OpiniónSociedad y Justicia

El sacrificio del Justo / Tlacuilo

Nada más dramático -doloroso y sublime- que el enfrentamiento del Justo con la muerte que le trae un verdugo inconsciente, impelido por el mayor de los salvajismos: el humano, que se solaza con el derramamiento de sangre inocente.

Horrorizado, dolido, terriblemente entristecido, no por la muerte que se acerca sino por las tinieblas en que se debaten los que lo martirizan, el Hombre, el Justo, posee aún el poder de sus palabras, las últimas, que dice, que murmura o que grita, y que enmedio de su angustia lanza como rayos de esperanza para iluminar el corazón del hombre: el hombre en el que sembró la semilla de la salvación.

Las palabras pronunciadas por el Justo en el momento de su ejecución, en su ejecución de hace milenios, en su ejecución diaria, tienen actualidad perenne y validez universal, pues los progresos de la ciencia y de la técnica han hecho superar a la humanidad en muchos aspectos, pero no le han dado la clave para construir al hombre justo.

 

Padre: perdónalos

porque no saben lo que hacen

 

Cada miserable podría repetir esta frase, dedicada a quienes han comerciado con su hambre y con sus vidas; porque el sufrimiento, el dolor y la infelicidad que ese oro lleva consigo son superiores a la muerte por inanición.

Aquél a quien las muñecas taladraron sin misericordia, pedía clemencia para sus verdugos -materiales e intelectuales- porque el dolor físico que le estaban provocando era insignificante comparado con el daño espiritual que se estaban haciendo a sí mismos.

 

Mujer, he ahí a tu hijo;

luego dice al discípulo:

he ahí a tu Madre

 

Para nuestra sociedad moderna, en la que es tan frecuente observar una creciente desarticulación familiar, el Justo dedica esta sentencia que le inspira la angustiosa soledad que refleja el rostro de su madre, a los pies de la cruz a la que tres clavos le unen dolorosamente.

El Amor de la madre es la fuente del Amor de la humanidad entera, porque es la amalgama que une la estructura del hogar. Una madre amorosa forjará hijos amorosos que posteriormente serán su sostén; que conocerán el Amor filial, el Amor fraternal, el Amor y la pasión poéticos; el Amor de esposos, el Amor de padres y también, por qué no, el Amor de abuelos.

La violencia, la delincuencia infantil -que la juvenil ya se está quedando atrás- las drogas y tantos males sociales que nos abruman, no se inventaron hoy.

No es una guerra contra las drogas lo que hace falta, sino Amor para esos niños y esos jóvenes que sufren el espejismo de creer que ellas van a sustituir el Amor que sus padres les negamos con mezquindad.

 

En verdad te digo

que hoy estarás conmigo en el Paraíso

 

Cuántas veces ha deseado el ajetreado hombre de negocios, el político, el investigador científico, cambiar su lugar por el del simple agricultor que, dentro de sus carencias materiales y su escasa instrucción, posee una singular filosofía de la vida y es feliz porque actúa de conformidad con lo que piensa y en armonía con la Naturaleza.

El buen ladrón tuvo fe, humildad y esperanza; pidió con sencillez ser recordado y con caridad cristiana se le recuerda.

 

Tengo sed

 

La sed provocada por la hemorragia y la insolación debe ser atroz. Pero la sed de justicia es aún más terrible.

En un mundo donde la ignorancia, la explotación, la discriminación, la tortura, el genocidio y la intolerancia son el pan de cada día, la sed de justicia es una sed abrasadora. Es una sed angustiosa porque mientras más tarda en llegar, más presión irracional acumula; y la violencia que de ella se deriva es el peor enemigo del Amor.

Quienes más se encargan de acumular esa violencia que finalmente apunta hacia su propia destrucción, son los anticristianos que se dicen “triunfadores” y que son muy pocos, porque acumulan sus riquezas sobre el cimiento del sacrificio de los “perdedores”, que necesariamente son la gran mayoría.

El mayor reto para el Justo, pues, consiste en enseñar a Amar a quienes sirven no a Dios, sino al dinero.

 

Consumado está

 

Había concluido su tarea entre los hombres. Les trajo el mensaje del Amor y terminó clavado en una cruz.

Y la duda, nuestra, salta. Está consumada su tarea pero: ¿hay esperanzas para la Humanidad? ¿Fue útil su sacrificio?

Hace dos milenios había guerras, como ahora. Pero entonces luchaban guerreros contra guerreros y sus armas eran juguetes comparadas con las nuestras.

Ahora, los nuevos imperios hacen guerras de exterminio contra pueblos y nuestras armas son verdaderamente espeluznantes, herencia de investigadores científicos, fríos y deshumanizados, a los que llamar sabios y universitarios resulta sarcástico.

En el siglo pasado se sufrieron dos conflagraciones mundiales. Ante el temor de una tercera que los afectaría a ellos también, los grandes mercaderes -que paradójicamente se dicen cristianos- caritativamente le dan trabajo a miles y miles de obreros en la fabricación de armas convencionales que se usan en pequeñas guerras de baja intensidad (que, eso sí, tienen que ser muchas para ser negocio) pretenden salvar a la humanidad sacrificando solo, poco a poco, una pequeña parte de ella.

Pero el fin puede llegar, a la corta o a la larga, si no se destierra la violencia y la injusticia de nuestro mundo. Solo el Justo tiene la clave de la salvación, que es el Amor.

Si prevalecieran la violencia y la injusticia, la Humanidad terminaría autodestruyéndose; entonces, en el holocausto supremo, como un homenaje final ante el altar del odio y el temor, solo podría decirse un terrible consumado está sin esperanza, sin fe y sin caridad.

 

Dios mío, Dios mío

¿Por qué me desamparaste?

 

El Hombre, a punto de morir, cuando sus fuerzas flaquean dolorosamente, es asaltado por la duda, que en este caso es su duda. Su misión concluyó, pero ¿está verdaderamente cumplida? ¿por qué crucificado? ¿por qué no pudo hacer brotar el Amor en el corazón de cada uno de los hombres para convertir en un círculo de hermanos a esta turba sanguinaria?

Mientras haya miedo en el corazón de los hombres, mientras el temor los ciegue, habrá codicia, engendradora de violencia. Igual en Bélgica que en Siria; en África, en Asia, en los Andes, en Nueva York, o a la vuelta de la esquina.

Ese parece ser el reclamo: ¿por qué no me diste el poder que realmente se requiere para extirpar el miedo, la desconfianza y la avaricia del corazón humano?

 

Padre:

En tus manos encomiendo mi espíritu

 

En el momento postrero, el Hombre recobra la serenidad y, a pesar de morir como está muriendo, se siente parte de la Humanidad que lo sacrifica.

Esa serenidad con que encomienda su espíritu al Padre, cae como un bálsamo sobre la consciencia de la Humanidad en la que aún confía. En la que confiará siempre, porque su misión no consistió en recoger la cosecha, sino en sembrar la semilla.

Los siglos pasan y el Hombre seguirá confiando en que la Humanidad aprenderá un poco más cada vez, con el sacrificio de cada Justo que con su Amor triunfa, cada vez un poco más, sobre el miedo, el odio y la avaricia.

Y así, en tarea ardua, tenaz, la Humanidad tiene no la esperanza de recibir la salvación por gracia divina, sino la misión de redimirse a sí misma, por su propio esfuerzo, para que un día, en este paraíso terrenal, reine la paz porque todos los hombres serán de buena voluntad.

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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