Cultura

Lo que está matando al mundo es la ilusión de que el espíritu y la materia son dos cosas distintas

  • Entrevista a William Ospina, acerca de El año del verano que nunca llegó
  • Una novela en clave de búsqueda personal, en donde un narrador llamado William Ospina, da cuenta de su obsesión con Lord Byron

 

Una tremenda explosión del volcán Tambora en Indonesia convirtió el verano europeo de 1816 en uno de los más fríos de los que se tenga noticias. Una inmensa nube de azufre, ceniza y cristales en polvo cubrió los cielos del hemisferio norte, hasta el punto de provocar una larga noche de tres días. Justo entonces se reunieron en los márgenes del lago Ginebra, los poetas Lord Byron, Percy B. Shelley junto a su joven esposa, Mary, John Polidori, médico de cabecera del noble inglés, junto a unos cuantos amigos más. Este encuentro ha pasado a la historia, pues de él surgieron algunas de las pesadillas más recordadas de los tiempos modernos: Frankenstein de Mary Shelley y el Vampiro, escrito por John Polidori, la novela que inauguró el género vampírico.

Estos tres días oscuros y lluviosos cambiarían la forma de entender el mundo, la forma en la que los seres humanos nos relacionamos con nuestro entorno. Tres días en la que estos jóvenes, que simbolizan como nadie el poder de la rebeldía, del romanticismo, del amor, escribieron y soñaron juntos en la Villa Diodati, sin saber que esos días marcarían el rumbo de la novela moderna, la presencia de los monstruos modernos, como Frankenstein, ese hijo bastardo de la ciencia que se representaría como nadie las pesadillas de la razón.

Estos hijos de la modernidad, que buscaron detener esta transformación, que lucharon denodadamente contra el triunfo de la razón sobre el espíritu de la naturaleza, son los personajes que el escritor colombiano William Ospina retoma para traernos ante nuestra mirada en su más reciente novela El año del verano que nunca llegó (Literatura Random House, 2015). Una novela en clave de búsqueda personal, en donde un narrador llamado William Ospina, escritor y ensayista, nos cuenta cómo su obsesión con Lord Byron, ese aristócrata inglés, valiente y algo perverso, le va presentando poco a poco al resto de los personajes, de los fantasmas que construyeron una historia de pasión, de locura y de muerte, para construir una pira en la que ellos mismos se sacrificarían.

Ospina, poeta, ensayista y narrador, ganador de premios como el Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura en 1992 o el de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas en 2003 y autor de libros como En busca de Bolívar (ensayo) y de novelas como Ursúa (2012) y El país de la canela, nos presenta ahora novela intimista, en donde el narrador nos cuenta sus obsesiones, pero también va desvelando los misterios de la vida de Byron como si de un detective moderno se tratara.

Javier Moro Hernández (JMH): ¿Cómo nace la obsesión por Lord Byron?

William Ospina (WO): Byron es un personaje asombroso, cuanto más lo mira uno, más facetas le encuentra, al comienzo pensaba que la vida de Byron era más importante que su obra, que él había escrito varios libros pero que lo que verdaderamente se había vuelto perdurable en él era su leyenda héroe romántico, de poeta maldito, de las muchas anécdotas en las que se deshizo su destino, pero a medida que iba escribiendo este libro iba leyendo la poesía de Byron, con mucha admiración, me sorprendí, porque fue como descubrir a un poeta prácticamente desconocido para nuestro tiempo, a él se le leyó mucho en el siglo XIX, y el interés del siglo XIX era por el poeta, llamémoslo así “patético”, por el Manfredo, por el Don Juan, pero hay algo en el tono de Byron, en la manera de combinar la perfección de la forma, del metro, la rima, con un prosaísmo deliberado que es muy moderno, y además con una manera de implicarse él como personaje en todo lo que está contando, pero además de ser un gran personaje y un gran escritor había un magnetismo, una magia de Byron que afectaba mucho a los que lo rodeaban, hubo durante cincuenta, ochenta años un montón de gente que vivió de conocer a Byron, iba dejando una estela, y lo que es importante de esta novela es que uno puede medir por lo que pasó el efecto que Byron obraba sobre sus contertulios, por ejemplo, porque esos monstruos que engendraron Mary Shelley y Polidori son como proyecciones de Byron. En el caso de Polidori es más evidente, por ejemplo el retrato que hace en las primeras páginas de El Vampiro es un retrato de Byron entrando en las habitaciones, en las fiestas, en donde aparece molesto, retraído, es un tipo pálido, es desdeñoso y un poco siniestro, que era el juego con el que el mismo Byron se presentaba en sociedad, entonces es fácil entender que Polidori haya alimentado la imagen del vampiro, que después fue muy trabajada por otros, desde esa imagen de Byron y de la actitud de Byron, que era sin duda un chupasangre, hay que decirlo, pero por otro lado también hay algo de Byron en Frankenstein, no en su figura física, porque Byron era un apolo griego, pero había algo contrahecho en él, esa cojera, había encorvado en él, que le gustaba exhibir esa otra cosa, esa cojera que enfatizaba, él quería mostrarse como un demonio, un Calibán, logrando un efecto sobre la sensibilidad de estos muchachos, Percy B. Shelley, Mary, Polidori, que además eran muy jóvenes, influenciables, entonces uno podría decir que Byron no escribió nada esa noche, pero también se podría decir que Byron fue la fuente de esas creaciones, y que eso fue un excelente taller literario, si lo dijéramos en términos modernos, en donde los que salieron escribiendo las mejores cosas eran justo los que no se sentían escritores.

