Esfera Pública

Esfera Pública: El gobierno que merecemos

¿Tenemos el Gobierno que merecemos?

Jesús Medina Olivares

 

No me horrorizan los actos malos de la gente mala,

sino la indiferencia de tanta gente buena.  

–Martin Luther King

 

Invocar la frase del italiano Joseph de Maistre, de que cada pueblo o nación tiene el gobierno que merece, genera desde luego varias incomodidades.

Generalmente se aplica esta expresión como una especie de sentencia para referir que los problemas nacionales son producto de un gobierno electo a través de la democracia.

Sin embargo esta tiene implicaciones más profundas que condenar a la sociedad como causante de sus propias desgracias o de aceptar el papel de víctimas y culpar a otros de nuestro destino.

De cualquier manera, es útil como encuadre para las siguientes reflexiones.

En pocos periodos de la historia reciente de nuestro país, habían aflorado tan intensa y crudamente las tensiones internas como las que actualmente estamos viviendo.

De acuerdo a diferentes estudios, la mayoría de los mexicanos no estamos satisfechos con el tipo de gobierno que tenemos. De hecho, nadie puede negar que México sufre desajustes entre su realidad y sus instituciones públicas, así como una desconexión entre gobernantes y gobernados. Da la impresión, incluso, que vamos por caminos totalmente opuestos.

Tenemos una fuerte presencia de elementos perniciosos que a todos nos afectan, como la corrupción, la impunidad, la discrecionalidad, así como los abusos de poder que permean en el ámbito público. Se puede decir, forman parte de nuestra cultura, con la complacencia o indiferencia de una sociedad que es, precisamente, lo que da cobijo.

Ejemplos abundan. Están los famosos moches a legisladores federales para que municipios y estados reciban mayores recursos de la Federación. Los escándalos de corrupción de exgobernadores, los diezmos a servidores públicos para obtener contratos, las casas de la esposa del presidente y del secretario de Hacienda adquiridas por una empresa consentida del Estado, entre una lista interminable.

El aparato del Estado prácticamente está rebasado ante poderes fácticos que lo debilitan, incluso, anulan su capacidad para garantizar el auténtico interés general de la nación. Su influencia la ejercen en función de sus intereses particulares más allá del interés legítimo que debieran representar las instituciones públicas.

Estamos hablando de medios de comunicación, sector empresarial, fuerzas delincuenciales, incluso, corporaciones eclesiásticas, ávidas de influir en las decisiones públicas.

También se tiene que admitir que los males que como país tenemos, no se pueden atribuir únicamente a una clase política, compuesta en su gran mayoría, por cínicos, codiciosos e ineptos, sino también a la apatía o condescendencia de la sociedad.

Cómo explicarse que más de la mitad de nuestra población es pobre, que uno de cada cuatro mexicanos está en la pobreza extrema, que el país está invadido de corrupción, que la desigualdad es una de las más grandes del mundo y, sin embargo, el 80 % de su gente dice estar muy orgulloso de su país.

¿Qué es lo que sucede en una sociedad que permite y ve muy natural la ausencia de ética en la función pública que se traduce en corrupción e impunidad, más aún, que les otorgue el voto a pseudopolíticos que, de manera cínica, reconocen que han robado en cargos públicos?

En el municipio de San Blas, Nayarit, la ciudadanía le ratifica el apoyo a Hilario Ramírez, expresidente municipal panista de San Blas quien, en plena campaña, ahora como independiente, admitió que durante su gobierno robó dinero del erario: “nomás poquito, una rasuradita” y sin embargo, gana contundentemente.

Y es que estamos tan acostumbrados a que los funcionarios y políticos mientan y roben que lo vemos de manera muy natural de tal forma que se anestesia nuestra capacidad de sorpresa e indignación.

En consecuencia y, sin pretender generalizar, pero también como sociedad, de una una u otra manera, hemos permitido que gobiernos corruptos e ineficientes se configuren con cierta comodidad.

Ha sido común observar cómo algunos segmentos de la población, especialmente los más vulnerables, ante la necesidad o falta de información sucumben, en los procesos electorales, ante la coacción del voto mediante la entrega de monederos electrónicos, acceso a los programas institucionales de asistencia social o entrega de despensas.

Por otra parte, tampoco otros segmentos de la sociedad están cumpliendo el papel de contrapesos para contener a gobiernos arbitrarios y corruptos. Tenemos un sector empresarial que funciona como colaborador del Estado; los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, han sido instrumentos esenciales de influencia ideológica por los grupos de poder político y económico; los mismos sindicatos han asumido un papel de subordinación al Estado y del sistema en lugar de proteger los intereses de sus agremiados.

Quizá sea el espejo de nuestro país que refleja una decadencia de valores éticos y morales, o una falsa conciencia que adopta una visión del mundo que no concuerda con sus intereses individuales y de clase.

Marx explica el fenómeno de la falsa conciencia como un producto de la alienación. Si la actividad social de los individuos es alienada (no se corresponde con sus necesidades y deseos), la conciencia de estos individuos también lo será.

El sistema económico imperante también ha propiciado una estructura social caracterizada por el individualismo, el egoísmo y el desinterés por lo colectivo, vulnerando los principios morales que durante muchos años sostuvieron a la sociedad.

En consecuencia, no obstante que no se puede sostener la tesis de que tenemos el gobierno que nos merecemos, no significa que no asumamos nuestra propia responsabilidad respecto al gobierno que tenemos. De hecho ninguna sociedad merece tanta corrupción y abuso.

Se tiene que admitir que durante muchos años hemos tenido gobiernos incapaces y corruptos que no han sabido frenar las condiciones de inequidad y pobreza. Que les está complicando a las nuevas generaciones la posibilidad de un mejor futuro que, dicho sea de paso, no sabemos si llegará.

