Cultura

La ciudad es fragmentaria y solamente existe en la medida en que la vas recorriendo

  • Entrevista a Héctor de Mauleón acerca de La ciudad que nos inventa
  • La ciudad nos está susurrando desde hace siglos y nosotros no escuchamos

 

Antes DF, pero también ha sido llamada “la ciudad de los palacios” y fue considerada alguna vez como “región más transparente”. Todos estos nombres y epítetos se han usado a lo largo de los últimos 500 años para referirse a la Ciudad de México. Una ciudad fascinante, compleja, disfuncional, caótica, que sin embargo guarda en sus calles, callejones, esquinas, edificios antiguos, esos que van a cumplir 500 años próximamente, una serie de historias fantásticas, locas, que nos hacen darnos cuenta por qué esa ciudad con todo y su ritmo caótico es una de las más bellas para perderse caminando, para podernos encontrar con alguna de las historias que el periodista y escritor Héctor de Mauleón (Ciudad de México, 1963) rescata en su más reciente libro La ciudad que nos inventa (Cal y Arena, 2015).

Héctor de Mauleón, periodista, editor y escritor, es uno de esos paseantes más acuciosos que tiene la ciudad, uno que desde muy joven se ha sorprendido con la belleza y el misterio de una ciudad que en sus entrañas guarda tesoros y secretos de la época prehispánica, una ciudad que en cada esquina nos descubre sus misterios, una ciudad que ha sido maltratada e ignorada por sus habitantes y sus autoridades, una ciudad que a diario pierde un pedazo de historia gracias a esta ignorancia y a este desdén que muchos de sus habitantes sentimos por esos edificios, por esas esquinas, por esos rincones que nos susurran historias que pocos apreciamos, que pocos entendemos.

Héctor de Mauleón, autor de los libros de cuentos La perfecta espiral y Como nada en el mundo y de la novela El secreto de la noche triste, se dio a la tarea durante varios años de rescatar estas historias y de escuchar a la ciudad. El resultado fueron cientos de crónicas que se publicaron semanalmente en la columna que mantuvo durante años en la sección de cultura de El Universal, y que ahora conforman La ciudad que nos inventa, su cuarto libro de crónicas, que se suma así a la lista conformada por los libros El tiempo repentino, Los años de la delincuencia organizada y El derrumbe de los ídolos:

“Mi fascinación con la Ciudad de México fue una cosa azarosa y que también es una cosa generacional, por decirlo así, pues tiene que ver con la fascinación y la sorpresa que les produjo a los niños de mi generación la construcción de la línea 2 del metro y el hallazgo de una ciudad enterrada, las noticias que iban llegando mientras se iba tendiendo esta línea que corre por la calzada México-Tacuba y llega hasta el zócalo y luego daba vuelta y salía por la vieja calzada Iztapalapa, que ahora es Tlalpan; las noticias de que por donde entraba el metro iban descubriendo esculturas, lanzas que se perdieron en la Noche Triste, los restos de los templos arrasados por los españoles después de la conquista, el famoso tejo de oro descubierto frente a la Alameda. Todo eso para un niño era una experiencia muy fuerte de imaginación, sospechar que debajo de nosotros había una ciudad enterrada y crecer pensando que en donde rascaras iba a aparecer algo. Esta fascinación infantil encontró un momento de confirmación cuando los trabajadores de Luz y Fuerza encontraron en 1978 en la esquina de Guatemala y Argentina la Coyolxauhqui, a los pies del Templo Mayor, y después ver cómo era demolida una manzana completa de casas para dejar salir al Templo. Son una serie de fascinaciones que nacieron cuando yo era muy niño y me acompañaron buena parte de la vida y en cuanto tuve oportunidad intenté resolverlas, empecé a coleccionar y a buscar libros para satisfacer esa curiosidad”. Nos comenta Héctor de Mauleón en entrevista.

