Opinión

¿Qué diría Juárez? / Enrique F. Pasillas Pineda

 

Precisiones necesarias. Jorge Mario Bergoglio, un sencillo y carismático jesuita argentino, hijo y nieto de migrantes italianos, hoy mejor conocido como el papa Francisco, es el primer cardenal del nuevo mundo, el primer iberoamericano y el primer jesuita en ser proclamado papa. Es también y sin duda un personaje fundamental de nuestro tiempo. En tanto jefe del Estado Vaticano y a escasos tres años de papado, se ha anotado no pocos éxitos en la arena internacional, mediando exitosamente entre Cuba y Estados Unidos, reuniendo a palestinos e israelíes a orar juntos o encontrándose por primera vez en mil años con el patriarca de la Iglesia Ortodoxa rusa. Su presencia en México es deseable y bienvenida por muchas razones. Pero Bergoglio no es sólo un ilustre jefe de Estado, sino también y sobre todo, un pastor y jerarca religioso.

La población del mundo que se reputa como católica ha sufrido un acusado descenso en las pasadas décadas, pasando de más del 90% en el caso del promedio iberoamericano, en los años sesenta, hasta al 69% actual. Con todo, México es el segundo país del mundo por el número de sus católicos, donde todavía el 81% de la población se reconocía católica en 2014.

Laico deriva etimológicamente del griego “laos”, “lo que pertenece al pueblo” y no a un grupo particular, opuesto desde la edad media a lo que pertenece al clero. La laicidad es la política que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada “aconfesionalmente”, es decir, de forma independiente o ajena a todas las religiones. El concepto de Estado laico, opuesto al de estado confesional, aparece en nuestra Constitución desde el lejano 1857, pues el laicismo del Estado mexicano surgió históricamente de las luchas y guerras de reforma y de la posterior separación liberal entre iglesia y estado que tuvo lugar en México, Francia y otros países. Es así como el laicismo pretende garantizar la libertad de conciencia, además de la no imposición de una moral o religión en particular a la sociedad en general. El laicismo se distingue así del anticlericalismo porque no condena ni persigue la existencia y coexistencia de diversos valores religiosos en el seno de una sociedad compleja y diversa, como sin duda es la sociedad mexicana.

Por las razones apuntadas, la laicidad está presente en varios artículos constitucionales, el 3, que establece que la educación que imparta el Estado será laica, o el 24, que habla de la garantía de la libertad religiosa. Pero en lo que nos importa, aparece fundamentalmente en el artículo 40: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una Federación establecida según los principios de esta ley fundamental”.

Público y Notorio. El dilatado y generoso aplauso del pleno del gobierno y demás figuras públicas al ilustre visitante el sábado anterior en la sede del Poder Ejecutivo del Estado mexicano, en palacio nacional, más los entusiastas discursos del titular del Ejecutivo, son sin duda el golpe más certero contra la laicidad instaurada por Juárez y su generación en 1857 para separar iglesia de Estado, dice con razón el reputado sociólogo de las religiones Roberto Blancarte.

Y es verdad también que lo hizo un gobierno de supuesta inspiración laica, nacionalista y revolucionaria (“el nuevo pri”), no los gobiernos panistas que le antecedieron, de clara inclinación católica. Así las cosas, el Estado laico mexicano pasó a mejor vida por la vía de los hechos consumados, pues el gobierno terminó en ese evento con los dos principios fundamentales de las reformas juaristas de 1857: la separación de estado e iglesia y la libertad de cultos, ambas amparadas en la Constitución vigente.

Porque asistiendo a misa y participando de sus sacramentos, con besamanos incluido para no quedar atrás del locuaz Fox, el actual titular del Ejecutivo federal y su gobierno en pleno evidencian públicamente su sesgo parcial en tanto miembros de una grey religiosa, cuyo pastor es un jefe de Estado extranjero. El problema es que si en propia voz del c. presidente de la República: “México es orgullosamente católico y guadalupano”, ¿dónde quedan los millones de mexicanos que no comparten fe ni creencias con el titular del Ejecutivo? Son el 19% de la población, según el Centro Pew, es decir, unos 23 millones de mexicanos. ¿Qué pasa con el 65% de mexicanos que según la encuestadora Parametría no están dispuestos a dar dinero como pide la Iglesia católica para sufragar la visita papal, o con ese 93% que no irían a un evento con el papa? más aún: ¿cómo puede un gobierno hacer que impere algún tipo de orden público en el país cuando es el primero en violentar el marco constitucional vigente?

Conclusión. Sólo con su simple presencia, el romano pontífice hizo visibles los graves problemas por los que atraviesa la sociedad mexicana y los problemas específicos de todos los sitios que visitó. Es innegable que su estrategia es diametralmente opuesta a la de otros tiempos y personajes cuando dice: “yo no vengo a hablar, vengo a escuchar”. Así pues, la elección de la agenda y lugares que visitó el papa no es casual. El papa estuvo en lugares que hablan por sí mismos de realidades muy complejas en las periferias de la exclusión. En todos sus discursos se pronunció por la opción preferencial por los pobres. Habló claro y dijo cosas impensables en los pontificados del conservador Wojtyla o del tímido Ratzinger ¿habrá quien se anime a llamarle populista por decir y repetir que por el bien de todos primero los pobre y desposeídos? Y no podía ser de otro modo, porque es argentino y jesuita, no un teólogo polaco ni alemán. La invitación de sus discursos a las “élites” fue muy clara y directa: evitar la corrupción, ser transparentes, no tener miedo y “salir de la comodidad para tener una mirada más amplia”, empezando por la propia jerarquía religiosa mexicana.

Post scriptum. Pero no todo fue luz en la ilustre vista. El papa romano nada dijo, por ejemplo, del grave tema de la violencia en contra de las mujeres de Juárez y en todo el país. Pasó de noche por la escandalosa pederastia en el episcopado mexicano y las complicidades que la hicieron posible y la han acallado, y se negó a dar audiencia a los familiares de los miles de desaparecidos de manera específica y no evitó reunirse ni fotografiarse con señalados miembros de la oligarquía más corrupta de este país. Bergoglio no es, pues, el papa comunista que algunos quieren ver, ni tampoco un papa ultraconservador. Sí es, como todo parece indicar, un hombre de su tiempo y una solución renovadora y útil para una institución milenaria, corroída y decadente que pasa por sus peores momentos de la época moderna.

@efpasillas

 


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Enrique F. Pasillas

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