JMH: Una de las mayores virtudes de la novela es la forma en la que se enlazan los hechos históricos conocidos, con la vida interna de los autores, que lograron escribir sobre estos monstruos que siguen marcando la vida contemporánea, que siguen hablando de ella.

WO: Siempre me ha gustado la literatura que es capaz de mostrar una secuencia entre los hechos meramente físicos, materiales y los hechos más sutiles, más espirituales, más fantásticos, si se quiere, y tratar de establecer una conexión de continuidad entre lo material y lo espiritual, entre lo terrenal y lo fantástico, porque siento que es algo que nos hemos negado a ver en la cultura, nos hemos negado a ver que los dioses griegos realmente brotaban del mar, que las formas de la fantasía son continuaciones de las formas de la naturaleza, que las culturas no son cosas que trajimos de otra parte sino maneras de expresar las cosas del mundo y de verdad parece que la tierra muda, que el barro no supiera de canciones pero todas las canciones brotaron de allí, como dice el narrador de la novela, entonces tener conciencia de esa consanguinidad me parece fundamental en estos momentos, porque lo que está matando al mundo es la ilusión de que el espíritu y la materia son dos cosas distintas y que el espíritu es superior a la materia y puedan saquearla y tiranizarla a su antojo sin pagar las consecuencias. De manera que para mí encontrar el enlace entre lo terrenal y lo espiritual, lo terrenal y lo divino, es muy importante, es un estremecimiento de esta época, siempre me gustaron unos versos de Rilke, que saben pasar muy sabiamente de lo fisiológico a la espiritual:

Entre fraguas persiste el corazón,

Como lengua que atrapada en el cerco de los dientes

Mantiene la alabanza.

JMH: Estos chicos parecían estar predestinados para tener este espíritu rebelde, apasionado, salvaje, en un momento en el que la racionalidad estaba triunfando en todos lados, parecía que ellos mantenían el espíritu de la naturaleza que además terminarán escribiendo sobre estos monstruos, que como Frankenstein son hijos de la racionalidad.

