica en vender drogas ilícitas, sino en las respuestas y oportunidades, aunque efímeras, que el Estado no logró ofrecer. No es casualidad que este tipo de delincuencia tenga más presencia en zonas con aislamiento político, con pobreza y desempleo, que gran parte de los sectores marginados sean los peones, que la mayoría de los circunscritos en actos delictivos sean hombres.

Por ello se requiere concientizar sobre las problemáticas de Género, cuestionar la vetusta relación de la masculinidad con la violencia, ofrecer a la juventud oportunidades de empleo, incrementar las alternativas de desarrollo para los sectores más vulnerables, fragmentar la centralización política, económica y cultural, un sinfín de acciones y opciones que sin duda representan un arduo trabajo de administración y gobernanza que no mostrarán resultados a corto plazo, pero que requiere de una voluntad política palpable, congruente y solidaria que acepte el escenario al que se enfrenta y se dirija con ética, en vez de querer proyectar una aparente resolución de conflictos y problemas tan profundos que sólo parece una burla cínica. Sería necesario una transformación multisectorial y social para detener la expansión de la cultura de la violencia en las generaciones más jóvenes, lo cual fortalecería la integración social y con ello una nueva moral -no religiosa, no confesional- que posibilite un mayor reconocimiento de la interdependencia, de la vida del otro.

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Juan Luis Montoya Acevez

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