Resulta inútil pensar que el cambio va a ocurrir por sí mismo, se requiere un salto decidido de la sociedad. Tiene que haber un sacudimiento para derrumbar las viejas estructuras sobre las que se ha construido nuestra moral pública y construir las nuevas y, para ello, necesitamos una sociedad civil fuerte, en contraposición a la clase política que sólo persigue sus fines personales y de grupo.

Es necesario además de una educación cívica profunda, la acción social colectiva concientizada. Es decir una transformación de nuestra conciencia colectiva.

Necesitamos una ciudadanía participativa y solidaria. Que ejerza el poder de su voto reflexionado, que presione y exija rendición de cuentas a sus gobernantes. Que no sea cómplice de la opacidad y la corrupción de las autoridades. Que realice su papel de contrapeso cívico, como fiscalizador a fin de acotar el amplio margen de maniobra y discrecionalidad que tienen los gobiernos en sus actividades de representación y de conciliación de conflictos.

Como refería González Iñárritu al recibir el Oscar a la mejor película: “Ruego porque podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos”.

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Tenemos lo que merecemos 2.0

Francisco Aguirre

 

Vaya reflexión, tener lo que se merece o soñar con lo que se merece o al revés. Estimado Jesús Medina, ¿y los principios democráticos, la valoración del sistema actual, el respeto por el mismo, la lucha por el privilegio del voto?, ¿dónde quedan esos conceptos abstractos por los que muchas personas murieron?

Si tuviera que responder diría que sí, que en absoluto sí lo merecemos. Sí tenemos al gobierno que merecemos. Así lo dictan nuestras leyes y sobre de eso prácticamente nada. Pero eso no quiere decir que idealizamos con esa desconexión entre agente y principal y que por tanto merecemos el resultado del esfuerzo de quienes organizan la ciudad para todos, quienes confiamos para que nos den un servicio de salud o lleven nuestras próximas generaciones a ser más sabias, productivas y éticamente capaces de no repetir los errores de sus ancestros y de quienes confiamos sean lo suficientemente creativos para administrar lo público para mayor beneficio colectivo. De lo simple a lo complejo, así empezaría.

De forma minimalista diría que nos han pasado dos tipos de gobierno por las manos. Han habido gobiernos con mucha popularidad que no han hecho el trabajo necesario, y que en la recta final parecíamos merecerlo como tal. Hay otros que son o pudieran ser eficaces por las decisiones que toman pero con impopularidad y lo que resulta es que aún así percibimos que lo merecemos, pese que pudiera ser lo correcto o lo mejor. El ejemplo de ello el reciente endeudamiento del gobierno de Zacatecas (valdría la pena revisar las condiciones sociodemográficas y económicas de la sociedad para apreciar la mala decisión de ese gobierno y del Congreso de ese estado al aprobarlo y, por supuesto, los resultados electorales desde el actual gobierno).

Pero lo verdaderamente pésimo es cuando el gobierno se encuentra en el peor de los dos casos, cuando es primordialmente impopular y cuando tampoco decide e implementa políticas/programas públicos eficientes. Algo así pasa en el país con el gobierno de Enrique Peña Nieto, pero en mucho más cercanía con la peor generación de gobernadores estatales que ha tenido el país, en sus peores versiones, Manuel Velasco, Javier Duarte, Miguel Alonso Reyes, Roberto Borge y los ex, Guillermo Padrés y Rodrigo Medina. Ningún pobre ni persona que recibió poca educación por las características de su poblado o comunidad merece a ninguno de ellos. Ya no hablemos de Gabino Cué o Rafael Moreno Valle porque el espacio no bastaría.

Una búsqueda no tan exhaustiva en google nos podrá dar una idea de quiénes son, qué decidieron y de qué se les acusa y ver cómo la impunidad y la justicia les hace frente. No es tan complejo imaginar que merecer a esos hombres al frente de decisiones que afectan en lo cotidiano es una idea común. Preguntarnos seis veces el porqué pasó una u otra cosa nos da un poco la razón.

Concuerdo altamente contigo, estimado Jesús, la carencia a la educación cívica ha limitado el interés cotidiano por las cuestiones públicas. Las generalizaciones y los lugares comunes para referirse a gobernantes, burócratas y gobiernos son eso, comunes. Y más allá de seguirnos creyendo el discurso de más ciudadanía, más estado y más mercado, la respuesta siempre está en nuestras manos. Hermann Hesse define “bajo la rueda” como algo parecido a lo que discutimos acá. Para quienes la cima beneficia o lo contrario es válida su realidad.

Pero lo que no consideramos de forma constante en el debate público es la variable de la tecnología. El uso de la misma para atender lo de todos, es un asunto tan satelital que aunque actualmente existan, en Aguascalientes por ejemplo, en el Ayuntamiento de la capital y en el Gobierno del Estado, posibilidades de acceder a ciertos servicios mediante una plataforma digital son de tal desconocimiento que asumimos y percibimos como carencia.

Aunque reconozco que el activismo 2.0 tiene limitados alcances, la primavera árabe no se explicaría y con ello tampoco el mundo después del 2011. El mal uso de la tecnología limita muchos de nuestros derechos, en específico aquellos que se están apreciando cada vez más con respecto al tiempo. Eso es, para mí, lo más real y tangible para conseguir. Pasos cortos y constantes, dicen muchos adagios y frases milenarias. El ideal de obtener otra cosa puede recaer en ideas simples, es algo que prefiero “ingenuar”. El uso de internet, en cualquiera de sus modos, nos acercará cada vez más a merecer un mejor gobierno, de eso no me queda la menor duda.

@PacoAguirre

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La Jornada Aguascalientes

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