WO: Ahí hay un movimiento muy curioso de ida y regreso, porque es muy interesante advertirlo, por ejemplo en Mary Shelley, que es hija de un gran anarquista y es hija de una gran feminista, pero uno podría pensar que una de las grandes características del  anarquismo y el feminismo de los padres de Mary es que son teóricos, los dos eran los teóricos de esa rebelión pero tenían una vida doméstica muy normalizada, muy dickensiana, y ella que quiso ser una mujer libre terminó agobiada por los tormentos de la maternidad, del amor contrariado, pero el verbo se hizo carne, el anarquismo, la rebeldía de Godwin y el espíritu libertario de Mary Wollstonecraft se volvieron realidad en Mary, porque Mary sí es la gran rebelde, que encarna esa rebeldía en su vida, es la gran libertaria porque logró lo que la madre había soñado siempre, demostrar que la mujer puede no sólo tener derechos civiles sino también artísticos, derechos creadores, y no sólo escribió un libro memorable sino que inventó una criatura inolvidable, que se liberó inclusive del libro y se volvió parte del mito, de la leyenda de la humanidad, entonces ella fue más lejos, incluso que sus contertulios famosos, porque Byron nunca creó un personaje que existiera más que él, y Shelley nunca creó un personaje que existiera más que él, pero Mary sí escribió un personaje que es un mito de la modernidad, y que eso lo haya hecho una chica de 18 años es impresionante, pero además no sólo creó un personaje, ella atrapó las grandes angustias y los grandes cuestionamientos de su momento histórico: ¿Es posible la vida artificial? ¿Es posible la inteligencia artificial? ¿Terminará el mundo en manos de seres creados en laboratorios? Son preguntas muy clarividentes y muy profundas que todavía nos estremecen hoy y que hacen de ella algo más que una novelista gótica, la convierten en una de las grandes pensadoras de la modernidad, es una de las persona que formuló las preguntas esenciales de un tiempo y una era.

JMH: La forma sutil en la que se enlazan los hechos, las historias, puede ser impresionante: el hecho de que el castillo de Frankenstein existiera, por ejemplo, y que sea la madre de Mary conociera de su existencia y se lo contará a Mary cuando ella era pequeña, parece ser de esas vueltas del destino milagrosas, y usted logra entrelazar todos estos datos y nos deja darnos cuenta en qué forma esta red de hechos se entretejieron para crear el mundo contemporáneo que ahora conocemos.

WO: Diría que ahí hay un fenómeno que es que cuando uno se obsesiona con una historia, cuando uno conscientemente se da cuenta de que está obsesionado con una historia, es porque ya lleva uno mucho tiempo obsesionado con ella sin darse cuenta, y la verdad es que algunos de los temas de esta novela eran temas sobre los que yo aleteaba desde hacía mucho tiempo, desde hace muchos años he tenido interés por el romanticismo, por poetas como Novalis, Holderlin, por el conflicto entre racionalismo y romanticismo, y por supuesto que para mí la pregunta de ¿qué estamos haciendo con la naturaleza? Me parece esencial, importantísima, y también, ¿cuál es la relación entre la naturaleza y el arte? Entonces tal vez lo que hizo que yo me interesará tanto era que yo sentí, intuí que un montón de temas que me interesaban personalmente, encontraban ahí su sitio y que sí yo alcanzaba a armar este mosaico, le encontraría un lugar de muchas cosas que estaban sueltas, muchas cosas dispersas que había, entonces la obsesión debió ser apenas el nombre que le podía dar al entusiasmo de un proceso de ensamblaje de cosas y de preguntas y de sensaciones, a partir de ese momento me dejo llevar con la certeza de que además no sabía qué tipo de libro estaba haciendo, que eso lo tenía que descubrir por el camino, era como estar en una habitación oscura y decirse, yo sé que aquí hay cosas pero no saber qué tipo de cosas, y tratar de ver y descubrir si todas esas cosas pueden crear un dibujo entre todas, o sí yo puedo armar con ellas un dibujo y este proceso lo viví un poco así, lo viví con entusiasmo, con alegría, con incertidumbre, yo me decía que lo único que tenía garantizado era el fracaso, porque acertar en esto no era nada fácil, pero como era un deleite hacerlo, ensamblarlo, y no tenía prisa, hay maduraciones lentas, lo que permitió que fueran pasando tres, cuatro años, y la historia se fue armando y lo que me costaba más trabajo, que era saber cuándo terminaría todo eso, fue ocurriendo también, vi señales que me anunciaban que las puertas se estaban cerrando, ese agotamiento natural del tema para mí fue una buena señal de que yo podía ir cerrando la historia, de manera que todo fue un poco experimental y lo que más me exigía era que para que estuvieran vivos todos esos fragmentos, para que algo le diera vida y unidad, era que el lenguaje estuviera también vivo, eso impuso en mí que le diera naturalidad al  lenguaje, que tuviera que usar un lenguaje sencillo, personal, vivo, y hacer una historia, tal vez gótica, pero en la era informática porque no me quedaba más remedio.


Vídeo Recomendado


The Author

Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

No Comment

¡Participa!