Javier Moro Hernández (JMH): Pensaba que este trabajo de cronista de la ciudad que has hecho a lo largo de muchos años se acerca mucho al trabajo de un historiador que se dedica a buscar y a sacar datos maravillosos y extraños de libros que pocos leen o pocos conocen.

Héctor de Mauleón (HM): Diría que es un trabajo de coleccionismo, no tiene el rigor que requiere el trabajo del historiador, además mi trabajo le abre la puerta a la tradición, y en ocasiones la tradición no está bien vista, hay mucha desconfianza por parte de los historiadores hacia ella, yo creo que por la forma en la que se van transmitiendo las historias, que es de boca en boca, que no tienen el rigor, pero yo creo que este libro tiene más que ver con la fascinación de un coleccionista de asunto de la ciudad que fui encontrando en hemerotecas, en librerías de viejo, pero sobre todo caminándola.

JMH: Uno de los placeres que ha perdido el habitante de esta ciudad es justamente ese, la posibilidad de caminarla, de perderse en ella, sin embargo al leer tus crónicas dan ganas de eso justamente: caminar la ciudad, observar los rincones que tu libro nos muestra, porque hay lugares que hemos observado pero no visto.

HM: Yo creo que pasa algo que tiene que ver con un desastre cultural y es que nos desligamos con el pasado de la ciudad desde hace algunas generaciones para acá, lo que los abuelos sabían, recordaban y conocían se perdió, se desvaneció, y de repente habitamos una ciudad cuyo significado desconocemos, y eso es muy perturbador, caminamos y pasamos por lugares que no nos dicen nada, cuando en realidad la ciudad nos está susurrando desde hace siglos y nosotros no escuchamos, la ciudad ha estado gritando cosas y nosotros tenemos que detenernos en medio de la prisa, de la urgencia y la desmemoria para entender lo que la ciudad nos está susurrando todo el tiempo.

JMH: Siguiendo con las crónicas que nos presentas podemos ver que hubo un choque brutal en la ciudad a finales del siglo XIX, principios del siglo XX, porque la ciudad que surge en la colonia permaneció casi inalterable en sus formas, en sus ritmos y en sus dimensiones en esos años.

HM: Creo que hubo un cambio brutal desde la industrialización del país que empezó con el Porfiriato y después con la llegada del automóvil, que es el peor enemigo de la ciudad, desde el primer día, porque empezaron a abrir calles para él abrir espacios para entregárselo a él, no sólo demoliendo al peatón y anulándolo, sino también demoliendo manzanas completas de la ciudad colonial para abrirle camino al auto, como es el caso de 20 de Noviembre, demolieron ocho manzanas, pasaron por el centro de ocho manzanas para abrir camino hacia el Zócalo.

JMH: La pérdida de los lugares de paseos de los ciudadanos es una parte muy interesante del libro, el paseo de Bucareli, Reforma, la Alameda, que eran los lugares de encuentro y de esparcimiento del ciudadano común.

HM: Tenemos una muy mala relación con la ciudad, algo se perdió en la forma en la que nos relacionamos con el pasado y por esa mala relación hemos permitido que desaparezcan cosas, objetos únicas hermosos de nuestro pasado, sin que nadie moviera un dedo, pensando que son cosas sin importancia. Pero esa ignorancia aqueja también a nuestros gobernantes, es un mal más común de lo que quisiéramos. Pero como lo ves en la Alameda, o en cualquier otro lugar del viejo centro, que va a cumplir 500 años de haber sido fundado ese espacio, está cargado de pasado, es un torbellino de signos, inesperados, invisibles casi, por eso está el lugar común de que el centro es inagotable, porque cuando levantas los ojos ves algo que nunca habías visto aunque hubieras pasado mil veces por ese lugar, o si volteas a otro lado o si te metes a una puerta encuentras algo que no te imaginabas, que no tenías idea y que sigue latiendo, a pesar del paso del tiempo, y eso hace que sea una ciudad inagotable, fascinante, una ciudad que nunca acabas de conocer, sí me daba mucha desesperación que se iba borrando la memoria, por lo menos de mi generación para acá había un divorcio muy serio y este hecho de estar haciendo preguntas desde muy niño que nadie me podía responder me acicatearon la curiosidad y me permitieron conocer lugares como las hemerotecas, que es el diario de la ciudad, como si la ciudad llevara un diario íntimo hecho por muchas manos y ahí quedan consignadas los asuntos más formidables e inesperados de la historia de la ciudad, yo nunca me imaginé que iba a llegar a descubrir que el bistec llegó en 1848 y que se vendía en un restaurante de la calle Madero, por ejemplo, sino fuera porque a Manuel Payno, en su papel de cronista se le hubiera ocurrido ir a descubrir cómo era esa novedad.

