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El mando y la menospreciada coordinación / Piel curtida

Cuando un hombre en puestos gerenciales actúa de manera prepotente se suele pensar que tiene carácter, cuando una mujer realiza prácticas de forma similar es una desalmada; y en contraparte, hombres o mujeres que anteponen el diálogo, la resolución y la coordinación suelen ser tachados de débiles. A lo largo de los años los puestos directivos del mundo laboral se han ocupado por hombres, quienes por múltiples circunstancias han aprendido a ejercer el poder de una manera que se ha aceptado como correcta y plausible, pero que también ha desarrollado acciones nocivas.

Lo masculino y lo femenino va más allá de los cuerpos sexuados del ser hombre o mujer, cada una de sus concepciones ha desarrollado imaginarios y prácticas particulares, y el mundo laboral no ha sido la excepción. Por ejemplo, en zonas de contacto con usuarios o clientes en empresas o instituciones se puede identificar una presencia mayoritaria de mujeres, al igual que en otras profesiones u oficios destinados al cuidado.

Históricamente las mujeres, aún después de acceder a espacios y derechos, continúan negociando sus intereses: el salir a trabajar a cambio de continuar realizando alguna -en realidad la mayoría- de las tareas del trabajo doméstico en el hogar, y hasta en ocasiones acuerdan con los hijos la distribución de su tiempo libre para no sentir que faltan a su rol de madre. Por su parte, los hombres, bajo la concepción del mando y la autoridad, no se someten ni consideran este tipo de acuerdos.

En las áreas directivas se promueve y se suele colocar a personas que exhiban el llamado “don de mando”, que de manera indirecta busca los atributos masculinos del mundo laboral, incluso el autoritarismo inculcado en los hombres. Sólo basta recordar que se les impulsa a asumir el papel de cabeza de familia, ser la autoridad paternal sin cuestionamientos, quien ordena. Mientras que el diálogo, la negociación y la coordinación han sido asignadas socialmente a las mujeres, a lo femenino; por lo que incluso un hombre que parezca más cercano a ello será considerado como débil, sin carácter.

Es por ello que se ha mencionado que el ascenso de las mujeres a los puestos directivos, al poder y los espacios de toma de decisiones marcaría la pauta para una transformación en el mundo laboral, la economía y la política; pues, al ser conscientes de las circunstancias de la diferencia sexual, promoverían nuevas prácticas en busca de un reordenamiento en favor de una mayor equidad entre los integrantes de las organizaciones y la sociedad.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuándo lo masculino se presenta como la única manera de acceder a puestos gerenciales? Las mujeres que asumen el reto imitando a su manera las prácticas laborales de los hombres suelen ser llamadas frías, soberbias, petulantes, arribistas, trepadoras, “sin corazón”, ya que parecen ser incongruentes frente a los imaginarios de la feminidad.

Esta diferencia tan marcada entre lo masculino y lo femenino, lo firme y lo débil, se ha introyectado en la sociedad de tal manera que incluso buscamos o sólo aceptamos ese autoritarismo y dirección bravucona como la legítima, la que debe mostrar alguien que, más allá de ordenar, en realidad debería coordinar las capacidades, habilidades y esfuerzos de los empleados, de los equipos de trabajo, de las y los ciudadanos. ¿Cómo buscar un cambio si sólo reconocemos en la violencia y la amenaza el liderazgo?

Durante las últimas semanas se han expuesto sucesos de funcionarios públicos quienes han demostrado prepotencia, la búsqueda de control realizado prácticas ostentando y exhibiendo un poder que les rebasa: un asistente de comunicación y un ejecutivo que reprende públicamente. Mientras algunos identifican en ello actos que deben preocupar por ser posibles signos de futuras acciones de represión y/o violencia, otras personas simplemente consideran que son muestras de carácter.

En lo personal, interactúo con personas que parece que lo único que esperan es un poder abrasivo e incisivo, que les exija de manera visceral, para considerarlo legítimo; mientras que la coordinación y el trabajo tanto colaborativo como colectivo, reconociendo los aportes de las y los demás, simplemente es considerado insulso, infantil, mientras la distribución de labores a cargo de una persona débil no merece ser aceptada, por lo que puede ser burlada y negada. ¿Sólo a través del miedo al jefe o al político es posible unir esfuerzos?, ¿después de transitar del absolutismo hacia la democracia seguiremos creyendo y aceptando el miedo como única vía de organización social?

Esto nos debería llevar a una reflexión mayor. Si sólo a través del poder arribista es posible reconocer el liderazgo, entonces la democracia simplemente sería una falacia, un absurdo discurso, pues estaríamos asumiendo que sólo a través de la orden, del adiestramiento y la subyugación ante quienes demuestren “carácter” es posible la convivencia y la unidad.

 

@m_acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

1 Comment

  1. José Chavira Carrasco
    24/03/2016 at 15:15 — Responder

    Muy buen artículo.
    La humanidad no ha tenido un avance en los últimos 5 000 años, en un desarrollo espiritual y ver al prójimo como si fuese uno mismo.
    No tendríamos los problemas sociales.

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