Opinión

Línea de Fuego / Cinefilia con Derecho

Para mi hermano de vida, Carlos Flores de la Rosa

Son ya muchos años que soy asiduo visitante de la Línea de Fuego, esa mezcla de mercado de pulgas y de tianguis que tanto me fascina por la pluralidad de cosas y personas que la frecuentan, donde lo mismo se compra un exvoto, que un kilo de fresas o de rambután; donde igual se consigue una réplica de Cartier que uno original; donde finalmente uno ve a los vendedores clásicos, muchos de ellos con su pequeño tenderete, sin prisa, haciendo gala de aquella vieja anécdota del indígena que no quería enajenar toda su mercancía ¡Luego qué vendo!

Los anticuarios siempre nos han fascinado, son fuente inagotable de miradas al pasado, como Jesús Gris, el vendedor de antigüedades de La Invención de Cronos (1992) ópera prima de Guillermo del Toro y una de mejores películas mexicanas del género; entre relojes, estatuillas de ángeles, viejos roperos y una infinidad de antigüedades, en encuentra oculto un artilugio mecánico que se incrusta en la mano y chupa la sangre, esto le provoca al que lo utilice rejuvenecer, pero a costa de una terrible ansiedad por beber sangre; Del Toro recrea la leyenda del vampiro como ser inmortal de una manera poco ortodoxa, pero además muestra en esta su primera película una estética fascinante: ángeles y arcángeles, demonios y vampiros, artilugios y libros incunables.

A lo largo de la Línea de Fuego vemos decenas de anticuarios, de distinto tamaño, y de diversos productos, los hay de cachivaches inservibles, juguetes viejos (castillos de Grayskull, hot wheels, thundercats) hay uno que se dedica a la compra de monedas, billetes y relojes, tanto de mano como de pared, el sonido peculiar de las maquinarias funcionando nos recuerda una y otra vez lo indefectible del devenir de la vida, por eso el mismo sonido característico inunda una a una las secuencias de la película de Del Toro. Hay un comerciante peculiar, en el centro del mercado, junto con su madre, tiene un acervo interesante de cosas viejas, en su rotulo leemos la leyenda “Fuente de duendes”, dos locales llenos de piezas que valen la pena.

Hay otro tipo de anticuarios, aquellos que hacen de la comida popular mexicana paso obligado de todos los que acudimos ya sea a los fierros viejos o a hacer el mandado: los mercaderes de gorditas, birria, tacos, tamales fritos, tortas, pescados, y toda la enorme variedad que se puedan imaginar; no hasta hace mucho tiempo que en compañía del Ing. Carlos Alberto Flores de la Rosa (director académico de Secundaria Cedros) hicimos exploración de los diversos puestos, probando aquí y allá, hasta que nos estacionamos en las carnitas “Pipos”, el propietario siempre tiene entre el buche, la maciza, el cuerito y el chamorro, un taco especial (alguna combinación secreta) que nos ofrece para, domingo a domingo, sorprendernos una y otra vez.

Aparte de mi proveedor de tacos, tengo mis dealers favoritos: uno que me surte cactus (todos legales, de vivero) otro que oferta relojes y plumas, me ha vendido algunas piezas muy bonitas, una Sheaffer fuente de plata, la mejor que he conseguido es una Montblanc Meisterstück 149, aunque está rota una pequeña esquina de la resina, escribe perfecto. En alguna época uno de los vendedores de monedas, me conseguía mancuernillas a un precio razonable y bastante originales, recuerdo unas de plata con concha nácar preciosas.

He visitado otros mercados de pulgas, uno que se pone los domingos allá en la Rodolfo Landeros, otro que se monta los sábados cerca de la delegación Insurgentes, e incluso de un par de años para acá los martes en la Purísima, del lado poniente del parque Hidalgo, se acostumbra también la venta de cosas viejas; sin embargo, ninguno como la Línea de Fuego. Los domingos en ese tianguis ya clásico de Aguascalientes uno puede respirar el aire de la libertad de no estar en casa, aunque pensándolo bien, la última vez que fuimos, ayer domingo, lejos de las habituales compras de cosas inservibles, Carlos y yo regresamos al hogar con bolsas llenas de frutas y verduras, tal vez la realidad es que el tiempo nos alcanzó, como dijo el anticuario inventor en Cronos: suo tempore (a su tiempo). ¿Dónde encontrar un escarabajo que nos chupe la sangre y nos vuelva ya no digamos inmortales, sino un poquito menos mandilones?

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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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