JMH: ¿Qué opinión tienes sobre esta tradición muy importante de cronistas y escritores que han escrito sobre la Ciudad de México?

HM: Yo veo a esos cronistas como una secta, como una familia, algo que me fascina, escritores dentro de la literatura que su misión fue descifrar la ciudad, desde 1554 que alguien la recorre a caballo y la cuenta se va dando una tradición que va acompañando la vida de la ciudad, hasta Monsiváis y José Joaquín Blanco, pasando por Novo por supuesto, Ángel del Campo, Payno, Gutiérrez Nájera, Urbina, Guillermo Prieto, todos los que dedicaron unas páginas a hablar de la ciudad, cuya lectura es completamente disfrutable, se van pasando la estafeta, es como si cada uno de ellos hubiera tomado una foto de la ciudad de su tiempo y se la hubiera puesto en las manos del que venía detrás para que él conociera ese álbum fotográfico y fuera dejando su propio registro, de manera que cuando los leo es como estar revisando el álbum fotográfico de familia.

JMH: ¿Las crónicas fueron pensadas con una estructura o siguiendo algún orden predeterminado?

HM: Fue un proceso azaroso, fue mediante me iba encontrando la ciudad, yo sí creo en la idea de que la ciudad es fragmentaria y solamente existe en la medida en que la vas recorriendo, en que la vas viendo, por ejemplo en este momento sólo existe esta parte de la ciudad en donde estamos, pero al dar la vuelta aparece otro espacio de la ciudad, entonces las fui armando de manera completamente azarosa y caótica, según lo que me iba encontrando y siguiendo siempre una fascinación, entonces cuando tuve la idea de que ya estaba completa hice un par de diseños, uno era que fuera una caminata, entonces ligué las crónicas como si fueras caminando, pero no me convenció, entonces pensé que era más efectivo acomodarla por años, entonces empecé por la crónica más antigua hasta la más reciente y que fueron pasando vistas por la ciudad.

JMH: La ciudad se ha visto transformada por la mano de los habitantes de la ciudad y este libro funciona como una guía de asombros o sorpresas que la ciudad guarda en su seno.

HM: A mí lo que me gustaría es que la leyera y fuera, para conocerla, porque la única manera de evitar que se vayan, que la sigan destruyendo, es que se conozca el pasado de las cosas, porque cuando conocemos el pasado de las cosas ya comprendemos su valor y es más difícil que seamos indolentes antes su destrucción. Hay un libro de Guillermo Tovar y de Teresa que se llama Crónicas del patrimonio perdido, que yo creo que es uno de los libros más atroces que se ha escrito en México, porque son dos tomos sobre cosas que ya no existen, entonces él recopiló fotos y textos de lo destruido, lo describió y nos va diciendo acá estuvo esto o esto, son dos tomos de fotografías y textos de lugares que se fueron para siempre, cosas que ya no van a estar más en la ciudad, y todo sigue en riesgo, hace poco en el centro se echaron unas casas y nadie mueve un dedo y nadie parpadea cuando ocurren estas cosas. Pero yo creo que medida que vas tomando conciencia del valor de los espacios vas siendo consciente de su valor.

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Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

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